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Justicia y pecado original
TEMA 19. JUSTICIA Y PECADO ORIGINAL
 
19.1. Intimidad del hombre con Dios en la situación originaria.
19.2. Tentación y caída.
19.3. El pecado original: existencia, naturaleza y consecuencias.
 
A. DESAROLLO
19.1. Intimidad del hombre con Dios en la situación originaria.
El estado de justicia original es uno de los estados históricos de la naturaleza humana, en el que el hombre existió antes del pecado original. En este estado, el destino del hombre era sobrenatural (visión beatífica), tenía la gracia santificante y los dones preternaturales de inmortalidad, inmunidad de concupiscencia e impasibilidad.
El primer hombre, Adán, había sido constituido en santidad y justicia antes del pecado original. Cosa que sólo podemos conocer por medio de la Revelación sobrenatural.
El ser humano es creado no para quedarse en una hipotética condición de naturaleza pura, sino para realizar su apertura trascendental a Dios sobreabundantemente, más allá de su propia estructura ontológica. Previamente a su opción libre, hay que contar con esta voluntad divina de autodonación, que no decide primero crearlo, sin más, para decidir después elevarlo a la comunión de su ser, sino que lo crea con la intención de divinizarlo. Mientras no surjan factores ajenos a Dios (la libertad del hombre), la situación originaria es situación de gracia; el pecado de Adán no es lo primero, ni la historia se inicia con la opción pecadora del hombre, sino con la voluntad agraciante de Dios.
A pesar de la libertad de hombre, el proyecto divino, permanecerá tan inmutable como el mismo Dios. El fin elegido es único e inamovible; la opción humana no puede frustrar el dinamismo cristológico que impulsa la historia del hombre hacia su divinización (hacia el hombre-Dios). Lo que si puede modificar es el itinerario; en tal caso, la gracia asumirá la forma concreta de la misericordia; el amor se revestirá de sufrida paciencia.
En resumidas cuentas Dios creo al hombre para que fuera elevado a la intimidad de su creador y para que entrara en la realización histórica del plan divino. Llamado a esta unión con su creador, el hombre debe aceptar libremente, desde el primer instante de su vida consciente, del don que se le hace. Esta aceptación es necesaria para la conclusión del lazo religioso, signo de la existencia autentica, que es respuesta personal a la iniciativa divina.
La Iglesia, en el concilio Vaticano I enseñó infaliblemente que “Dios, por su infinita bondad, ordenó al hombre a un fin sobrenatural, es decir, a participar de los bienes divinos que exceden totalmente la inteligencia de la mente humana”[180]. Ello quiere decir que, si Dios destinó al hombre a un fin sobrenatural, elevó al primer hombre al orden sobrenatural y con él a toda la humanidad, ya que el hombre, en estado de naturaleza pura, no hubiera podido alcanzar jamás ese fin sobrenatural consistente en la visión de Dios, contemplado y gozado tal cual es en sí mismo.
La elevación del hombre al orden sobrenatural la realizó Dios constituyendo al primer hombre en santidad y justicia originales. Esta “santidad y justicia”, que es la expresión usada por el concilio de Trento, equivale a gracia santificante y los dones preternaturales.
Adán y Eva estaban dotados de gracia antes del pecado original, adornados con unos dones singulares y colocados en una situación que reflejaba en su ser la profunda armonía de su relación con Dios. Esta verdad es enseñada por el concilio de Trento, situación a la que también llama “estado de inocencia”.
El concilio Vaticano II se hace eco de esta enseñanza cuando afirma que el Padre Eterno “decretó elevar a los hombres a la participación de su vida divina”[181].
El reciente Catecismo de la Iglesia Católica expresa estas ideas del modo siguiente: “El primer hombre fue no solamente creado bueno, sino constituido en la amistad con su Creador y en armonía consigo mismo y con la creación en torno a él; amistad y armonía tales que no serán superadas más que por la gloria de la nueva creación en Cristo”[182].
Es coherente pensar, en efecto, que el hombre fue plenamente elevado en el mismo momento de la creación, aunque el concilio de Trento no dice creado, sino constituido, con el fin de no implicar su doctrina en las discusiones teológicas de aquel momento.
El hombre nunca ha existido, por lo tanto, sin estar llamado a la comunión con Dios. Por eso, la creación de Adán es una verdadera vocación, porque le constituye en el ser como interlocutor directo de Dios. Adán recibió dones naturales, que corresponden a su condición normal de criatura, y forman su ser creatural. Recibió asimismo los dones sobrenaturales, es decir, la gracia santificante, la divinización que esa gracia comporta, y la llamada última a la visión de Dios en el escaton. Recibió también los denominados dones preternaturales, que no venían exigidos por la naturaleza, pero eran muy congruentes con ella, la perfeccionaban en la línea natural, y eran en definitiva una manifestación de la gracia. Estos dones suponían la inmortalidad, la exención del dolor y el dominio de concupiscencia. “Por la irradiación de la gracia, todas las dimensiones de la vida del hombre estaban fortalecidas. Mientras permaneciera en la intimidad divina, el hombre no debía ni morir[183], ni sufrir[184]”[185].
Una dimensión esencial de la relación del hombre con Dios es su llamada a la comunión con Dios en Cristo. Es claro que esto va más allá de la definición de creación o de creatura que se da normalmente, o, si se prefiere formularlo con la terminología tradicional, va más allá de la “naturaleza” humana. Pero debemos añadir enseguida otra consideración: estas dimensiones que superan la condición creatural, que hacen referencia a una relación con Dios en su Hijo Jesucristo y en el Espíritu, y que por tanto nos colocan en el ámbito de la vida divina, no son para nada exteriores, ajenos, al ser del hombre, no llegan a un ser ya perfectamente constituido.
 
19.2. Tentación y caída.
“El primer hombre Adán, por sugerencia del diablo, pecó transgrediendo el mandamiento de Dios”[186]. La expresión “por sugerencia del diablo”, responde al Magisterio explícito de la Iglesia. Mientras que el diablo y los otros demonios, creados por Dios naturalmente buenos, se hicieron por sí mismos malos, el hombre, en cambio, pecó por sugestión del diablo.
a) El Antiguo Testamento
La primera fuente bíblica sobre el pecado inicial del hombre, creado por Dios en estado de justicia y santidad, está constituida por el capítulo tercero del Génesis, que es parte de la llamada tradición Yahvista, y forma una unidad literaria con Gen. 2, 4b-25. La sección del relato que nos interesa dice así:
“La serpiente era el más astuto de los animales del campo que Yahveh Dios había hecho. Y dijo a la mujer: <¿Cómo es que Dios os ha dicho: No comáis de ninguno de los árboles del jardín?> (...) Replicó la serpiente a la mujer: <De ninguna manera moriréis. Es que Dios sabe muy bien que el día que comiereis de él se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal>. Y como viese la mujer que el árbol era bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría, tomó de su fruto y comió y dio también a su marido, que igualmente comió (...)”[187].
La intensión del autor es claramente histórica y desea referirse a sucesos reales. Su intención es sin duda mostrar que este pecado de Adán es un pecado concreto, que fue origen de una situación nueva para la humanidad. El árbol de la ciencia del bien y del mal suele interpretarse como indicativo de la pretensión por la que los progenitores del género humano intentan lograr un conocimiento moral autónomo y por tanto independiente de Dios. Olvidaban así, o ignoraban, que la sabiduría de las cosas últimas es un don de Dios, y como tal debe recibirse. Adán y Eva desobedecen a Dios, según el texto genesíaco, con la idea de apropiarse de un privilegio divino.
Adán es en el texto un singular colectivo. Designa a la humanidad, pero el nombre adquiere en este caso un valor específico. “Aquí, puesto que el ser recientemente creado es por sí solo el género humano, no se necesita otro nombre para distinguirlo. Tiene, por tanto, valor de nombre propio y designa a aquel que Job llamará rishn adan, el primero de los hombres”.
b) El Nuevo Testamento
La doctrina esbozada en el Antiguo Testamento, donde no se menciona aún la transmisión del pecado de Adán y la constitución de todos los hombres en pecadores, se completa con la enseñanza derivada de san Pablo. El apóstol habla del pecado original a partir del paralelismo que establece entre Adán y Cristo. El sentido y alcance del primer pecado se iluminan desde la Redención obrada por el segundo Adán.
Cristo, autor de la vida, es contrapuesto a Adán, autor de la muerte. Se trata de la antítesis que será desarrollada en Rom. 5, 11-21. “Como por un hombre vino la muerte, también por un hombre vino la resurrección de los muertos. Y como en Adán hemos muerto todos, también en Cristo somos todos vivificados”[188].San Pablo da por supuesto el pecado de Adán. Muerte tiene un sentido físico, que no excluye el sentido espiritual, de modo que incluye la privación de la salvación.
En un contexto que habla monográficamente de pecado y Redención no por la Ley sino por la fe y la gracia de Jesucristo, escribe san Pablo: “Por esto, como, por un solo hombre el pecado entró en el mundo, y por el pecado la muerte, y así a todos los hombres alcanzó la muerte, por cuanto todos pecaron; porque anteriormente a la ley había pecado en el mundo, mas el pecado no se imputa donde no hay ley; sin embargo, reinó la muerte desde Adán a Moisés, aun sobre los que no habían pecado a imitación de la transgresión de Adán, el cual es figura del venidero. Mas no como fue el delito, fue también el don: pues si por el delito de uno solo los que eran muchos murieron, mucho más la gracia de Dios y la dádiva en la gracia de un solo hombre, Jesucristo, se desbordó sobre los que eran muchos (...) Pues si por el delito de uno solo reinó la muerte por culpa de este solo, mucho más los que reciben la sobreabundancia de la gracia y del don de la justicia reinarán en la vida por uno solo, Jesucristo (...)”[189].
La afirmación central del texto es la idea de como por Adán entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, así por Jesucristo ha entrado en el mundo la justificación, y con ella la vida. El esquema de Adán-pecado-muerte se opone al de Cristo-justificación-vida. A través del pecado de uno, todo la humanidad incurre en una nueva condición, que es de pecado, muerte y juicio. Hay, por tanto, una conexión causal entre la acción pecaminosa y la situación de la multitud.
Puede decirse en resumen que, según el texto comentado, por la falta de Adán entraron en el mundo el pecado y la muerte (corpóreo-espiritual), dado que todos los hombres pecaron en Adán, incluidos los que no cometieron pecados formales.
 
19.3. El pecado original: existencia, naturaleza y consecuencias.
a) Existencia
Aunque, debido a su confusa imagen de Dios, los pueblos ajenos a Israel conocían por entonces numerosas narraciones de hombres heroicos y absolutamente sin pecado, el pueblo escogido, a causa de su imagen de Dios, mantuvo la convicción firme de que todos los hombres sin excepción eran pecadores y que la pecaminosidad pertenecía al hombre como una “segunda naturaleza”.
Esa índole pecadora, sin embargo, no se puede explicar en ningún caso por la naturaleza del hombre formado a imagen divina, y que ha sido creado por Dios. Esa condición pecadora tiene una causa peculiar y una forma especial, que naturalmente no se puede explicar en el sentido moral como consecuencia de un acto. El relato bíblico da la respuesta con la alusión a la expulsión de los primeros padres del paraíso; es decir, con el argumento histórico de que el estado paradisíaco del hombre se perdió y le sucedió otro estado correspondiente al acto pecaminoso cometido en el paraíso. Ese estado posterior al paraíso perdido aparece con una caracterización más precisa en cuanto que también los padecimientos del hombre incluida su muerte, se presentan como secuelas del pecado y como elementos esenciales de ese nuevo estado.
Gen. 2, 25-3, 24 ofrece un relato del primer pecado del hombre, en que se describen de forma llana el origen y naturaleza del pecado con sus secuelas. Lo que ahí se presenta como el pecado de los primeros padres es paradigmático de todos los pecados del hombre. Al mismo tiempo con ese pecado original se explica etiológicamente la pecaminosidad del hombre, poniendo así el fundamento teológico para el acontecer y el misterio redentores de Cristo en el Nuevo Testamento.
“El relato de la caída[190] utiliza un lenguaje hecho de imágenes, pero afirma un acontecimiento primordial, un hecho que tuvo lugar al comienzo de la historia del hombre. La Revelación nos da la certeza de fe de que toda la historia humana está marcada por el pecado original libremente cometido por nuestros primeros padres”[191].
b) Naturaleza
Dos momentos fundamentales merecen especial atención en la historia de la doctrina del pecado original: San Agustín y la crisis pelagiana, y el concilio de Trento, cuyo decreto “de peccato originale” constituye la declaración magisterial de más alto nivel y más completo sobre la materia.
Al primero de estos momentos históricos debemos la denominación de “pecado original”, que continuación empleará la tradición. Frente a la minimización de la fuerza del pecado por parte de los pelagianos, que veían en Adán sólo un mal ejemplo, Agustín insiste fuertemente en la realidad del pecado en todo hombre a menos que no sea librado de él por el bautismo. Ayuda a Agustín en este razonamiento la lectura del final de Rom. 5, 12, “en el cual (Adán) todos pecaron”. También los niños son “pecadores”, porque si no lo fuesen Cristo no hubiera muerto por ellos. Dado que no han podido pecar personalmente, es el pecado de Adán el que contraen con la generación. De este pecado libra el bautismo, que también se aplica a los niños para la remisión de los pecados.
Por evidente que le resulte a Agustín el hecho del pecado original, también a él le es difícil explicar con mayor detalle su esencia. El pecado original se muestra sobre todo en la “concupiscencia”, que no sólo comprende el deseo, sino que incluye también el alejamiento de Dios, el único inmutable. A la objeción de que también después del bautismo persiste la concupiscencia, responde Agustín con la distinción entre el hecho del pecado (actus) y el estado de culpabilidad (reatus): los pecados actuales pasan “actu”, pero permanece la concupiscencia “reatu”. La culpa se aleja con el bautismo, pero la consecuencia permanece.
Claramente, pues, presenta Agustín el pecado original como una realidad histórico-salvífica, rechazando la concepción errónea de un “pecado actual”, tal como volvió a defenderla Abelardo en la Edad Media, así como el error de un “pecado de naturaleza”, según aparece en la doctrina de Lutero.
El concilio de Trento, es como decíamos, otro momento capital en el desarrollo y definición de la doctrina del pecado original. La situación a la que Trento tiene que hacer frente es diversa de la que se encontraron los concilios en torno a la crisis pelagiana y semipelagiana. Si aquí era la negación o la minimización del pecado original lo que daba lugar a la controversia, en Trento se trata, en cierto modo, de lo contrario.
Frente a las tendencias de Lutero de considerar la naturaleza humana totalmente corrompida a partir del pecado, Trento tiene que afirmar que esta naturaleza, aun herida, se mantiene íntegra en lo sustancial, y debe también afirmar la transformación intrínseca del hombre justificado y la realidad de la justificación del pecador. De ahí el canon 5, el más característico por su novedad: el pecado original no puede identificarse con la concupiscencia, que permanece en el bautizado, pero que nada daña al que lucha contra ella con la gracia de Dios.
“Aunque propio de cada uno, el pecado original no tiene, en ningún descendiente de Adán, un carácter de falta personal. Es la privación de la santidad y de la justicia originales, pero la naturaleza humana no está totalmente corrompida: está herida en sus propias fuerzas naturales, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al imperio de la muerte e inclinada al pecado. El Bautismo, dando la vida de la gracia de Cristo, borra el pecado original y devuelve el hombre a Dios, pero las consecuencias para la naturaleza, debilitada e inclinada al mal, persisten en el hombre y lo llaman al combate espiritual”[192].
c) Consecuencias
En la Teología se ha hablado de los bienes “preternaturales” para referirse a aquellos dones que el hombre habría poseído en caso de no haber pecado y que no le han sido devueltos por la gracia de Cristo. En el Magisterio de la Iglesia encontramos sobre todo referencias a dos de estos bienes perdidos: la integridad o ausencia de concupiscencia y la inmortalidad.
Los padecimientos, la concupiscencia y la muerte de los hombres sólo pueden explicarse como secuelas del pecado de origen.
c.1) Despojo de los bienes sobrenaturales:
Por el pecado original originado el hombre se encuentra en un estado similar al que se encontraría si Dios hubiera creado al hombre sin el don sobrenatural de la gracia santificante y sin los dones preternaturales de la inmortalidad y de la inmunidad de la concupiscencia.
La ausencia de gracia santificante, si se considera como una aversión del hombre respecto a Dios, tiene carácter de culpa, mientras que, si se considera como aversión de Dios respecto al hombre, tiene carácter de pena o castigo.
Por su parte, la carencia de los dones preternaturales lleva consigo que el hombre se halla sometido a la concupiscencia, a los sufrimientos y a la muerte. Jesucristo Redentor nos devuelve el más importante de esos dones, esto es, la gracia santificante, pero no la inmortalidad, ni la inmunidad de la concupiscencia. Estas persisten aun después de haber sido perdonado el pecado original, aunque no ya como pena o castigo, sino como oportunidades para ejercitar la virtud.
c.2) Vulneración de los bienes naturales:
Es doctrina de fe que el hombre, a consecuencia de la prevaricación de Adán, no quedó privado de los dones debidos a la naturaleza. En efecto, frente a los protestantes, Bayo y Jansenio, que sostenían que, por causa del pecado original, la naturaleza humana se habría corrompido esencialmente y, en concreto, el libre albedrío habría sido totalmente extinguido, de suerte que la voluntad humana, necesariamente inclinada al mal moral, estaría incapacitada para ninguna acción moral buena, la Iglesia ha definido que el libre albedrío del hombre, aunque quedó atenuado, no se perdió ni extinguió después del pecado de Adán[193].
Por otra parte, la inteligencia humana, aunque debilitada por el pecado original, sin la Revelación y sin la gracia, puede conocer antes de abrazar la fe, algunas verdades religiosas. Además, contra los tradicionalistas la Iglesia ha definido que la razón humana puede probar con certeza la existencia de Dios Creador partiendo de las cosas creadas.
Por tanto, la herida, que la prevaricación de Adán ocasionó en la naturaleza humana, aunque afecta al cuerpo y al alma, no puede entenderse como una corrupción total de la naturaleza, que afecte a la voluntad, como piensan los protestantes, Bayo y Jansenio, o que afecte a la inteligencia según opinan los tradicionalistas. El hombre, aun en estado de naturaleza caída, puede conocer las verdades religiosas de orden natural y puede realizar actos moralmente buenos. Se trata, por tanto, de una vulneración o herida. En cuanto al cuerpo, la mortalidad y la pasibilidad, cuyo fundamento radica en la pérdida de los dones preternaturales de inmortalidad e impasibilidad; en cuanto al alma, la herida se basa en la pérdida del don preternatural de la inmunidad de concupiscencia.
Los teólogos, siguiendo en esto a santo Tomás, enumeran cuatro heridas que afectan a las cuatro virtudes cardinales:
- la ignorancia (herida en la inteligencia) que afecta a la prudencia ;
- la malicia (herida en la voluntad), a la justicia ;
- la fragilidad (herida en los apetitos irascibles), a la fortaleza ;
- la concupiscencia (herida en los apetitos concupiscibles), a la templanza
Los teólogos están de acuerdo con santo Tomás en estas cuatro heridas de la naturaleza que el pecado original originado comporta en las cuatro potencias del alma. Hay, sin embargo, una cuestión disputada. Aceptando que la naturaleza humana no quedó “esencialmente corrompida” según lo explican los protestantes, los teólogos católicos se preguntan si el pecado original llegó a “deteriorar intrínseca o extrínsecamente” las fuerzas de la naturaleza humana, p.e. las potencias del alma.
En resumen, las consecuencias del pecado original son:
- la pérdida de la gracia santificante;
- la expulsión del paraíso;
- la pérdida de los dones preternaturales;
- la pérdida de la inmortalidad;
- el dominio del demonio;
- el desorden de la naturaleza humana (inteligencia y voluntad).
“Las consecuencias del pecado original y de todos los pecados personales de los hombres confieren al mundo en su conjunto una condición pecadora, que puede ser designada con la expresión de san Juan: “el pecado del mundo”[194]. Mediante esta expresión se significa también la influencia negativa que ejercen sobre las personas las situaciones comunitarias y las estructuras sociales que son fruto de los pecados de los hombres”[195].
 
B) RESUMEN
El estado de justicia original es uno de los estados históricos de la naturaleza humana, en el que el hombre existió antes del pecado original. En este estado, el destino del hombre era sobrenatural (visión beatífica), tenía la gracia santificante y los dones preternaturales de inmortalidad, inmunidad de concupiscencia e impasibilidad.
La elevación del hombre al estado sobrenatural la realizó Dios constituyendo al primer hombre en santidad y justicia originales. Esta “santidad y justicia” equivale a gracia santificante y los dones preternaturales.
Es coherente pensar, en efecto, que el hombre fue plenamente elevado en el mismo momento de la creación. El hombre nunca ha existido, por lo tanto, sin estar llamado a la comunión con Dios. Por eso, la creación de Adán es una verdadera vocación, porque le constituye en el ser como interlocutor directo de Dios. Adán recibió dones naturales, sobrenaturales y preternaturales.
“El primer hombre Adán, por sugerencia del diablo, pecó transgrediendo el mandamiento de Dios”[196]. La expresión “por sugerencia del diablo”, responde al magisterio explícito de la Iglesia. Mientras que el diablo y los otros demonios creados por Dios naturalmente buenos, se hicieron por sí mismos malos, el hombre, en cambio, pecó por sugerencia del diablo[197].
En la narración del relato del pecado en Gen.3, 1-13, la intensión del autor es claramente histórica y desea referirse a sucesos reales. Es decir, que Adán y Eva pecaron, que se trata de un pecado concreto. Adán es en el texto un singular colectivo. Designa a la humanidad.
La doctrina esbozada en el Antiguo Testamento, se completa con la enseñanza derivada de san Pablo. El apóstol habla del pecado original a partir del paralelismo que se establece entre Adán y Cristo. Cristo, autor de la vida, es contrapuesto a Adán, autor de la muerte. Se trata de la antítesis que será desarrollada en Rom. 5, 11-21.
Por tanto, puede decirse en resumen, que por la falta de Adán entraron en el mundo la muerte y el pecado, dado que todos los hombres pecaron en Adán, incluidos los que no cometieron pecados formales.
“El relato de la caída[198] utiliza un lenguaje hecho de imágenes, pero afirma un acontecimiento primordial, un hecho que tuvo lugar al comienzo de la historia del hombre. La Revelación nos da la certeza de fe de que toda la historia humana está marcada por el pecado original libremente cometido por nuestros primeros padres”[199].
“Aunque propio de cada uno, el pecado original no tiene, en ningún descendiente de Adán un carácter de falta personal. Es la privación de la santidad y de la justicia originales, pero la naturaleza humana no está totalmente corrompida: está herida en sus propias fuerzas naturales, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al imperio de la muerte e inclinada al pecado. El bautismo, dando la vida de la gracia de Cristo, borra el pecado original y devuelve el hombre a Dios, pero las consecuencias para la naturaleza, debilitada e inclinada al mal persisten en el hombre y lo llaman al combate espiritual”[200].
En resumen, las consecuencias del pecado original son: la pérdida de la gracia santificante;  la expulsión del paraíso; la pérdida de los dones preternaturales; la pérdida de la inmortalidad; el dominio del demonio; el desorden de la naturaleza humana.
 
C) BIBLIOGRAFÍA
- Catecismo de la Iglesia Católica.
- Concilio Ecuménico Vaticano II: Constitución Lumen Gentium.
- J. Morales; El Misterio de la Creación.
- J. Auer; El Mundo Creación de Dios.
- L. F. Ladaria; Introducción a la Antropología Teológica.
- J. Ibáñez-F. Mendoza; Dios Creador y Enaltecedor.
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Vos obráis como Dios, que nunca se cansa de escucharme cuando le cuento con toda sencillez mis penas y mis alegrías, como si él no las conociese... (Manuscrito C, 32)
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