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Cosas que deben hacerse después de la Misa
 
            Ya que el término de las obras buenas debe ser la acción de  gracias, al dejar el altar después de celebrar el sacrificio, empieza a recitar el cántico Trium puerorum, con el que invitas a todas las criaturas a dar gracias a Dios por tan grande beneficio. Lo rezarás mientras vuelves a la sacristía y te quitas las vestiduras sagradas, con toda la devoción que te sea posible y con un ardentísimo deseo de bendecir a Dios y de ensalzarle por su infinita bondad. Hecho esto en nombre de la Iglesia, que preceptuó que el sacrificio concluya con esas preces, recógete en un lugar alejado de toda distracción y ruido, en el que, con la puerta de tu corazón cerrada, y apartados todos los demás pensamientos, te ocuparás sólo de Dios y no le dejarás hasta que te bendiga. Hay varias oraciones, compuestas por los santos doctores Tomás y Buenaventura llenas de diversos afectos y apropiadas para decirlas después de la Misa. Si las dices devota y tranquilamente, considerando sus palabras y sentido, no serán inútiles e infructuosas. Pero si las repites rápidamente, como algunos suelen, y terminadas en seguida, sin entreternerte apenas un rato con Cristo, piensa y mira si de verdad queda satisfecha tu conciencia. No manifiesta tener algún sentimiento de piedad quien no se encuentra a gusto con Dios. Ni valen los pretextos de negocios o estudios con que los tibios se excusan; pues ¿qué negocio más importante y más útil que tratar con Dios de la salvación del alma?  O ¿qué pueden enseñar los libros que no pueda enseñar mejor el mismo Dios? Lo mismo que después de la comida es necesario el descanso de los negocios y labores, para que el calor natural favorezca la digestión y convierta los alimentos en la propia sustancia del que se alimenta, así, después de este convite, se requiere un descanso de todas las ocupaciones externas y humanas para que el Sacramento divino infunda su fuerza y su virtud en el alma.
            Así harás primero actos de diversas virtudes. De fe, confesando que el Cristo por ti recibido es verdaderamente Dios y hombre, a cuya divinidad y humanidad conviene todo lo que cree y enseña la Iglesia. De esperanza, esperando de él muchos bienes de naturaleza y de gracia y de gloria. De caridad, fomentando un fervientísimo afecto de amor hacia él; alegrándote de que su divinidad sea tan sublime, que de ninguna manera puede ser comprendida; doliéndote de tantos pecados que tú has cometido contra El, y de los que cada día se comenten. De humildad, considerando quién viene a quién; ponderando la magnitud de este beneficio, habida cuenta de tus pecados pasados, tu estado actual y el perfectísimo  grado de vida espiritual a que debes tender, y del que todavía distas muchísimo. De deseo y celo, ansiando que no se peque más, que se conviertan los impíos, los justos se multipliquen y se perfeccionen, y que Dios sea glorificado por todos.
            Aplica después los cinco sentidos internos del alma al Señor allí presente: 1º Mírale en ti, contempla su majestad y su esplendor, sus manos, pies y costado con sus cinco refulgentes heridas; piensa que es Dios, el esplendor de la gloria del Padre y figura de su sustancia, de tan asombrosa belleza que precisamente es ella la que hace bienaventurados a cuantos llegan a verle. Haz nacer en ti, en primer lugar, un movimiento de reverencia  y humildad, que te lleva a apartar los ojos de la contemplación de tan grande majestad; otro enseguida de gozo y alegría; otro, en fin de alabanza y de acción de gracias. 2º Escucha la voz que habla dentro de ti, y aprende de ella la enmienda real de las costumbres y las verdaderas virtudes. 3º Percibe el olor de sus virtudes, y apresúrate en imitarle; considera también la fragancia del sacrificio ofrecido, que despide un suavísimo perfume ante el eterno Padre. 4º Ve cuán suave es el Señor y, recreado con el dulcísimo convite de su Cuerpo y Sangre, proponte no probar nunca jamás los vilísimos alimentos del mundo; y como El la suma alegría, decide no aficionarte en adelante a ninguna criatura. 5º Tócale y pídele que purifique enteramente tu corazón y todo tu ser, y salga de El una virtud que sane y vivifique todo lo que en ti se encuentra enfermo y viciado. Pide también con humildad que te bese, y di con la esposa: "Osculetur me osculo oris sui", "bésame con besos de tu boca", y suspira por unirte con El íntimamente. Bea, a tu vez, con besos espirituales, sus manos y pies traspasados, y los demás miembros que por tu causa fueron atormentados con graves heridas y dolores.
            Finalmente, añade a éstos otros ejercicios, ya sean los que abajo describimos, ya otros que te sugiera tu devoción; cuando los hayas terminado, procura con especial empeño custodiar tu corazón y tus sentidos, recordando frecuentemente durante el día la honra que Dios te ha hecho; conserva con piadosos afectos y aspiraciones la gracia recibida, y compórtate en todo de tal manera que parezcas totalmente transformado en Cristo, a quien recibiste, por la imitación de sus virtudes, la gravedad de costumbres y el desapego de todas las cosas.
 
 
            Yo te amo, Señor Jesús, alegría y descanso mío; te amo, sumo y único bien mío, con todo mi corazón, toda mi mente, toda mi alma y todas mis fuerzas; y, si ves que no te amo como debería, a lo menos así deseo amarte, y si no lo deseo suficientemente, por lo menos quiero desearlo de este modo. Enciende, Señor, con tu fuego ardentísimo mis entrañas, y  ya que no me pides más que amor, dame lo que pides y pide lo que quieras. Porque si tú no me das el querer y el obrar, pereceré en mi debilidad. Resuene en mis oídos aquella dulcísima y eficacísima voz: "Quiero". Pues, si quieres, puedes lavarme e iluminarme, puedes elevarme al supremo grado del amor. Como quisiste sufrir y morir por mí, así también querrás que fructifique en mí tu pasión y muerte. Acuérdate de las palabras que dirigiste a tu siervo, con las que me diste esperanza: "Quien como mi Carne y bebe mi Sangre, en Mi permanece y Yo en él". ¡Oh dulcísimas palabras, "Tú en mí y yo en Ti"!¡Oh cuánto amor, "Tú en mí", vilísimo pecador, y "yo en Ti", mi Dios, cuya majestad es incomprensible! Una cosa sola me es necesaria y sólo esto busco: vivir en Ti, en Ti descansar, no separarme nunca  de Ti. Feliz es quien te busca, más feliz quien te posee, felicísimo quien persevera y muere en esta posesión. ¡Oh días infelices que vergonzósamente pasé amando la vanidad y separándome de Ti! Y ahora, Señor, que has venido a este mundo para salvar a los pecadores, redime ahora mi alma, que sólo confía en tu misericordia, y arranca  de mí todos los impedimentos a tu amor. Lejos de mí todo amor terreno, nada me agrade, nada me atraiga fuera de Ti. Vive y reina siempre en mí, fidelísimo amante de mi alma; pues en Ti se encuentran todos los bienes, y ya en adelante estoy preparado a sufrir todos los males antes que dejar alguna vez de amarte. ¡Oh cuerpo sacratísimo abierto por cinco heridas, ponte como un sello sobre mi corazón e imprime en él tu caridad! Sella mis pies, para que siga tus pasos; sella mis manos, para que siempre realicen obras buenas; sella mi costado, para que por siempre arda en fervientes actos de amor hacia Ti. ¡Oh sangre preciosísima que lavas y purificas a todos los hombres! Lava mi alma y pon una señal sobre mi rostro, para que no reciba a otro amante fuera de Ti. ¡Oh dulzura de mi corazón y vida de mi alma!, como Tú en el Padre, y el Padre en Ti, así yo por tu gracia sea uno contigo por el amor y la voluntad, y el mundo esté crucificado para mí y yo para el mundo. Amén.
 
 
            Te doy gracias, benignísimo Dios, porque te has dignado admitirme a mí, vilísimo pecador, al vivificante convite de tu mesa. Y ¿quién soy yo, únicamente polvo y ceniza, para que me ofrezcas tu corazón, dejando tus cielos y descendiendo; para que con tu Sangre purísima laves mis impurezas; para que a mi alma, debilitada por el hambre, la reconfortes y sacies, no con maná del cielo, sino con tu carne inmaculada? Si el cielo de los cielos no es bastante para contenerte dentro, ni los ángeles están limpios en comparación contigo, ¿quién soy yo, y qué mi casa, para que hayas querido venir a mí, y ser tocado por mis manos indignísimas y habitar en mí? ¿Qué encontraste en mí, Rey de tremenda majestad, que te hiciera salir del templo de tu gloria y descender al abismo de las miserias? Vosotros, santos ángeles, vosotros todos los elegidos de Dios, venid, escuchad, y os contaré cuánto hizo Dios en mi alma: cómo, siendo yo pobre y abominable, y no osando levantar mis ojos al cielo ante la multitud de mis iniquidades. El me alzó del polvo, me sacó del estiércol para que me sentase con los príncipes y comiese de su mesa todos los días de mi vida. Dadle gracias vosotros por mí, fidelísimos amigos míos, pues yo soy un niño, no en años, sino en conocimiento, y ni sé hablar, ni encuentro palabras con las que ensalzar y proclamar como es debido la abundancia de tales gracias. ¿Con qué amor puedo yo corresponder a su infinita caridad, con qué amor que merezca el nombre de tal, y no el hielo y la frialdad? Sus infinitas perfecciones y dignidad, y mi enorme e infinita indignidad, ¿no harán que parezca nada cualquier alabanza, cualquier adoración  u obsequio que yo pudiera tributarle? Pero Tú, Señor misericordioso y clemente, y de inmensa bondad; Tú, que me conoces, no desprecies mi humilde acción de gracias, que te ofrezco desde mi pobreza, y mi sacrificio de alabanza te honrará. Tuya es la magnificencia, tuya es la gloria, a Ti se te den alabanzas por todas las eternidades, por tan excelso e incomparable beneficio. En tu honor se entonen las aclamaciones; a  Ti conmigo den gracias todos los pueblos, las tribus y las lenguas; todos tus ángeles y tus santos, porque tu misericordia se ha extendido maravillosamente sobre mí y sobre todas tus obras. Alégrense en Ti todas las criaturas, todo lo que se contiene en el ámbito del cielo, la tierra y los abismos, y perpetuamente canten alabanza que, saliendo de Ti, a Ti vuelvan, como principio y fin de todas las cosas. Alégrense en Ti y te den gracias mi corazón y mi alma, mis fuerzas, sentidos, potencias y todos los miembros de mi cuerpo; sean el honor y la gloria únicamente para Ti, de quien, por quien y en quien son todas las cosas; que eres Dios bendito y alabado por los siglos de los siglos. Amén.
 
 
            Tu siervo soy, Señor Dios mío, y como tributo de mi servidumbre quisiera ofrecerte algo que fuera digno y aceptable a tu majestad; pero mi deuda excede a todas mis posibilidades, porque te debo tanto, cuanto Tú vales, y tu valor es infinito. Yo por mí nada puedo, nada soy. Tengo, sin embargo un don preclaro, que no puedes rehusar de ningún modo; poseo a tu queridísimo Hijo, mi Señor Jesucristo, porque de tal manera se ha comunicado a mí que yo estoy en El y El en mí. Por lo tanto, tomaré con toda propiedad las palabras de tu profeta, y diré: "Benedic anima mea, Domino, et omnia quae intra me sunt nomini sancto eius", "bendice, alma mía, al Señor, bendiga todo mi ser su santo nombre". Pues tu mismo Hijo bendecirá por mí dignamente tu nombre, y te amará y te glorificará, pues estando sacramentalmente dentro de mí se ha hecho uno conmigo, y yo uno con El. Te lo ofrezco, pues, como perfume de suavísimo olor,  para tu mayor honor y gloria, y en acción de gracias por todos tus beneficios; en remisión de mis pecados y los de todo el mundo, y para impetrar los auxilios de la vida temporal y eterna, para mí y para todos aquellos por quienes he pedido y debo pedir, y por todas las almas de los fieles difuntos. Recibe, Señor, con esta sacratísima oblación de mi alma y de mi cuerpo, todas mis fuerzas y mis afectos, para que sea yo un perpetuo holocausto que arda sin cesar ante tu majestad. Concédeme que en adelante no tenga miembros, ni sentidos, ni potencias, ni vida sino para amarte y servirte. Tú eres mi sabiduría y mi luz; tú mi fortaleza y mi energía; enséñame, ilumíname, vigorízame para que conozca y haga tu voluntad. Me ofrezco a ti en servidumbre perpetua, y quiero marcarme como esclavo de tu beneplácito, libre de cualquier otro ciudado y solicitud. Todo lo que permitas que me suceda lo recibiré gustoso de tu mano. No quiero para mí, en el tiempo ni en la eternidad, sino lo que Tú me tengas preparado desde el principio, sea próspero o adverso. Viva siempre reine sobre mí tu Voluntad, que quiero cumplir en cada palabra, en cada acción, pensamiento y hasta en cada uno de mis más insignificantes movimientos. Señor, ante Ti están todos mis deseos. No te oculto mis gemidos. Me faltan palabras con que explicar mi afecto, pero me arrojo en el ardentísimo horno de tu amor en el que te encendiste para dignarte venir a mí y hacer tu mansión en mi alma. Enciéndeme, Señor; inflama mi corazón, quema mis entrañas para que continuamente arda para Ti, y en Ti viva, y en Ti muera. Amén.
 
 
            Dulcísimo amante, Señor Jesucristo, que me nutriste con tu Cuerpo y tu Sangre preciosísima, te ruego que disculpes mi indignidad y perdones misericordioso las faltas que he cometido en la celebración de esta Misa. Reconozco y confieso mi presunción, porque osé acercarme a este tremendo misterio sin la debida preparación, reverencia, humildad y caridad. Mírame con los ojos de tu misericordia y suple con la abundancia de tus méritos mi mucha imperfección. ¡Oh! ¿Cuántas veces has venido a mí para enriquecer mi pobre alma con tus dones? Y yo, sin embargo, te desprecié y me marché lejos de Ti, siguiendo los depravados deseos de mi corazón. Y cuando, ya disipado cuanto poseía, regresé a Ti desnudo y consumido por el hambre, Tú me recibiste y te olvidaste de todas mis iniquidades. Por fortuna para mí, me amas con un amor eterno e infinito; pues si no fuese infinita tu bondad, de ningún modo podrías tolerar mi miseria. Venza, por tanto, tu bondad y absorba mi malicia. Riégame con las lágrimas que derramaste por mí; úngeme con la mirra de tu dolor, átame con tus ataduras, lávame con tu Sangre, levántame con tu Cruz y vivifícame con tu muerte. Penetre tu amor en mis entrañas y expulse a cualquier otro amor. Huya la multitud de mis imaginaciones, y transfórmeme totalmente en Ti, para que en Ti perezca y no me encuentre más que en Ti. Imprime en mi corazón el amor de la cruz y de la humillación, pues que para rendirme, no quisiste pasar ni un momento sin la cruz. No permitas que me aparte de Ti sin fruto; en cambio, obra conmigo tus maravillas, como las obraste con tus santos, y haz que camine con la fortaleza de aquel alimento hasta el monte de la perfección. Enciéndeme con la fuerza abrasadora de tu amor,  para que quede consumado en uno contigo, y abstraído del todo de mí mismo, y de toda criatura. Da asimismo paz, salud y bendición a todos aquellos siervos tuyos por quienes ofrecí este sacrificio, y por quienes debo rogar, y por quienes Tú quieres que pida. Convierte a Ti a los pobres pecadores, llama otra vez a los herejes y cismáticos, ilumina a los infieles que te desconocen. Auxilia a todos los que se encuentran en alguna necesidad y tribulación. Muéstrate propicio a mis compañeros y bienhechores. Ten misericordia de todos mis enemigos, y de quienes me afligieron con alguna molestia. Socorre a aquellos que se encomendaron a mis oraciones. Condece tu favor y tu gracia a los vivos y la luz y el descanso sempiterno a los fieles difintos. Amén.
 
 
            Mírame, gloriosísima Virgen María, porque ahora soy digno de que me vean tus ojos. Intercede por mí ante tu amadísimo Hijo, que me nutrió suavísimamente con su Cuerpo y con su Sangre, y ofrécele tus méritos como suplemento de mi imperfección. Dale gracias en lugar mío y ruégale que no se aleje de mí en su presencia sacramental sin que deje a mi alma colmada de bendiciones.
            Santos ángeles, ministros del Dios altísimo, realizadores de sus mandatos, mirad al Primogénito del Padre Eterno, a quien -cuando descendían a la tierra- adorasteis por orden del Padre, y haced que le sirva con el mismo espíritu y verdad con que vosotros le servisteis en esta vida y ahora le servís en el cielo.
            Santos Patriarcas y Profetas, varones de deseos, conocedores de los secretos de Dios, mirad al Redentor prometido desde el principio del mundo, a quien tan ardientemente deseasteis, y a quien por tanto tiempo esperasteis, sin que pudieseis llegar a verlo; haced que le desee intensamente, para que se realicen todas sus demás promesas y sienta yo los efectos prometidos a este sacramento.
            Apóstoles de Jesucristo, clarísimos predicadores de su Evangelio, mirad en mí a vuestro mismo amantísimo Maestro, a quien tanto amasteis; y pedid que yo le ame profundísimamente y más que a ninguna otra cosa, que participe del fervor que vosotros experimenteis cuando El con sus mismas manos sació nuestra hambre con este alimento.
            Mártires invictos, mirad a Cristo crucificado, por cuyo amor tan liberalmente derramasteis vuestra Sangre, y rogadle que me haga vivir siempre y morir en la Cruz para que corresponda a su amor en la medida de mis fuerzas.
            Bienaventurados pontífices, pastores de la grey del Señor, ved al Cordero inmaculado, que tantas veces inmolasteis sobre el sagrado altar al Dios omnipotente, y procurad con vuestras oraciones que sea yo un ministro digno de tan grande sacrificio para que, junto con la oblación sagrada, me inmole cada día a mí mismo por medio de las buenas obras.
            Fieles siervos de Cristo, santos monjes y ermitaños, ved a vuestros dulcísimo Señor, por quien dejasteis todos los deleites, afectos y cosas de la tierra, y haced que yo desprecie por su amor todos los bienes del mundo y no tenga ninguna de sus adversidades y llegue cuanto antes a la cumbre de la santidad.
            Purísimas vírgenes, mirad a vuestro esposo, al que con tan grande alegría consagrasteis vuestra virginidad, y obtenedme una pureza inmaculada de cuerpo y mente, para que, al acabarse mi vida, merezca presentarme en la presencia de Dios limpio de toda mancha.
            Santos todos y santas de Dios, que sois el consuelo de mi pobrecita alma, y vosotros especialmente mis patronos y protectores, mirad al que es maestro, autor y premio de vuestra santidad y vuestra entera felicidad; vedle dentro de mí y pedidle a El, a quien con tanto empeño imitasteis en esta vida, siga yo siempre vuestras huellas para que merezca llegar a la perfección que busco y gozar, finalmente, lleno de méritos, de vuestra compañía.
 
 
            Alma de Cristo, santifícame; Cuerpo de Cristo, sálvame; Sangre de Cristo, embriágame; agua del costado de Cristo, lávame; pasión de Cristo, confórtame; oh mi buen Jesús, óyeme; dentro de tus llagas, escóndeme; no permitas que me aparte de Ti; del maligno enemigo, defiéndeme; en la hora de mi muerte, llámame, y mándame ir a Ti; para que con tus santos te alabe por los siglos de los siglos. Amén.
            Me alejo de Ti por un poco, Señor Jesús, pero no me voy sin Ti, que eres el consuelo, la felicidad y todo el bien de mi alma, y humildemente me encomiendo a tu gran amor, junto con todos mis hermanos, mis amigos y enemigos. Amanos, Señor, y transfórmanos lo más posible en Ti. Cuanto en adelante haga,  lo haré en Ti y por Ti, y nada será objeto de mis palabras y acciones internas y externas salvo Tú, mi amor, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
 
 
            Dado que son muchos los sacerdotes que celebran con frecuencia la Misa, y muchos también los que lo hacen cada día y, sin embargo, no perciben los admirables frutos de ese vivificante y divino sacramento, es sin duda necesario que investiguemos cuáles puedan ser las causas de tanto mal. ¿De dónde procede tanta tibieza en procurarse la salvación, tal negligencia por alcanzar la perfección, cuando, como dice San Juan Crisóstomo, al apartarnos del altar tendríamos que ir convertidos en implacables enemigos del demonio y totalmente encendidos en santo ardor? Si nuestro Dios es una llama que consume, y vino a traer fuego a la tierra, para que arda y queme los corazones de todos, ¿por qué habiéndole recibido en nuestro interior, ni expulsamos de nosotros el frío, ni sentimos su ardor? ¿No es un indicio de la muerte, o de alguna gravísima enfermedad, tener al lado el fuego y estar, sin embargo, aterido? Si en otro tiempo no pudo la estatua de Dagón permanecer delante del arca del Señor sino que inmediatamente cayó y quedó pulverizada, ¿por qué no cae y se rompe ante la presencia de Cristo el ídolo del amor propio que reina tiránicamente en el alma? ¿Por qué la gran humillación de Cristo no deshace el espíritu de soberbia? ¿Por qué tanta mansedumbre no reprime nuestra ira? ¿Por qué tanto amor no nos impulsa a seguir sus huellas? La Eucaristía tiene como efecto preservarnos del pecado, aumentar la gracia, infundir el odio a lo terreno, elevar la mente al amor de lo eterno, iluminar la inteligencia, encender el afecto, conferir al alma y al cuerpo la pureza, a la conciencia la paz y la alegría y la unión con Dios inseparable. Muchos sin embargo, después de celebrar frecuentemente no gozan de tales efectos; el profeta Ageo les reprende diciendo: "Comedistis et non estis satiati, bibistis et non estis inebriati". Pero el defecto no está en el alimento y en la bebida, sino en la mala disposición del que come y bebe. Y ésta es la primera causa de tanto mal, porque una cosa es la que comemos y otra aquella de la que tenemos hambre; comemos el pan de los ángeles, pero ansiamos las algarrobas de los animales inmundos; somos peores que los israelitas, que, mientras tomaban el maná en el desierto, suspiraban por las ollas de Egipto. ¿Por qué, pues, nos sorprendemos si la boca infectada de amargura no puede percibir la dulzura de la miel? Hay que purgar el alma de los deleites de la carne y de los sentidos, de la tibieza, de toda afición a las criaturas, para que pueda el divino Sacramento realizar en ella su obra. Pues el corazón, cuando está ocupado por el deseo de lo terrenal, desprecia todo lo que es santo, y, a quien admite otros consuelos, no se conceden los divinos.
            Una segunda causa es la omisión de la preparación necesaria; y muchos  no temen acercarse a este sagrado ministerio como quien va sólo a cumplir una obligación, o por costumbre, por motivos humanos, más por razón de la ganancia que por devoción, sin considerar de cuánta responsabilidad es el celebrar aun una sola vez. Cuando Juan de Avila, aquel hombre de tan grande espíritu apostólico, oyó que había muerto un sacerdote recién ordenado, preguntó en seguida si había celebrado alguna vez; la respondieron que sólo una, y comentó: "De mucho tendrá que dar cuenta ante el Juez". Conviene, por tanto, temer, puesto que nadie desempeña dignamente el sacerdocio y nadie puede percibir los frutos de este sacramento a no ser que, en cuanto lo permite la fragilidad humana, se disponga a ello con aquella pureza, amor y devoción que hemos explicado arriba.
            Finalmente la tercera causa es porque muchos, apenas han terminado la Misa, se distraen ya con otras preocupaciones, impidiendo así que el sacramento ejerza en ellos su eficacia. Estos reciben la gracia de Dios en vano, y no obtienen ningún fruto de la comunión, porque reciben indignamente al Señor que viene a ellos, y no le dan gracias con la debida reverencia; más aún, al punto le dejan y le entristecen, menospreciando su majestad y dignidad inconcomprensibles, al no advertir que Dios se ha dignado venir a ellos, pese a su fealdad, vileza y miseria. Y si ocurriera que alguien no sacara ningún provecho de este banquete, pese a haber puesto todo su empeño en celebrar digna y devotamente, ello habría que atribuirlo a la admirable sabiduría de Dios, que lo permite así para que el hombre no atribuya a sus esfuerzos el don de la gracia, sino que lo custodie cuidadosamente y se confiese siempre indigno de El.





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