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La celebración de la Misa
 
            Es un axioma muy repetido por los Santos Padres que Dios se muestra al alma, en la medida en que ella se prepara para recibirle. Por eso, Cristo en la Eucaristía es para unos fruto de vida, pan de ángeles, maná escondido, paraíso de delicias, fuego que consume y tercer cielo, en el cual se oyen palabras misteriosas que no le es dado al hombre repetir; para otros, en cambio, es un pan insípido, carente de toda dulzura y de fuerza vital, y sus almas sienten náuseas ante este alimento; es muerte para el malo y vida para el justo; en la medida en que uno ama a Dios, así se presenta ante El. Pocos son los que sienten en sí mismos los efectos admirables de este sagrado convite, porque son pocos los que se disponen dignamente a recibirlo, los que seriamente piensan que se acercaan al Santo de los Santos, al altar de Dios, a Dios mismo. Por eso hay muchos enfermos y débiles, y muchos son los que perecen. Antiguamente amenazaba Dios con la muerte del Sumo Sacerdote si se atrevía a entrar en el "Sancta Sanctorum" sin el tintineo de las campanillas, sin las gemas radiantes, sin el oro refulgente, sin estar revestido del conjunto del conjunto de las virtudes. ¿Qué pena, pues, merecerá el sacerdote de la Nueva Ley que se acerca no a un arca simbólica, sino al mismo Dios, para inmolar, tocar y comer a su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, si no lo hace con la solicitud, atención y esmero que exige tal convite? Y así, en el instante de la celebración, debe cuidar con todas sus fuerzas de que en el altar de su corazón arda el fuego del amor divino, debe ejercitarse en los actos de las diversas virtudes, actos heroicos, proporcionados en cuanto sea posible a tan gran sacrificio, y a su objeto y meta.
            Porque en este sacrificio no solamente toma parte el alma, sino también el cuerpo, al que es preciso mantener incontaminado de cualquier impureza. Pues si el sacerdote que ofrecía los sacrificios en la ley mosaica -que fueron solamente representaciones débiles y pobres, sombras de los futuros-, por prescripción de Dios se vestía de limpias vestiduras, y tenía que lavar su cuerpo, ¿cuánto más necesario es que el sacerdote de los cristianos esté libre de toda inmundicia, ya que ofrece al Señor su carne y su sangre, y la come y la bebe? Así, en primer lugar, a quien haya de celebrar le son necesarias estas disposiciones corporales: ayuno, castidad y limpieza del cuerpo (tratar de estas cuestiones corresponde a los escolásticos); y llevar sus vestidos decentes y modestos, sin suciedad aunque sin lujos (y sin despedir tampoco algún olor impropio del estado sacerdotal). Y porque Cristo, antes de la institución de este Sacramento, lavó los pies a los discípulos, debe el sacerdote lavar de toda mancha los pies del alma, que son los afectos, y regar el corazón con lágrimas, y mientras se lava las manos, expiar con un acto fervoroso de contrición todas sus culpas, aun las levísimas. Y cuando coloque con las manos limpias la hostia en la patena, renovará la intención, considerando que este pan será enseguida el Cuerpo de Cristo; entonces, al pensar en su vileza y ante el conocimiento de la dignidad inmensa de este misterio, prorrumpa en actos de temor y confusión.
 
 
            Así como los reyes y magistrados no suelen usar en las funciones públicas un vestido vulgar y ordinario, sino alguno más rico, en el que se manifieste su potestad, y sea motivo de que se les reverencie; del mismo modo el sacerdote que va a celebrar usa unas vestiduras sagradas y peculiares: amito, alba, cíngulos, manípulo, estola, casulla o planeta, con los que se representa la pasión de Cristo, que ha de traerse a la memoria antes del sacrificio y se significan sus virtudes, de las cuales ha de adornarse dignamente el celebrante, para ejercer el sacerdocio en justicia y santidad verdadera. Pues siendo este sacrificio incruento, el mismo sacrificio de la cruz, como explicamos más arriba, es conveniente que el sacerdote, el cual hace las veces de Cristo que muere por nosotros, se le asemeje también en las vestiduras, y emplee para decoro y reverencia del sacrificio, lo que el impío furor de los judíos hizo llevar por burla al Salvador. Así, el amito quiere significar aquel velo con el cual fue cubierto el rostro de Cristo, cuando le golpearon mofándose de El y diciendo: "Prophetiza nobis quis est qui te percussit", "profetízanos, ¿quién es el que te ha herido?" El alba es la vestidura blanca con la cual fue cubierto por Herodes como si fuese un loco. El cíngulo, las cuerdas con las que le ataron en el huerto, o los duros látigos con los que crudelísimamente le golpearon atado a la columna. El manípulo, las ataduras con las que fueron ligadas sus manos como hombre nefasto y malhechor. La estola, las cuerdas lanzadas a su cuello o el patíbulo de la cruz colocado sobre sus hombros en el cual pendió por nosotros. La casulla, el vestido de púrpura que le impusieron los soldados en l a casa de Pilatos, como a rey de burlas. Por ser estas vestiduras signos de aquellas otras que Cristo llevó por nosotros, el sacerdote, mientras se viste con ellas, debe hacer diversos actos de amor, de dolor, de gratitud, y de intensísimo deseo de imitar su humildad y su paciencia en los dolores, en las aflicciones, en los agravios y en las demás adversidades. Se han de considerar también las virtudes que se designan místicamente por los mismos vestidos, para que el sacerdote se dé cuenta de la santidad e integridad de vida que le han de adornar, pues está escrito: "Sacerdotes tui induantur iustititiam", "vístanse tus sacerdotes de justicia"; es decir, posean todas las virtudes que las Sagradas Escrituras designan muchas veces con el nombre genérico de justicia.
            Así, el amito significa que conviene que la mente esté fija tan sólo en la consideración de la salvación eterna, apartada del cuidado de laas cosas caducas, y fortificada, frente al ataque de todos sus enemigos, con la confianza y la esperanza en Dios, como en un yelmo de salvación. Representa también el amito la humanidad de Nuestro Señor Jesucristo, respecto de la cual la divinidad vendrá a ser la cabeza, que bajo ella se oculta, como cuando el amito toca la cabeza del sacerdote. Nuestros ojos no podrían contemplar el esplendor infinito del sol de justicia, si no lo hubiera encubierto la nube de la carne. Por lo cual el sacerdote, cuando lo recibe, besándolo e imponiéndoselo sobre la cabeza, piense que toca con un beso de amor la santísima humanidad de Jesucristo, y que la coloca sobre su cabeza, para que lo proteja y tutele, diciendo con el profeta: "Domine, virtus salutis meae, obumbrasti caput meum in die belli", "señor, protector y salvador mío, Tú protegerás mi cabeza el día del combate". También por el amito se advierte al sacerdote que observe la máxima modestia de los ojos, cuando se dirige al altar, y mientras allí permanece, y cuando vuelve de él, no mirando nada más que lo necesario para ver lo que hace.
            El alba, que envuelve todo el cuerpo, indica la inocencia, la sencillez, la pureza, el candor y hermosura de alma con que el sacerdote ha de estar rodeado y adornado interior y exteriormente, virtudes que deben brillar en todas sus obras, para que sea santo e inmaculado en la presencia del Señor, y se muestre siempre así al celebrar los divinos misterios.
            El cíngulo es signo de la castidad, la cual debe de tal manera lucir en el sacerdote, que no admita, en absoluto, ninguna mancha ni en el cuerpo ni en el corazón. En señal de lo cual mandó Dios, en otro tiempo, que los comensales del cordero se ciñeran los lomos, y el mismo Cristo dijo: "Sint lumbi vestri praecincti", "estad con vuestras ropas ceñidas a la cintura". Y también aparece en el Apocalipsis de San Juan ceñido por una orla dorada, para que comprendamos que nos hace falta purificarnos de todos los afectos, y vencer el amor carnal con el espiritual, que es el oro de la caridad.
            El manípulo, cuya cruz se besa, y que se coloca en el brazo izquierdo, representa las lágrimas, el dolor y la penitencia por las que debe el sacerdote borrar sus pecados, y dolerse continuamente de ellos, y también la humildad y la mortificación de la carne y del espíritu, con las que se ha de acercar al altar, así como la futura retribución de las buenas obras, como canta el salmista: "Euntes ibant et flebant mittentes semina sua: venientes autem venient cum exultatione portantes manipulos suos", "van y andan tristes, llorando, los que llevaban la semilla para arrojarla; vengan y vengan alegres trayendo sus haces"
            La estola, puesta al cuello y cruzada sobre el pecho en forma de cruz, muestra que el sacerdote se tiene que unir y ligar de algún modo a Dios, llevando por el Señor su cruz pacientemente, sujetándose con verdadera obediencia a la ley divina, llevando alegremente su yugo, y recordando siempre que es Dios quien ordena tales cosas.
            La casulla, la más espléndida y preciosa de las vestiduras, que se viste sobre las demás, es signo de la caridad, que sobresale sobre todas las demás virtudes como su reina, y como vínculo de perfección. Todas sin ella son imperfectas, de ella dependen todos los mandamientos de la ley divina, y todos los bienes se convierten en ella. Así como la casulla se divide en dos partes, así también la caridad presenta un doble aspecto: se refiere a Dios y al prójimo; y así como la casulla exige varios colores, según la diversidad del tiempo o de la festividad, así la caridad posee varios efectos, ora de alegría ante las grandes obras de Dios, ora de gratitud por sus beneficios, ora de fortaleza ante las adversidades, ora de tristeza por los pecados propios y ajenos.
            Estas son las principales virtudes significadas en las vestiduras sacerdotales, de las cuales se debe revestir el sacerdote para ofrecer dignamente el sacrificio. Recitará, pues, atenta y devotamente las acostumbradas oraciones de la Iglesia, acomodadas a cada uno de los paramentos, y, cuando esté revestido, se considerará como lobo con vestido de oveja, y, lleno de vergüenza, solicitará de Dios ansiosamente el perdón.
 
 
            Si a todas las funciones sagradas hay que acercarse santamente, y todas santamente se han de realizar, con mucha mayor santidad se ha de ofrecer este divino sacrificio, pues que nada puede haber más santo, nada más excelente, nada más divino. Tú, sacerdote cristiano, debes poner todo tu esfuerzo, si deseas desempeñar con perfección y buena disposición tan sublime y tremendo ministerio. Para ayudarte en materia tan importante, comenzaré exponiéndote algunas enseñanzas generales; después, y de modo más detallado, te propondré algunas consideraciones para cada una de las partes de la Misa, de las cuales puedas sacar afectos devotos, y ocupar útilmente la mente para no distraerte. No debes preocuparte si alguna vez me extiendo más de lo normal en la exposición de tales consideraciones y afectos; aunque se describan con muchas palabras, pueden, sin embargo, hacerse en un momento, sin que por lo común alarguen más de lo ordinario la celebración de la Misa, como podrás tú mismo experimentar; pues por el simple ejercicio se graban fuertemente en la memoria, de tal manera que los harás luego casi de modo natural, sin ninguna confusión ni cansancio. La primera advertencia general en es que todo el tiempo que dura el sacrificio no ofendas a Dios con un pecado venial, ni contamines con ningún defecto o imperfección la excelencia de tan venerable sacrificio. Lo conseguirás si celebras con tal reverencia, atención y devoción, que excluyas toda levísima distracción; si observas con exactitud cuanto se prescribe en el Misal acerca de los ritos y ceremonias siguiendo el modo con que suelen ser observadas por los hombres a quienes seriamente preocupa la perfección.
            En segundo lugar, pronunciarás todas las palabras que hay que decir, tanto en voz alta como en voz muy baja, de modo claro, distinto, fervoroso, sin prisas, y sin pensar entretanto en otras cosas, aunque parezcan buenas y santas, si son ajenas al significado propio y literal de las palabras, para que así te coformes con la mente de la Iglesia, que con gran cuidado eligió todas las oraciones, lecciones y sentencias de la Misa, para la instrucción y devoción del sacerdote y de los oyentes. A esto contribuye mucho conocer bien todos los ritos de la Misa y entenderlos exactamente; saber que se contiene tanto en las lecciones, colectas, evangelios, versículos, etcétera, como en el canon; todo ello lo aprenderás con más facilidad leyendo a los que escribieron acerca de los oficios eclesiásticos, como san Isidoro, Amalario, Rábano, Berno, Hugo de San Víctor, el Abad Ruperto, y también Dionisio, en su libro De la Jerarquía Eclesiástica;  Germán, en la Teoría de las cosas eclesiásticas; y entre los contemporáneos, Gabriel Biel, sobre  el canon; Durando, sobre el racional; Juan Bautista Scortia, Del sacrificio de la Misa,  y otros muchos. Y trata de suscitar  los afectos que más abajo te proponga, dando a lo que recites y hagas todo su sentido y significación.
            En tercer lugar, y tal como el Misal prrescribe, antes de que te revistas de los ornamentos sagrados, registra la misa que has de celebrar, léela y pon señales para que quede ordenada, de modo que no suceda posteriormente que dudes en las palabras o falles y alteres alguna ceremonia, con la consiguiente perturbación.
            En cuarto lugar, cuando te dirijas al altar saludarás al Crucifijo u otra imagen con una humildísima inclinación porque te consideras indigno de celebrar tan gran misterio; y al mismo tiempo implorarás la ayuda del mismo Cristo y de los Santos. Represéntate mentalmente al mismo Jesús como si, cargado con la cruz, fuese al monte Calvario, marchando delante de ti. Sigue así al oferente primario y principal, cuya pasión y muerte vas a representar; síguele, digo, con modestia y gravedad, y honra al cortejo de los ángeles que te rodea por todas partes, y creerás que has sido trasladado desde este mundo al cielo.
            Quinto: cuando llegues al altar, contempla arriba el cielo que se te abre, y a la curia celeste, y al mismo Dios contemplándote a ti, que vas a ofrecer por toda la Iglesia la hostia inmaculada. Recuerda la pena de muerte que en otro tiemp se decretaba contra la bestia que tocase el monte santo, y aplicándolo a ti, el peor de los hombres, llénate de temor. En seguida acércate a Dios y procura, en la medida en que te sea posible, hacer actos muy fervorosos de amor, deseando convertirte todo en Cristo, y llegar a parecerte a El por la imitación de sus virtudes. Cuando finalmente abras el libro, acuérdate del libro que abrió el Cordero, y de sus siete sellos, y desea que la fe de Cristo se propague por todo el orbe.
 
 
            Colocado el cáliz como es debido y abierto el Misal, permaneciendo unos momentos en medio del altar, y hecha la inclinación a la cruz, junto con Abraham te confesarás delante de Dios como polvo y ceniza, imitando a Cristo, que bajó de los cielos y descendió a tomar forma de siervo; cuanto más humilde fueres, tanto más grata y aceptable será a Dios tu oblación. Bajando luego al pie del altar, recuerda la encarnación del Verbo Eterno, y su amor y admirable prontitud para emplearse en la obra de nuestra redención. Con una nueva inclinación, humíllate íntimamente y adora a Dios por todas las cristuras. Mientras te signas con la señal de la cruz diciendo: "En el nombre de Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo", advierte cuál y cuán grande es el nombre con el que comienzas el sacrificio y condúcete tal y como conviene a tan alta majestad. Es de gran importancia darse cuenta desde el principio de la presencia de la Santísima Trinidad y no olvidarla nunca, ya que a ella y a su gloria se dirige la oblación y su recuerdo da fuerzas para inutilizar los ímprobos esfuerzos de los enemigos, que siempre intentan con variadas y  varias inquietudes e imaginaciones apartar la atención del sacrificio. Conseguida así la presencia de Dios, haz rápidamente dos actos: uno de fe contra los infieles que niegan la Trinidad; el otro sea un recuerdo de la cruz de Cristo, y de toda su pasión en ella, de la cual fluyeron todos los bienes. Renovarás todos estos afectos cada vez que hagas la señal de la cruz.
            Sigue la antífona: Introibo al altare Dei, que se repite tres veces antes del salmo, dentro y al terminarle, para que comprendas que toda la Misa se ha de celebrar con un vivo impulso espiritual, y con pronta alegría  y con gran veneración, y sin ninguna tibieza. Admira la bondad de Dios, que te llamó a su altar. ¿Quién eres tú, para que te atrevas a acercarte a El? Refúgiate en la contemplación de Dios, para evitar la turbación que causan los malos espíritus, no sea que te sugieran imaginaciones malignas que perturben el divino misterio. Pide también se renueve en ti la juventud de tu alma, que es el fervor del espíritu, de la cual procede la verdadera y sólida alegría.
            En el primer versículo del salmo Iudica, me Deus, considera que te has de acercar al altar de Dios con tal preparación y disposición, que no temas el juicio de Dios, para que seas separado de la gente malvada y no santa, y te encuentres ante Dios puro y sin mancha, en cuanto es posible a la fragilidad humana. Pide humildemente esta pureza, y confía en obtenerla por los méritos de Cristo.
            En el segundo, Quia tu est, Deus, fortitudo mea, avergüenzate, porque después de tantas veces confortado con este alimento divino, aun eres débil, aún te encuentras triste, y ante cualquier levísima tentación sucumbes torpemente. Con razón te rechazaría Dios, con razón te vencería el enemigo, si no te prestara fuerzas el que es tu fortaleza y tu vigor.
            En el tercero, Emitte lucem tuam, pide la luz divina, para que aciertes a distinguir la verdad de la mentira, y sigas la verdad, de modo que, ilustrados con sus esplendores, tus afectos interiores concuerden con el sacrificio externo. El monte santo a que se hace alusión en este versículo es el altar, que representa al monte del Calvario, porque en él se reproduce la pasión y muerte de Cristo.
            En el cuarto, Et introibo, renueva en ti un gran afecto de reverencia hacia el altar y el sacrificio.
            En el quinto, Confitebor tibi in cithara, excita en ti la alegría del corazón, que se significa mediante la cítara, pero dirigiendo enseguida los ojos a tu imperfección, laméntate y di: Quare tristis est anima mea, et quare conturbas me?
            En el sexto, Spera in Deo, considera que no debes perder el ánimo, pues te queda la esperanza en tu Salvador, en quien debe toda confianza apoyarse, ya que el mismo te concederá que, perdonadas tus culpas, te alegres en El, y perseveres en sus alabanzas.
            Animado por esta esperanza, di con gran fervor el Gloria Patri, et Filio, inclinando la cabeza y ofreciéndote para sufrir toda clase de adversidades, y aun la muerte por Dios. Entonces, repetida la antífona Introibo, para que recuerdes bien dónde vas a entrar y quién es el que entra, dirás: Adiutoium nostrum, para que aprendas a no poner tu confianza en tus aptitudes y fuerzas sino en aquel qui fecit coelum et terram, del cual solicitarás una doble ayuda, para conseguir la salvación eterna y los medios necesarios para ello, y por aquella necesidad especial por la cual ofreces el sacrificio.
            Tiene lugar a continuación la confesión general; la recitarás humildemente, haciendo un acto de contrición, que es bien distinta de la atrición; a saber, te dolerás como del peor de los males de todos tus pecados y de los de todo el mundo, y esto tan solo por Dios, porque le amas sobre todos los bienes; y procurarás proferir con gran dolor aquellas palabras: mea culpa, confiando en que la divina misericordia perdonará tus pecados y los ajenos. Te confesarás no solamente ante Dios Creador, Redentor y Juez tuyo, sino también ante la Virgen Santísima, a cuyo hijo inocente heriste con tus delitos; ante San Miguel Arcángel, a cuyos servicios te mostraste desagradecido; ante San Juan Bautista y los otros santos, cuyos consejos y méritos despreciaste; y también ante tus hermanos, para quienes serviste de escándalo. Reconociendo tu indigencia y tu fragilidad, implora la ayuda de aquellos ante quienes te has confesado, para que rueguen por ti; haz esto humildemente, y cuando los presentes recen por ti diciendo: Misereatur...; y mientras también ellos se confiesan, y mientras recitas los siguientes versículos, excita en ti aquel espíritu que expresan tales palabras, con gran fervor y devoción.
            Da siempre el beso al altar con tierno afecto de amor hacia Nuestro Señor Jesucristo, con un intenso deseo de permanecer siempre unido a El, haciendo brevemente un fervorosísimo acto de amor.
 
 
            El Introito y cuanto le sigue lo has de recitar tranquila, atenta y devotamente, practicando exactamente las ceremonias prescritas para que todos entiendan que se está realizando algo de orden espiritual y divino. Atenderás por otra parte el sentido de las palabras, y cuando digas: Gloria Patri, adorarás a la Santísima Trinidad pidiendo que todos los hombres la sirvan. Dirige el Kyrie eleison a cada una de las tres personas, levantando tu mente al cielo, pidiendo para ti y para todos el perdón de los pecados de pensamiento, palabra y obra; e imaginando que son nueve los coros de los ángeles, junta tu voz con sus voces, y eleva a ellos el corazón. En el Gloria in Excelsis, te admirarás al pensar que un pecador en tierra extraña puede cantar el cántico de los ángeles, haz entonces actos de alabanza, de adoración, de acción de gracias, de fe, de esperanza, de amor, de celo de la gloria de Dios, de petición y súplica, según el sentido de las palabras. La frase Tu solus Sanctus, tu solus Dominus, tu solus Altissimus, Iesu Christe, pronúnciala con un afecto más intenso de caridad y de reverencia hacia Nuestro Señor Jesucristo, deseando que sea amado, honrado y glorificado por todos.
            Terminado el Gloria viene el saludo al pueblo con estas palabras: Dominus vobiscum. Cuantas veces las digas, pide con íntimo deseo la bendición del Señor para su Iglesia y para el mundo entero, con el fin de que a cada alma se le conceda aquello que más necesite.
            Al decir las oraciones, avergüénzate de atreverte a ser el mediador entre Dios y el pueblo, tú que has conducido a otros al mal tantas veces. Cuando digas: Per Dominum, ofrece a Dios con gran confianza todos los méritos de Cristo, porque está escrito: "Quidquid petieritis Patrem in nomine meo, dabit vobis", "que cuanto pidiéreis al Padre en mi nombre, os lo concederá". Considera las palabras de las oraciones, que por sí son de un gran peso y eficacia, y que, por ser recitadas por el celebrante en nombre de la Iglesia, y por la nobleza del sacrificio, obtienen con mayor facilidad lo que se pide.
 
 
            Terminado el Introito, sigue la instrucción del pueblo en la fe, en la Epístola, por medio de la doctrina de los profetas y de los apóstoles, mediante las palabras de Cristo en el Evangelio, y en el Credo, por los artículos de fe; estas partes anteceden al misterio de la santificación con el fin de purificarnos y prepararnos a él. Mientras lees la Epístola y el Evangelio, haz mentalmente este acto de humildad: ¿Yo soy quien va a exponer en la Iglesia los oráculos divinos, habiéndome sentado tanto tiempo en la cátedra del error? ¿Promulgaré el Evangelio yo que lo impugné con hechos y ejemplos? Finalmente considera cuán afortunados somos, porque, como dice el Profeta Baruch, se nos manifiestan las cosas que le agradan a Dios; Dios nos reveló su voluntad por sus profetas y apóstoles en sus libros y en sus epístolas, y por su Hijo en el Evangelio. Por tanto, tales libros han de leerse con gran atención y reverencia como palabras que son de Dios, dándole gracias porque se ha dignado iluminar e instruir al mundo con su doctrina, y ofreciéndonos con ánimo pronto para observar sus mandamientos, tanto en la prosperidad como en medio de las adversidades. El gradual y los textos que siguen, significan el deseo de servir y el ascenso al vértice de la perfección cristiana, que son los frutos de la predicación profética y apostólica. Un piadoso sacerdote decía que él asistía diariamente a dos sermones y actos eficacísimos: a la lectura de la Epístola y del Evangelio, y aseguraba que debían escucharse con firmísimo propósito de realizar lo que enseñan, como si estuviesen presentes y nos hablaran el Apóstol y Cristo. Sería, en verdad, perversa la trasgresión del precepto que cada día se oye al Apóstol y a Cristo, pues parecería que se olvida prontamente la palabra divina y que se desprecia a tan grandes predicadores.
            Al comenzar el Evangelio signarás el libro y te signarás tú con tierno afecto hacia la pasión y la muerte de Cristo. Se hace el signo en la frente -asiento del pudor-, para que no te avergüences del Evangelio. En la boca, para que lo anuncies y lo confieses públicamente; en el pecho, para que lo conserves siempre en el corazón, para que ninguna sugestión del diablo pueda impedir su fruto. Al final besarás el libro allí donde primeramente hiciste la señal de la cruz, para significar el amor con que se ha de abrazar y observar esta doctrina, y tu propósito de practicar y no sólo de oír la palabra: todo con un acto muy ferviente de amor hacia Dios y su ley.
            En ciertos días, a la lectura del Evangelio sigue el Credo, para excitar la fe; además, lo mismo que quien cree con el corazón merece la justicia, así merece la salvación quien confiesa lo que cree. Por tanto, realizarás los actos de fe correspondientes a cada frase, y detestarás las herejías contrarias. Te alegrarás con Cristo por causa de su gloria mientras se conmemora su Resurrección, su Ascensión y su potestad de juzgar, y te gozarás porque su reino no tendrá fin. En aquellas palabras: Qui cum Patre et Filio simul adoratur, adorarás al Espíritu Santo y glorificarás desde lo más hondo de tu ser a la Santísima Trinidad por cada uno de los beneficios de naturaleza, de gracia y gloria que se han concedido y se concederán a todas las criaturas. Finalmente, mientras dice: Et vitam venturi saeculi, debes concebir una firme esperanza de obtener la vida eterna por los méritos de Cristo.
 
 
            Aquí termina la parte de la Misa dedicada  a la instrucción de los fieles y la llamada Misa de los catecúmenos, ya que éstos no podían asistir a las ceremonias subsiguientes, y al llegar este momento el diácono les indicaba que salieran. Comienza ahora la Misa de los fieles, y porque aquí empieza la acción del sacrificio incruento, cada palabra debe decirse con mayor fervor y con una más ardiente piedad. La iniciarás dando un beso al altar sobre el que se va a realizar el divino sacramento, para atraer  de alguna manera, con esta muestra de amor y veneración, la benevolencia de Dios. Y dado que el amor de Dios está inseparablemente unido a la caridad para con el prójimo, se hace luego la salutación del pueblo como signo común de la amistad, por la cual manifiestas  que en ti no hay el menor odio ni disensión, pues el Señor preceptuó que no debe ofrecerse un sacrificio sin previa reconciliación con los hermanos que tengan algo contra el oferente. Pedir, pues, a los presentes que oren juntos contigo, diciendo: Oremus, con verdadero fervor, elevándote a Dios Padre y viéndote a ti mismo, y a tu nada, que, pecador como eres, debes tú, de entre todos los hombres, ofrecer al eterno Padre a su propio Hijo.
            Cuando tomes la patena con la hostia en tus manos, pon en ella tu corazón y los de todos los presentes y todos los fieles, para ofrecerlos a Dios con la intención de que, así como el pan se va a convertir muy pronto en el Cuerpo de Cristo, así tu corazón y el de todos los fieles se transforme por el amor y la imitación en el mismo Cristo, de tal manera que todos puedan decir: "Vivo ego iam non ego, vivit in me Christus", "y yo vivo ahora, o más bien no soy yo el que vivo sino que Cristo vive en mí". Lo mismo puedes hacer en la oblación del cáliz.
            Mientras viertes el vino en el cáliz, da gracias a Dios, porque quiso ocultarse bajo estas especies por tu amor; y cuando mezclas el agua, excita en ti el deseo de sumergirte en el abismo de los méritos de Cristo, y suspira por la íntima unión con Dios. En la oración: Deus qui humanae substantiae dignitatem, observarás que se celebran tres como mezclas o conjunciones totalmente admirables, la primera en la creación de la naturaleza humana, cuando el alma inmortal es unida al cuerpo mortal; la segunda en la asunción de la misma por el Verbo, cuando dos extremos infinitamente distantes se unen en unidad de persona; la tercera en la elevación de la naturaleza humana a la gracia y la gloria, al consorcio y a la participación de la divinidad, que desearás con intenso ardor.
            Aunque este sacrificio es único, consta, sin embargo, de dos partes, a saber: del Cuerpo de Cristo bajo las especies de pan, y de su Sangre bajo las especies de vino. Y así, una vez ofrecido el pan, procedes a la oblación del vino. Dirige ambas oblaciones a todos los fines por los que este sacrificio fue instituido, y, como son de gran importancia, debes hacerlas con gran fervor, como si tú fueses el único sacerdote en el mundo y de este sacrificio dependiera la salvación de todos los hombres.
            A esto sigue una breve depreciación: In spiritu humilitatis, que es parte de otra más larga que Azarías, uno de los tres jóvenes, dijo entre las llamas del horno de Babilonia; se ha de recitar con el ánimo contrito y con mucha humildad. Sigue otra oración: Veni Sanctificator, con la cual invocas a Dios, autor de toda santificación, para que se digne no solo realizar el sacrificio ya preparado, sino también completarlo con su bendición.
            Mientras te lavas las manos, afirmarás que quieres vivir puro y limpio, y que deseas quedar libre incluso de los más pequeños defectos; después darás gracias por haber sido lavado mediante la Sangre de Cristo y suscitarás también afectos según el sentido de las palabras que has de pronunciar.
            En la oración: Suscipe, Sancta Trinitas, no te limites a recordar simplemente los beneficios de nuestra Redención que allí se conmemoran, sino que debes expresar tu más íntima gratitud. Por lo cual, deshaciéndote en humildes acciones de gracias, alégrate de poder ofrecer para mayor gloria de Dios esta hostia de dignidad infinita, y para honra de la bienaventurada Virgen y de todos los santos, a fin de que ellos mismos en los cielos presenten ante el trono de Dios el incienso de tus oraciones por tu salvación y la de los demás hombres.
            Acuérdate después de tu debilidad, y considerando cuán importante es ofrecer tan gran sacrificio a la Divina Majestad, recurriendo a los sufragios de los presentes, pídeles que oren por ti. Y extiende las manos, como si para todos abrieras tu pecho, y de nuevo las juntas, como si abrazaras a los que has acogido dentro de ti. Tú mismo, que acabas de exhortar a los demás a orar, reza en secreto, para  que tu sacrificio sea aceptado por Dios. Ahora bien, durante estas ceremonias procura excitar en ti algunos afectos apropiados a ellas.
            Terminadas las oraciones secretas, enseguida dices con voz clara: Per omnia saecula saeculorum, y estas palabras no sonarán como temporales, sino como sublimes y eternas. Entonces saludas al pueblo, pero sin volverte a él como antes has hecho, pues debes estar separado de todo lo terreno y vuelto del todo a Dios; les indicas que eleven sus corazones hacia el altar, como si dijeras: "Levantaos todas las criaturas a Dios, salid de la basura terrestre, y buscad las cosas de arriba, saboread lo que es de arriba, no lo que está sobre la tierra". Y a los corazones, que ya están levantados al cielo, exhórtalos a dar gracias a Dios, porque nada es más digno, nada más justo y saludable que hacer memoria de los beneficios. Abarca con tu corazón a todas las criaturas y todos los beneficios con que han sido favorecidos, pues esto es una excelente acción de gracias y dispone para mayores gracias aún. Viene después el Prefacio, que es una especie de prólogo o preparación para los actos en que propiamente se contiene el sacrificio; alabas con él intensamente a Dios, invitando asimismo a los espíritus celestes para que canten contigo. Sin embargo, para poder introducirte sin temor en el coro de los ángeles, pides permiso a Dios suplicándole humildemente: Cum quibus et nostras voces ut amitti iubeas deprecamur. Y así, unido a la multitud angélica cantarás el sacro trisagio con toda la reverencia y fervor que te sean posibles, para que no desmerezcas del amor que manifiestan los espíritus superiores. Porque, si tiemblan las potestades, que son como columnas del cielo, ¿cuánto debes aterrarte y temblar tú, vilísimo gusano de la tierra, que tantas veces y tan enormemente ofendiste a Dios?
            Este himno contiene tres alabanzas y dos peticiones. Pues primero alabas la santidad, el poder y el dominio supremo de Dios, cuando dices: Sanctus, sanctus, sanctus Dominus Deus Sabaoth. En segundo lugar celebras su gloria, que resplandece tan maravillosamente en todas las criaturas del cielo y de la tierra, con estas palabras: Pleni sunt coeli et terra gloria tua. Y, por fin, alabas a Cristo Señor diciendo: Benedictus qui venit in nomine Domini; y mientras dices esto, le invitarás a venir a tu alma con el afecto de todos los santos. Las dos peticiones se contienen en las palabras: Hosanna in excelsis, que se dicen dos veces y con las que pides la salvación y lo que para ella es necesario, primero a Dios y después a Cristo. Este himno se antepone al Canon, para que te des cuenta con ello de que estás en un negocio de máxima importancia delante del trono de la Divina Majestad y de que entras en el Santo de los Santos; y si hasta aquí convenía que fueras puro y fervoroso, en adelante debes inflamarte con tanto ardor, que con él puedas encender a todos los presentes, más aún, a todo el mundo.
 
 
            Esta parte de la Misa se llama Canon, es decir, regla que se debe seguir en la oblación del sacrificio. Está formado, como atestigua el concilio de Trento, con las mismas palabras del Señor, con las tradiciones de los apóstoles y con las instituciones de lo sumos pontífices; nada contiene que no exhale un olor de piedad y santidad y que no levante el pensamiento de los oferentes a Dios, para que se unan con El. Se recita en voz baja, para que, por el silencio, se entienda tanto la gravedad de lo que se realiza -que se trata casi en secreto con Dios- cuanto el estado de ánimo sereno y pacífico que es necesario para realizar rectamente esta función. Los afectos piadosos han de supeditarse ahora al significado literal de las palabras, dichas atenta y devotamente. Por medio de  la partícula igitur se conecta con todo lo exterior; el camino del cielo está ya expedito por obra de los ángeles, cuyas voces rogaste en el Prefacio que se unieran a las tuyas; sube, pues, confiadamente al trono de Dios, y con los ojos levantados hacia arriba, y con las manos extendidas, presenta tus preces al Señor rogándole, por medio de Cristo que acepte los dones que El  mismo nos había dado,  los regalos que El mismo también nos regalara, las santas oblaciones que se ofrecen por nuestros pecados. Y, en primer lugar, haz presente a la persona a quien se dirige la ofrenda, es decir, a Dios Padre; en segundo lugar, al mediador Cristo Jesús; en tercero, a los oferentes y su devoción; en cuarto lugar,  las propias cosas ofrecidas, que pides que Dios acepte y bendiga; en quinto, aquellos por quienes se ofrece el sacrificio: la Iglesia, el Sumo Pontífice y los demás; en sexto, todo lo que quieres conseguir con esta oblación: la redención,  la salvación, la salud; por último, recuerda a la bienaventurada Virgen María y a los Príncipes de la curia celeste, cuyos sufragios imploras teniendo presente tu debilidad, para que te vuelvan a Dios propicio.
            Para que puedas traer a la memoria a todos aquellos por quienes debes orar, dices después: Memento Domine, famulorum famularumque tuarum; y para que tus súplicas tengan fuerza más eficaz, será muy conveniente asociarlas con los sufrimientos de Cristo Nuestro Señor, más o menos así: 1º Rogarás por ti mismo poniendo por medianera la Sangre derramada por nosotros, para que por ella sean expiados tus pecados, y obtengas aquellas virtudes que te son más necesarias, y la perseverancia final. 2º Encomendarás a la Iglesia por medio del Costado traspasado, de donde la Iglesia brotó. 3º Por medio de la Cabeza coronada de espinas, pedirás por el Sumo Pontífice y por todos los príncipes y obispos. 4º Por la llaga de la mano derecha, por tus amigos, familiares y bienhechores. 5º Por la llaga izquierda, por todos los que te odiaron o te sirvieron de molestia o escándalo. 6º Por el pie derecho taladrado, por las personas y asuntos encomendados por los superiores. 7º Por el izquierdo, encomendarás a todos los que están en pecado mortal, para que se pasen a la parte derecha. 8º  Por los azotes, las bofetadas y salibazos, a los paganos, herejes y demás infieles, que afligen a Dios con sus ofensas. 9º  Por la crucifixión, a los religiosos de todas las órdenes, para que lleven con alegría la cruz del sacrificio voluntario. 10. Por la sed, a todos aquellos que anhelan tus oraciones. 11. Por la angustia que quiso sufrir en el huerto, a todos los que se encuentran en alguna calamidad, peligro, necesidad, tentación o inquietud. 12. Por la muerte y sepultura, a todos los justos, para que perseveren siempre consepultados con El en la justicia. Pide especialmente por aquellos de quienes quiere Dios que te acuerdes, sin que tú lo sepas; por aquellos a quienes Dios ama más, aunque ignores su número y sus nombres; pues le es gratísimo a El que te acuerdes de sus amigos. Haz todas estas oraciones con brevedad, imitando a la Iglesia, que con poquísimas palabras se encomienda a sí misma; al Sumo Pontífice, al obispo y a todos los fieles. Tampoco conviene emplear más tiempo en considerar nuestras necesidades personales que las generales, principalmente con aquel Príncipe que todo lo sabe y que nos amonesta a que no hablemos mucho cuando oremos. Será muy conveniente, por tanto, pedir más despacio por todos antes de la Misa, para poder ser más breves durante ella.
            Después de haber satisfecho tu devoción privada, empleas de nuevo las oraciones públicas de la Iglesia para pedir por los presentes o ausentes, y porque ya fue ofrecido el sacrificio en expiación de las culpas, en acción de gracias e impetración de todos los beneficios, ahora se expresa su fin primario con la oración Hanc igitur oblationem servitutis nostrae, con la cual reconoces solamente el supremo dominio de Dios y nuestra infinita servidumbre y sujeción, extendiendo las manos, según antiguo rito, sobre la oblata para ponerla bajo el dominio de Dios, rogándole al mismo tiempo que ab aeterna damnatione nos eripi iubeat et in electorum suorum grege numerari, que "la bendiga sobre todas las cosas, que la tenga como adscriptam et ratam, es decir, que la apruebe y la refrende, y la acoja, en fin, como acceptabilem, es decir, indigna como es de ser aceptada por Dios, por lo que se ofrece y por el ministro que la ofrece, la convierta en aceptable, no por nuestros méritos, sino por su misericordia. Y al decir aquellas palabras: Ut nobis corpus et sanguis fiat dilectissimi Filii tui Domini nostri Iesu Christi, renovarás la intención actual y expresa de consagrar el Cuerpo y la Sangre de Cristo por medio de la transubstanciación del pan y del vino, que se hace con sus propias palabras.
 
 
            Después de las muchas oblaciones expresadas hasta este momento con palabras, tiene lugar por fin la oblación real, por la cual es inmolado incruentamente el mismo Cristo, que una vez se ofreció a sí mismo cruentamente en el ara de la cruz. Y si hasta ahora fueron necesarias pureza, humildad y reverencia,  mucho más se precisan cuando te acercas, no sin temblor y temor, a realizar el tremendo misterio. Humíllate, por tanto, cuanto puedas, acuérdate de lo que le pasó a Oza; imagina entonces que se te dicen al oído estas palabras de Cristo: "Ecce appropinquat hora, et Filius hominis tradetur in manus peccatoris", "he aquí que llegó ya la hora; el Hijo del hombre va luego a ser entregado en manos de los pecadores". Considera que actúas como si fueras la persona de Cristo, y adecúa todo tu ser interna y externamente, a su majestad y santidad; cuida que no haya en ti nada que no convenga a la persona a quien sustituyes.
            Las palabras Qui pridie quam pateretur se deben pronunciar con entonación histórica y como recitando, para que mires y actúes según el ejemplo que te ha sido mostrado por Cristo Nuestro Señor. Cuando digas: Accepit panem in sanctas ac venerabiles manus suas, considerarás cuán puras deben ser las manos que tocan cosa tan valiosa, y aprenderás que esto es obra de la divina omnipotencia. Cuando eleves tus ojos al cielo, traslada allí al mismo tiempo todas las fuerzas y pensamientos de tu alma. Cuando dices: Gratias agens, da una vez más gracias por la institución de este santísimo sacramento. Al punto de decir las palabras de la consagración, considera que las pronuncias, formal y enunciativamente, en el lugar de Cristo. Una vez pronunciadas, penetra con los ojos de la fe en lo que se esconde bajo las especies sacramentales; arrodillándote entonces, mira con los ojos de la fe al ejército de los ángeles que te rodea, y adora con ellos a Cristo con una reverencia tan profunda que humilles tu corazón hasta el abismo. En la elevación, contempla a Cristo elevado en la cruz, y pídele que traiga a ti todas las cosas. Haz actos intensísimos de las diversas virtudes, ora unos, ora otros de fe, de esperanza, de amor, de adoración, de humildad, etc., diciendo con la mente: "Jesús, Hijo de Dios, ten compasión de mí. ¡Señor mío y Dios mío! Te amo, Dios mío, y te adoro con todo mi corazón y sentimientos". Puedes también renovar la intención por la que celebras y ofrecer lo ya consagrado según los cuatro fines. Pero, de modo especial, cuando elevas el cáliz, acuérdate con dolor y lágrimas de que la sangre de Cristo fue derramada por ti y de que con frecuencia tú la has despreciado; adórale en compensación por los desprecios pasados. San Pedro Mártir solía pedir en la elevación del cáliz la gracia del martirio, y la obtuvo; pídele tú el incruento martirio de las adversidades.
            En las palabras Haec quotiescumque faceritis, recordarás la pasión y la muerte de Cristo, que representa la consagración por separado del pan y del vino. Y lo mismo que en cuanto tiene lugar la consagración se presentan los santos ángeles, y perseveran en su veneración, hasta que el sacrificio es consumado, procura tú emular su reverencia. Pues si el cielo está donde está Dios, no hay duda de que se transforma en cielo el altar en que consumas tan gran misterio, y que tú en cierto modo te deificas por la admirable participación del bien supremo. Cuantas veces tocas la hostia o el cáliz, abraza a Cristo y estréchalo contra tu corazón con todo el amor que te sea posible.
            Después de la Consagración se reza la oración Unde et memores, con lo cual recuerdas la pasión, resurrección y gloriosa ascensión de Cristo; misterios con los que se excita la fe y se fortalece la esperanza. Debes, pues, esperar, por los méritos de tan bienaventurada pasión, de la que brota toda nuestra felicidad, que tú serás alguna vez partícipe de la resurrección y de la ascensión al cielo, y de la gloria sempiterna. Y no ofreces tan solo una simple conmemoración de los misterios, sino la hostia pura, santa e inmaculada, es decir, el Cuerpo y la Sangre de Cristo; y, aunque por razón de las especies sacramentales, todavía le llamas pan, no se trata, sin embargo, del pan que antes había, sino del pan de la vida eterna y del cáliz de la perpetua salvación.
            Prorrumpe en un acto de alegría ante la glorificación de Cristo, y cuando dices Supra quae propitio ac sereno vultu, ofrece a Dios todos los sacrificios antiguos.
            Cuando, inclinado, suplicas a Dios que ordene llevar el sacrificio a su sublime altar por las manos de los santos ángeles, te excitarás a una grande humildad interior, y pedirás a esos espíritus bienaventurados y especialmente a San Miguel que te ayuden.
            Cuando dices Omni benedicitione et gratia repleamur, haz nacer en ti un gran deseo de conseguir, por los méritos de Cristo, todos aquellos dones con que más podrías glorificar a Dios. En el memento de difuntos rogarás primero por tus familiares; luego por aquellos que te causaron alguna cruz o pesadumbre; después, por tus bienhechores y por alguna persona recientemente fallecida o especialmente encomendada a ti, y, finalmente, por todos aquellos que no tienen quien les ayude expresamente con sus sufragios.
            En la oración Nobis quoque peccatoribus, reconoce que tú eres un pecador lleno de debilidad, y llénate de temor, que aunque no seas consciente de ningún pecado, no por eso quedas justificado. Fundamenta, por tanto, tu esperanza en la multitud de las misericordias divinas, y con gran ardor de ánimo pide humildemente que se te condeda alguna parte y compañía con los santos y el ser admitido entre ellos, deseando gozar de una eximia santidad de vida para la mayor gloria de Dios en Cristo Jesús, Señor Nuestro. A continuación dices Per quem haec omnia, Domine, semper bona, es decir, el pan y el vino creas, porque por medio de él fue todo hecho; sanctificas, en cuanto que están destinados al sacrificio en la primera oblación; vivificas, por medio de la transubstanciación; benedicis, porque a través de este Sacramento adquirimos copiosa gracia; et praestas nobis, para alimento y redención. Pronunciarás estas palabras muy fervorosamente, y también las siguientes, porque por medio de Cristo, con Cristo y en Cristo se debe Deo Patri omnipotenti omnis honor et gloria. Aquí, pues, podrás congratularte con toda la Santísima Trinidad por la gloria que recibe por medio de Cristo; y, mientras sostienes la hostia sobre el cáliz, ofrecerás la Santísima Eucaristía, que bajo las dos especies, tienes en las manos, para alabanza y gloria de Dios, en acción de gracias por todos los beneficios, para expiación de las culpas y en impetración de todos los bienes.
 
 
            Acabado el Canon, debes empezar a prepararte para la Comunión desde el comienzo mismo de la oración dominical, que con temblor y filial afecto para con Dios rezarás con los ojos fijos en el Sacramento, porque Cristo junto con el Padre oye y escucha tus preces. Siete son sus peticiones, en las cuales se contiene resumido todo lo que debe pedirse a Dios y para cuya impetración se ofrece este sacrificio. En la primera petición excitarás el deseo de obtener para ti y para los demás el mayor grado de santidad posible, para que la gloria de Dios se aumente, para que Dios sea amado y temido por todos; para que su santidad, su bondad y su sabiduría se reconozcan en todo lugar. En la segunda desearás que Dios reine en tu voluntad y en la de todos, pidiendo a la vez que lleguemos felizmente a su reino. En la tercera, rogarás que todos los hombres sirvan y obedezcan a Dios en la tierra tal como es servido por los ángeles en el cielo, evitando siempre el pecado y haciendo siempre lo que le resulte grato al Señor. En la cuarta pedirás todo lo que necesitas en orden al alimento, vestido y demás necesidades temporales. En la quinta, una vez implorada la liberalidad de Dios para que nos conceda los alimentos precisos, solicitarás de su clemencia la remisión de los pecados, haciendo al mismo tiempo un acto de contrición y de sincero amor hacia tus enemigos y hacia cuantos te hayan causado algún mal, amándolos de corazón en el Señor. En la sexta, desconfiando de tus propias fuerzas, y temiendo tu malicia e inconstancia, pide a Dios que te preserve de las tentaciones, no sea que, inducido quizá por ellas, te apartes de su gracia y amistad. En la séptima ruega se liberado de los males de la culpa y de la pena, y de todas las acechanzas que contra ti maquinan el mundo y el diablo.
            Esta última petición se explica más ampliamente en la oración que sigue: Libera nos, quaesumus, Domine, en la cual se enumeran los males de que pides ser librado, pasados, presentes y futuros. Los males pasados son los pecados, de los que está escrito: "Filii, peccasti, ne adiicias iterum, sed de praeteritis deprecare ut tibi dimittantur", "hijo, has pecado; no vuelvas a pecar más y ora por los pecados anteriores". Los presentes son los pecados habituales y otras calamidades. Los futuros son las tentaciones y otros males inminentes, que no pueden evitarse sin una especial ayuda de Dios. Para impetrar estas gracias solícitas la ayuda de la bienaventurada Virgen, de los santos apóstoles Pedro, Pablo y Andrés, y de todos los santos; y signándote con el signo de la cruz, pides la paz que Cristo nos mereció con su Pasión.
            Sigue la fracción de la hostia en tres partes; y mientras dejas caer una de ellas en el cáliz, pedirás el llegar a una íntima unión con Dios. Al dar la paz al pueblo, desearás a todos una triple paz: la paz de cada uno con Dios, que consiste en su gracia y amistad; la paz consigo mismo, que se encuentra en la concordia del apetito con la recta razón, para que aquél siga en todo las indicaciones de ésta; la paz, en fin, con el prójimo, para que nadie dé a otro motivos para ofenderse, sino que, al contrario, procure atar a to




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  "Así como el sol alumbra a los cedros y al mismo tiempo a cada florecilla en particular, como si sola ella existiese en la tierra, del mismo modo se ocupa nuestro Señor particularmente de cada alma, como si no hubiera otras. (Manuscrito A, 3 r°)
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Vos obráis como Dios, que nunca se cansa de escucharme cuando le cuento con toda sencillez mis penas y mis alegrías, como si él no las conociese... (Manuscrito C, 32)
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Puedes, por lo tanto, como nosotras, ocuparte de "la única cosa necesaria", es decir, que aun entregándote con entusiasmo a las obras exteriores, tengas por único fin complacer a Jesús, unirte más íntimamente a él. (Carta 228)
 
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  ¡Ah, qué verdad es que sólo Dios conoce el fondo de los corazones!... ¡Qué cortos son los pensamientos de las criaturas!... (Manuscrito C, 19 v°)
 
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  Al entregarse a Dios, el corazón no pierde su ternura natural; antes bien, esta ternura crece haciéndose más pura y más divina. (Manuscrito C, 9 r°)
 
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