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Modo de celebrar, cuando el Sacerdote no puede orar con mayor detenimiento
 
            Aunque de ninguna manera puedan equipararse las ocupaciones humanas a las funciones divinas, ni cabe preferir aquéllas a éstas, hay, sin embargo, algunos sacerdotes empleados por completo en el servicio de los demás que se ven en ocasiones de tal modo solicitados por ocupaciones necesarias e inevitables que no pueden detenerse mucho tiempo en las oraciones antes señaladas. He creído, pues, conveniente escribir para ellos un "ejercicio" fácil y breve, que pueden hacer cuando vayan a decir la santa Misa para que no ofrezcan menos dignamente el sacrificio y se priven, por tanto, de sus frutos. Resumiré tales prácticas en tres grupos: las que han de preceder a la Misa, las que tienen lugar durante la celebración de la misma y las que inmediatamente la siguen.
            Antes de la Misa debe tener lugar una doble preparación, remota y próxima. Para la remota conviene observar lo que sigue: piense el sacerdote, durante la tarde anterior, que al día siguiente ofrecerá al Dios omnipotente la hostia de salvación, y procure dormirse con este mismo pensamiento. Añada algún breve acto de reverencia, de amor y deseo. A la mañana se despertará con el mismo pensamiento y afecto; y procurará con el mayor cuidado no sumergir y distraer su espíritu en los negocios y cosas exteriores hasta el punto de que, cuando llegue la hora de celebrar, no pueda concentrarse y recogerse. Rechace inmediatamente antes de la Misa todos los pensamientos terrenos, y olvidándose por completo de las cosas que luego tendrá que hacer, levante al cielo la mente. Considere con qué devoción debe sentirse impulsado a celebrar y qué fines le mueven. Examine su conciencia, y, si encuentra en ella alguna mancha, debe lavarla por la confesión sacramental con un sentimiento íntimo de dolor y un firme propósito de la enmienda. Tómese entonces unos breves momentos para excitar durante ellos la fe en el misterio, encender la caridad, recordar la pasión del Señor, dirigir la intención y  pedir la ayuda de Dios para sí y para los demás. Implorará también fervientemente y humildemente el auxilio de la Santísima Virgen y de los Santos. Anteriormente (c. IV) hemos expuesto las fórmulas de estos actos y afectos que el sacerdote puede reducir a brevísimas aspiraciones, según su capacidad y devoción.
 
 
            La Misa ha de celebrarse con reverencia, atención y devoción. La reverencia ha de informar todos los movimientos exteriores, de forma que se realicen con modestia y gravedad, cumpliéndose exactísimamente las ceremonias prescritas y con toda la mayor humildad que es totalmente necesaria a quien va a ofrecer la hostia inmaculada en la presencia de Dios y de los ángeles. La atención sujeta la mente, fijándola en aquello que hace, para que no se distraiga y se disipe. La devoción inflama la voluntad, para que no celebre negligente y rutinariamente, sino con mucho fervor y deseo de dar culto a Dios y moverle a la misericordia.
            Y porque el espíritu poco tenaz fácilmente se distrae, debe mantenerse concentrado y atado con unas como cadenas, que describí más arriba (c. V) y que, como allí observé, no constituyen ningún impedimento para la brevedad de la Misa. Hay también algunos que dividen la Misa en siete como estaciones, para que en cada una de ellas se exciten determinados sentimientos y se renueve la atención. La primera se llama de contrición, y tiene lugar entre las gradas del altar, donde el sacerdote se presenta como un reo al tribunal del Juez supremo y expía sus delitos con el corazón contrito, mediante la confesión general. La segunda, de glorificación, que se contiene en el Introito y el Gloria hasta la Epístola. La tercera, de doctrina o instrucción, que incluye la Epístola y el Evangelio, admoniciones dadas por los profetas, los apóstoles y el mismo Cristo, y que deben recibirse con la mayor reverencia. La cuarta, de fe, que consiste en el Credo. La quinta, de Oblación, que comprende el ofrecimiento de la hostia y la conmemoración de todos los fieles por los que oramos y ofrecemos el sacrificio. La sexta, de Comunión, desde las palabras Communicantes hasta la Postcomunión; en ella el espíritu del sacerdote se eleva a lo sublime y se dispone, por medio de diversos afectos, a la unión divina, que se consuma en la comunión. La séptima, de acción de gracias, desde la Postcomunión hasta el fin. En cada una de estas estaciones pueden excitarse varios sentimientos rápidos y breves, pero muy intensos, de tal modo que la brevedad se compense por la fuerza de aquéllos y por el ardor de la devoción.
 
 
            En cuatro cosas se debe ejercitar el sacerdote después de la Misa: la primera y principal es la acción de gracias; la segunda, la oblación; la tercera,  la petición; la cuarta, el propósito de caminar dignamente en la presencia de Dios. Cuanto más diligentemente se haga la acción de gracias tanto más copioso será el fruto del sacrificio ofrecido. Pues así como la ingratitud seca la fuente de la liberalidad divina, así la gratitud abre el torrente de las bendiciones celestiales. Puede este afecto excitarse de muchas y varias maneras, que la unción seguirá, y la piedad ingeniosa sabrá imaginar. Pues lo único que Dios espera de nosotros es que nos mostremos agradecidos a sus beneficios. Sigue la oblación, en que el sacerdote puede hacer a Dios como de igual a igual, ofreciéndole a su Hijo unigénito y consustancial. También se ofrece a sí mismo al Padre y a Cristo como holocausto aceptable en olor de suavidad; y para que sea más grata la oblación, le añadirá los méritos de la Santísima Virgen y de todos los santos y del mismo Cristo, que es nuestra salud, nuestra redención y toda nuestra esperanza. Y, porque el Padre nos lo dio todo al darnos a su Hijo, humildemente y con fervor le pediremos por nuestras necesidades y por las ajenas. La fórmula de estos actos debe aprenderse bien y puede escogerse de entre las que figuran en el capítulo anterior. Finalmente, se ha de concluir con un  propósito eficaz de caminar de virtud en virtud en la presencia de Dios, hasta llegar a la cumbre de la perfección cristiana.
 
 
            ¿Quién me podrá separar de tu amor, Señor Dios mío? Ni el temor a la muerte, porque Tú eres mi vida; ni el amor al mundo, porque lo desprecio con todas sus pompas; ni la tribulación, porque estás conmigo mientras ella me asedia; ni el hambre, ni la desnudez, ni la pobreza, porque Tú eres mi alimento, mi vestido y mis riquezas; ni la persecución, ni la espada, porque me será dulce sufrirla; ni las criaturas, porque delante de Ti nada son.
            ¿Cuándo me sacarás de esta cárcel, a la que dejándote a Ti se apega mi alma? ¿Cuándo me arrastrarás en  pos de Ti, cautivado por tu belleza y tu hermosura? ¿Cuándo estaré muerto a mí mismo y al mundo para que yo viva sólo en Ti y Tú en mí? ¡Ah, si siempre te amase, siempre te poseyese, nunca me apartase de Ti y en Ti me transformase totalmente!
            ¿Qué puedo desear fuera de Ti, cuando en Ti se reúnen todos los bienes? Insensato avaricioso es aquel a quien Tú no bastas suficientemente.
            ¡Oh Amor que todo lo puedes!, ¿cuándo harás que te ame con todo mi corazón, con toda mi alma, con todas mis fuerzas?
            ¿Qué hay para mí en el cielo y qué puedo amar fuera de Ti sobre la tierra? Ya está colmado mi deseo, colmado el gozo de mi corazón, porque Tú eres mi plenitud, mi anhelo y todo mi bien.
            Sacia, Señor, a mi alma hambrienta e inflama mi frialdad con el fuego de tu amor; ilumina mi ceguera con la claridad de tu presencia.
            Cámbiame todo lo terreno en amargura; todo lo rastrero y creado en desprecio y olvido.
            Levanta mi corazón a Ti que estás en el cielo, y no me permitas errar sobre la tierra.
            Te ruego que la virtud de este sacramento penetre profundamente en mí y mortifique y desarraigue lo que exista en mí de malo y de viciado.
            En Ti, Jesús suavísimo, consista todo mi deleite; que me hastíe el gozo que se me ofrece sin Ti, y séame amargo todo descanso fuera de Ti.
            Benignísimo Jesús, lanza rayos de tu amor que me inflamen y quemen y consuman cuanto de terreno hay en mí, para que arda con el fuego inextinguible de tu caridad y perezca en mí por completo el hombre viejo.
            Ojalá me arrebate la fuerza encendida de tu amor y me transforme en Ti, en Ti me absorba y me haga ser una cosa contigo.





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Semillitas al Señor  
  "Así como el sol alumbra a los cedros y al mismo tiempo a cada florecilla en particular, como si sola ella existiese en la tierra, del mismo modo se ocupa nuestro Señor particularmente de cada alma, como si no hubiera otras. (Manuscrito A, 3 r°)
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Vos obráis como Dios, que nunca se cansa de escucharme cuando le cuento con toda sencillez mis penas y mis alegrías, como si él no las conociese... (Manuscrito C, 32)
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Puedes, por lo tanto, como nosotras, ocuparte de "la única cosa necesaria", es decir, que aun entregándote con entusiasmo a las obras exteriores, tengas por único fin complacer a Jesús, unirte más íntimamente a él. (Carta 228)
 
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El Señor y los corazones...  
  ¡Ah, qué verdad es que sólo Dios conoce el fondo de los corazones!... ¡Qué cortos son los pensamientos de las criaturas!... (Manuscrito C, 19 v°)
 
El Señor Es ternura...  
  Al entregarse a Dios, el corazón no pierde su ternura natural; antes bien, esta ternura crece haciéndose más pura y más divina. (Manuscrito C, 9 r°)
 
El Señor esta siempre con nosotros...  
  cielo que le es infinitamente más querido que el primero: ¡el cielo de nuestra alma, hecha a su imagen, templo vivo de la adorable Trinidad!... (Manuscrito A, 48)
 
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