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El Santo Sacrifício de la Misa
 
 
 

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            Aunque muchos eran los sacrificios en la antigua Ley, en la nueva, sin embargo, sólo existe un único sacrificio, que tanto más perfectamente excede la diferencia de todos los holocaustos de la Ley mosaica cuanto más excelente y aceptable a Dios es la víctima que en él se inmola. Es, pues, la Misa sacrificio latréutico o de adoración, ofrecido a Dios para rendirle el supremo culto y el más alto honor, como a nuestro primer principio y nuestro último fin, en testimonio de su excelencia infinita, de su dominio y majestad, y de nuestra dependencia, servidumbre y sujeción a El. Es eucarístico: acción de gracias por todos los beneficios (que nos hace el mismo Dios en cuanto es nuestro bienhechor) de naturaleza, de gracia y de gloria. Es propiciatorio y satisfactorio por los pecados y las penas merecidas, pues aplica a todos aquellos por quienes se ofrece la fuerza y la virtud del sacrificio de la cruz; más aún, es el mismo sacrificio en la substancia ("quoad substantiam"), la misma hostia y el mismo oferente principal, aunque se ofrezca de diverso modo. Y se llama propiciatorio porque por esta oración el Señor es aplacado y concede la gracia y el don de la penitencia a los pecadores que no ponen obstáculos; condona las penas merecidas por el pecado porque por el sacrificio de la Misa se aplica el sacrificio de Cristo, quien satisfizo en la cruz por los pecados de todo el mundo. Condona las mismas penas a los difuntos que están en el purgatorio, porque con este fin fue instituido también por Cristo, como consta por la postestad que se confiere a los sacerdotes en la ordenación, de ofrecerlo por vivos y difuntos; este efecto nunca se puede impedir, porque es imposible que aquéllos pongan óbice alguno. Por tanto, para aquellos por los cuales se ofrece, vivos o difuntos, la remisión de la pena será en la misma medida que en su misericordia fijó el mismo Cristo. Pues aunque la víctima que se ofrece es de valor infinito, sin embargo, nuestra oblación, según enseñan comúnmente los teólogos, sólo tiene un efecto finito. Para los que conjuntamente ofrecen el sacrificio, este efecto se aumenta según la devoción y disposición interior de cada uno. Por último, habiéndonos merecido Cristo no sólo la remisión de los pecados, sino también otros muchos beneficios, este sacrificio es por consecuencia también impetratorio de todos los bienes, primero de los espirituales, y en segundo lugar de los temporales, en cuanto que a aquéllos conducen. Pero como de por sí solamente tiene el poder de impetrar en general, para que algo determinado se impetre, la intención del oferente debe aplicarse a ello de modo especial. Sin embargo, para impetrar por la Iglesia siempre interviene la intención de la misma Iglesia, principalmente con relación a aquello que en las oraciones de la Misa se pide a Dios; pues también la Iglesia es oferente en la persona de su ministro.
 
 
            El primero y principal oferente es Cristo, el único que pudo ofrecer un sacrificio aceptable al Padre, y por ofrecerlo diariamente y por medio de sus ministros sacerdotes, se dice que es sacerdote eterno, según está escrito: «Tu es sacerdos in aeternum secundum ordinem Melchisedech». «Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec». Cristo, pues, no sólo es oferente por haber instituido el sacrificio y por haberle conferido toda la fuerza de sus méritos, sino sobre todo porque el sacerdote en su persona, en cuanto ministro y legado de Cristo, realiza el sacrificio en representación suya, como consta por las palabras de la consagración; pues no dice: «Este es el Cuerpo» o «Esta es la Sangre de Cristo», sino  «Este es mi Cuerpo» o «Esta es la Sangre de Cristo», sino «Este es mi Cuerpo», «Esta es mi Sangre». Por lo tanto, Cristo juntamente con el sacerdote ofrece a Dios Padre por los hombres el mismo sacrificio; y en virtud; y en virtud de su Persona, que es de una santidad purísima y de una dignidad infinita, este sacrificio es siempre puro y grato a Dios, aunque se ofrezca por un ministro pecador.
            El segundo oferente es la Iglesia católica, de quien es ministro el sacerdote y todos sus fieles no excomulgados, que de algún modo lo ofrecen también por medio del sacerdote no en cuanto ministro, sino en cuanto legado o mediador. Pues así como se dice que toda sociedad obra lo que su legado realiza en su nombre, de la misma manera puede decirse también que todos los católicos ofrecen el sacrificio porque el sacerdote, en la persona de toda la Iglesia, sacrifica en nombre de ellos. Aunque no todos de la misma manera, pues unos ofrecen el sacrificio sólo habitualmente, porque ni están presentes en el sacrificio, ni piensan en él; no obstante, al estar todos unidos a la Iglesia por la caridad, se supone que hacen habitualmente lo que ella hace. Otros de manera causal, mandando o procurando que alguien celebre el santo sacrificio, lo que ocurre sobre todo cuando se dan limosnas con este fin. Otros, por último, lo ofrecen actualmente; son los que están de hecho presentes en el sacrificio.
            El tercer oferente y ministro propio de este sacrificio es el sacerdote legítimamente ordenado, cuya potestad es tan firme e inamovible que, aun en el caso en que sea hereje o esté suspenso, depuesto, degradado o excomulgado, realiza y ofrece este sacramento, aunque ilícitamente, siempre que emplee la materia y la forma legítimas. Y no se mengua tampoco el valor del sacrificio aunque el sacerdote sea totalmente indigno o esté apartado de la Iglesia; pues el fruto no depende de la cualidad del ministro, sino de la institución de Cristo.
 
 
            Se puede considerar en este sacrificio una doble eficacia, una que llaman los teólogos «ex opere operato» , independiente del mérito y de la dignidad del ministro; otra «ex opere operantis», que depende del sacerdote oferente, de su mérito y santidad, de quien recibe su valor y virtud. Enseñan los teólogos que el primer efecto «ex opere operato» ni el sacerdote ni los fieles lo reciben, en cuanto oferentes, sino en cuanto el sacrificio se ofrece por ellos; pues el sacrificio no produce este efecto sino en favor de aquellos para quienes fue instituido y del modo según el cual fue instituido; ahora bien, fue instituido para que se ofreciera por los hombres, y precisamente en provecho de aquellos por quienes se ofrece; y como quiera que aplica la virtud del sacrificio de la cruz, no causa este efecto sino en la persona a quien se aplica tal virtud, cosa que realiza el oferente al hacer la oblación por una persona determinada. Fue siempre opinión constante entre los católicos que este sacrificio produce «ex opere operato» (es decir, si no pone obstáculo la persona por quien se ofrece) efectos infalibles y determinados, como son la remisión de alguna pena debida por pecados ya perdonados o el don de una gracia preveniente para obtener la remisión de los pecados cometidos. Por lo que se refiere a la eficacia impetrativa, sabemos por experiencia cotidiana que no es infalible, pues no siempre obtenemos todo lo que pedimos ni aquella intención por la que se ofrece el sacrificio. Esto procede de la naturaleza de la impetración que exige libertad en el que concede, de tal manera que puede conceder o negar a su arbitrio aquello que se pide. Pedimos, pues, exponiendo nuestras razones que creemos pueden mover a Dios a obrar en un sentido, sin que esté obligado por ello en virtud de un pacto establecido. En consecuencia, no pedimos nada sin que nuestra voluntad esté conforme, respecto de lo que pedimos, con la voluntad de Cristo, a la que por sernos desconocida no podemos acomodarnos del todo. Es cierto, sin embargo, que el sacrificio no carece de este efecto, porque aunque Dios no conceda lo que precisamente pedimos, nos otorga lo que  «hic et nunc» juzga más conveniente para nosotros.
            Respecto al segundo efecto «ex opere operantis», dos son los motivos por los que puede aumentar su eficacia. El primero es la probidad y dignidad del celebrante, cuya raíz son la gracia santificante y las virtudes que acompañan a la gracia; pues cuanto más santo y más grato a Dios sea el sacerdote, tanto más aceptables serán sus dones y oblaciones. La segunda es la devoción actual con la que se ofrece el sacrificio; pues cuanto mayor sea aquélla, tanto más le servirá de provecho. Y así como las demás obras buenas que hace el justo son tanto más meritorias e impetratorias, y valen más para la satisfacción y remisión de la pena como cuanto con mayor perfección y fervor se hagan, así también este sacrificio, ya se considere como sacrificio o como sacramento, cuanto más devotamente se ofrece y se recibe, tanto más aumenta el mérito y aprovecha más a quienes lo ofrecen por sí mismos y lo reciben y a aquellos por los que se ofrece. Debe procurar, por tanto, el sacerdote ser muy grato y acepto a Dios por el continuo ejercicio de las virtudes heroicas, crecer ante El en gracia y santidad, y celebrar siempre con gran fervor y devoción. Y con ello, él mismo como aquellos por quienes se ofrece el sacrificio, alcanzan mayores y más eficaces efectos «ex opere operantis».
 
 
            Aunque algunos teólogos estiman que este sacrificio tiene «ex opere operato» un valor o eficiencia de intensidad infinita por cuanto en sustancia es el mismo sacrificio de la cruz, y la víctima ofrecida, el Cuerpo y la Sangre de Cristo, es de un precio infinito, y el mismo Cristo, oferente principal, es una Persona de dignidad infinita, sin embargo, la opinión más cierta y más común es que no tiene sino un valor finito. La razón principal de lo que acabamos de decir se deduce de la voluntad de Nuestro Señor Jesucristo, quien no quiso instituir este sacrificio para conferir un fruto intensamente infinito; lo mismo que de hecho los ángeles rebeldes no fueron redimidos porque Cristo no quiso aplicarles los méritos de su pasión. Otra razón estriba en que para la eficacia infinita del sacrificio, además de la infinitud de la hostia y del oferente principal, se exige también infinitud por parte de aquel que inmediatamente ofrece. Y como quiera que el sacerdote inmediatamente operante es de dignidad finita, también el valor del sacrificio en cuanto a su eficiencia y a su influjo actual será finito, porque aquella acción es producida inmediatamente por una persona finita, y en esto difiere nuestro sacrificio del de la Cruz, ya que éste fue ofrecido inmediatamente por una Persona infinita, y, por tanto, fue una acción infinita en su entidad moral, e infinitamente grata a Dios Padre. Apoya esta doctrina el sentir común de los fieles, que procuran ofrecer sacrificios muchas veces por sí y por los suyos, lo cual ciertamente no harían si reconociesen una eficacia infinita en cada sacrificio. Y también los sacerdotes podrían satisfacer en ese caso seiscientas obligaciones con un único sacrificio, lo cual está prohibido terminantemente por decretos eclesiásticos. En vano se ofrecerían tantos sacrificios por un solo difunto; bastaría uno para librar a todas las almas del purgatorio. Finalmente, la Misa de cualquier sacerdote se equipararía al sacrificio de Cristo en la cruz, que ciertamente fue único por ser de valor infinito. Y no hay que concebir lo que se contiene en el sacrificio como una entidad natural que obra en proporción al máximo grado de su eficiencia, sino como un ser libre cuya operación tiene el grado de eficacia que determina el agente principal, Cristo nuestro Redentor, quien, por medio de este incruento sacrificio, quiere aplicarnos sólo un fruto de su pasión, finito y limitado. Por tanto, el sacrificio tiene una eficacia finita en orden a todos sus efectos, a excepción de la fuerza impetrativa, de la que todos están de acuerdo en afirmar que es finita precisamente porque no consiste en algo producido por el sacrificio, sino en la excelencia y su intrínseca dignidad, en cuanto que objetivamente mueve a Dios a que conceda lo que se pide, aunque no siempre lo conceda, sino cuando juzga que el concederlo conviene a nuestra salvación.
            Si hablamos, en cambio, de una infinitud extensiva, a saber: si el sacrificio ofrecido por muchos aprovecha igualmente a cada uno como lo produciría si por él solo se ofreciese, se nos presenta un grave problema, que hay que resolver distinguiendo antes los frutos de la Misa. Pues hay tres partes en el valor de la Misa, o sea, un triple fruto: general, especial y medio. El primero se extiende a todos los fieles; el segundo es propio del celebrante, y el tercero depende de la voluntad del sacerdote, que lo aplica a quien quiere. El primero se sigue de que este sacrificio se ofrece de modo general por todos los fieles vivos y difuntos; es, pues, lo mismo en cuanto a la sustancia que el sacrificio de la Cruz, que fue ofrecido por todos, y consta por el Canon de la Misa que el sacerdote debe aplicarlo por todos, por el Papa, por el Obispo, por toda la Iglesia militante y purgante, sin poder dejar de hacer esto, ya que fue precisamente destinado para ello de modo especial por la misma Iglesia. Por lo cual, este fruto se aplica a todos los fieles que participan de la unidad de la Iglesia y que no ponen óbice, y así puede ser en cierto modo extensivamente infinito, y todos y cada uno, si no queda por ellos, pueden percibir el fruto íntegro como si se tratara de uno solo. Se discute si este fruto supone sólo la impetración o también la satisfacción. El segundo fruto tiene su fundamento en que el sacerdote ofrece el sacrificio también por sí mismo. «Offero -dice- pro innumerabilibus peccatis et offensionibus et negligentiis meis». Debe, pues, como dice el Apóstol: «Quemadmodum pro populo ita etiam pro semetipso oferre pro peccatis», y por esta razón debe ofrecer sacrificio en descuento de los pecados, no menos por los suyos propios que por los del pueblo. El sacerdote recibe este fruto, en cuanto celebra por sí mismo como ministro público; el fruto de que hablamos, por tanto, no es aplicable a otro, pues al ofrecer el sacrificio por sí mismo con las palabras «pro peccatis et offensionibus meis», a sí mismo se las aplica, y lo que se aplica a sí mismo no se lo puede aplicar a los demás. El tercero se colige de la misma naturaleza del sacrificio, que por estar instituido para los hombres debe, por tanto, aprovechar a aquellos por quienes se ofrece. Según opinión común, este fruto medio no es extensivamente infinito, sino que a cuantos más se extiende más disminuye. El sacerdote debe aplicar este fruto a aquel por quien especialmente está obligado a celebrar por razón de beneficio, limosna, precepto del superior o por cualquier otro título; y esto antes de la Misa, o al menos antes de la Consagración; pues si la esencia de la Misa consiste únicamente como sostienen la mayoría de los autores, en la consagración, de nada valdría hacer después la aplicación del fruto estando ya el sacrificio consumado «quoad substantiam».
 
 
            Como ya dijimos que el fruto debe ser aplicado por los sacerdotes, se hace necesario, según la común y más extendida opinión de los teólogos, establecer alguna práctica o método para hacer esta aplicación que sirva a los sacerdotes para no resbalar en cosa de tanta importancia ni faltar a su obligación. Primero hay que tener en cuenta que el sacerdote ofrece este sacrificio en nombre de muchos: en nombre de Cristo, primero y principal oferente de cuyo mérito emana el valor del sacrificio y de cuya voluntad depende en gran manera su aplicación; además, en nombre de la Iglesia, a la que Cristo concedió la dispensación de sus méritos y satisfacciones; después en su propio nombre, en cuanto que ofrece por su libre voluntad y lo aplica a sí mismo y a otros, según su arbitrio; finalmente, en nombre de los otros fieles, quienes, juntamente con él o por medio de él, ofrecen el sacrificio con voluntad interna, a saber: aquellos que ayudan y asisten a Misa, o han dado limosnas para su celebración. Además, Cristo y la Iglesia quieren que todos los fieles sean partícipes de los frutos del sacrificio cuantas veces se ofrezca, siempre que sean capaces y no pongan por su parte ningún óbice; tampoco se exige aplicación alguna por parte del sacerdote celebrante, para que este fruto común se extienda a todos. Sin embargo, por voluntad y disposición del mismo Cristo, una parte notable de todos los frutos se deja a la libre aplicación y determinación tanto del mismo sacerdote celebrante, en cuanto ministro y dispensador de sus misterios, como de los otros que ofrecen junto con él; lo cual se desprende del consentimiento común de la Iglesia, que aprueba la costumbre de los fieles, según la cual este sacrificio se ofrece particularmente por ellos; y en vano harían esto si todo el fruto del sacrificio estuviese ya aplicado y nada quedara para aplicar por la intención del sacerdote. El sacerdote, en la acción de este sacrificio, es superior a los otros que ofrecen con él; de esta manera la aplicación de los frutos depende principalmente de la intención; pues, como es un acto de la potestad de orden, está sujeto a su voluntad.
            Pero es del todo incierto cuánta y cuál sea la parte del fruto que Cristo Nuestro Señor quiso correspondiese ya a todos los fieles en general, ya especialmente a aquellos a los que se aplica por la intención particular del sacerdote celebrante; ni la Sagrada Escritura, ni la Tradición de la Iglesia, ni los Concilios, ni los Santos Padres han declarado ni definido nada acerca de esto. En consecuencia, basta que el sacerdote quiera aplicar según su obligación o devoción el fruto del sacrificio a determinadas personas, en la medida en que Cristo Nuestro Señor le concedió el poder aplicarlo.
            Debe tenerse en cuenta, en segundo lugar, que para que el sacerdote aplique válidamente el fruto del sacrificio es necesaria la intención que, como dicen los teólogos, se requiere para conferir válidamente cualquier sacramento. No es, pues, suficiente que la intención sea habitual; que sea actual es óptimo y laudable, aunque no necesario; basta, pues, la intención virtual, es decir, aquella que procede de la actual, y que, al no haber sido revocada, se mantiene todavía en vigor. Esta intención, sin embargo, debe coincidir con la misma realización del sacrificio, ser cierta y determinada y no dejar en suspenso el efecto del sacrificio, ya que no puede depender de condición futura. Ahora bien, si el sacerdote no aplica a nadie el fruto del sacrificio, o aquel por quien lo ofrece no es capaz o no lo necesita, el fruto queda en el tesoro de la Iglesia. De donde infieren los teólogos que en tal caso es mejor tener condicionada la voluntad y aplicar el sacrificio por alguien que pueda gozar de este fruto. A algunos les parece también ser muy conveniente que el sacerdote, que quiere celebrar por varias personas, las mencione especial y concretamente, no de un modo general y confuso, porque en este caso aprovecha menos a cada uno en particular; el sacrificio produce, pues, su efecto según el modo en que se aplique, y la aplicación es más perfecta en cuanto se les nombra a todos por separado. Para evitar los escrúpulos que puedan surgir a causa de la aplicación, debe el sacerdote dejar de lado todas las opiniones inciertas y aplicar el fruto del sacrificio primera y principalmente por aquel por quien está obligado a celebrar en razón de beneficio, limosma, promesa u obligación especial. Entonces, sin ningún perjuicio por esa parte, hasta donde le sea permitido, podrá asimismos aplicar por otros especialmente unidos o encomendados a él por caridad o por cualquier otra razón, conformando y subordinando perfectamente su intención a la intención de Cristo, de quien él está constituido dispensador, extender a muchos una parte de los frutos, parte que, dada la suma e inefable misericordia de Dios, no se puede esperar que sea sino abundantísima.
Semillitas al Señor  
  "Así como el sol alumbra a los cedros y al mismo tiempo a cada florecilla en particular, como si sola ella existiese en la tierra, del mismo modo se ocupa nuestro Señor particularmente de cada alma, como si no hubiera otras. (Manuscrito A, 3 r°)
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Vos obráis como Dios, que nunca se cansa de escucharme cuando le cuento con toda sencillez mis penas y mis alegrías, como si él no las conociese... (Manuscrito C, 32)
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Puedes, por lo tanto, como nosotras, ocuparte de "la única cosa necesaria", es decir, que aun entregándote con entusiasmo a las obras exteriores, tengas por único fin complacer a Jesús, unirte más íntimamente a él. (Carta 228)
 
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El Señor y los corazones...  
  ¡Ah, qué verdad es que sólo Dios conoce el fondo de los corazones!... ¡Qué cortos son los pensamientos de las criaturas!... (Manuscrito C, 19 v°)
 
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  Al entregarse a Dios, el corazón no pierde su ternura natural; antes bien, esta ternura crece haciéndose más pura y más divina. (Manuscrito C, 9 r°)
 
El Señor esta siempre con nosotros...  
  cielo que le es infinitamente más querido que el primero: ¡el cielo de nuestra alma, hecha a su imagen, templo vivo de la adorable Trinidad!... (Manuscrito A, 48)
 
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