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La Liturgia

LA LITURGIA

El concepto de liturgia es esencialmente teológico, pero abarca también una dimensión expresiva y simbólica, es decir, antropológica. De ahí que los hombres que celebran o participan de la liturgia sean introducidos en el ámbito sagrado a través de unas palabras, gestos y símbolos, y salgan beneficiados con unos dones sobrenaturales. Todo lo dicho nos lleva, pues, a fijarnos en los siguientes aspectos distintos de la liturgia:

- liturgia como misterio: en la liturgia se actualiza la obra de nuestra redención, de ahí que haya de encuadrarla en el marco de la historia de la salvación; de este aspecto nos ocupamos en el apartado 28.1;
- liturgia como acción: la liturgia en cuanto ritualidad cristiana; a este aspecto dedicamos el 28.3;
- y liturgia como vida: la liturgia como continuación o perennización del Misterio Pascual hasta el fin de los tiempos; se trata en el 28.2 y 28.4.
 
Naturaleza de la liturgia: actualización de la obra de la salvación y el culto de la Iglesia unida a Cristo Sacerdote
La liturgia es una realidad inseparable de la obra de la salvación; de hecho, ésta constituye el marco para la celebración de la liturgia. La salvación de Dios fue prometida, como sabemos, ya desde el primer momento cuando los primeros padres cometieron el pecado original[344]. Fue preparándose por las maravillas que hizo Dios en el pueblo de la Antigua Alianza a lo largo de su historia, y sin embargo, no logró su plenitud hasta el acontecimiento pascual de Jesucristo. Afirma por lo tanto la Const. SC que Cristo realizó esta obra redentora “principalmente por el misterio pascual de su bienaventurada pasión, de su resurrección de entre los muertos y de su gloriosa ascensión”[345]. Y para que los hombres de todas las generaciones puedan participar de esa obra redentora, “Cristo mandó a los Apóstoles (...), no sólo para que (...) anunciaran (...), sino también para que realizaran la obra de salvación que anunciaban”[346]. ¿Cómo se realiza esa obra salvífica? El mismo texto sigue explicando: “mediante el sacrificio y los sacramentos en torno a los cuales gira toda la vida litúrgica”. Así, con toda razón, podemos mantener que por medio de la liturgia “se ejerce la obra de nuestra salvación”[347]; dicho de otra manera, la liturgia –o la celebración litúrgica- es el momento que representa el misterio pascual de Cristo. Tal representación ha de entenderse como volver a hacer presente o actualizar. Y para hablar de esta presencia real es imprescindible acudir a la categoría anámnesis.
En la filosofía griega por anámnesis se entiende el recuerdo que acontece mediante una representación. Es la anámnesis la que hace patentes las cosas. En este sentido, la anámnesis se relaciona y también se distingue de la mímesis, que significa recuerdo por repetición. Dice el CEC 1104: “La liturgia cristiana no sólo recuerda los acontecimientos que nos salvaron, sino que los actualiza, los hace patentes. El misterio pascual de Cristo se celebra, no se repite; son las celebraciones las que se repiten”. Esta actualización memorial acontece por obra del Espíritu Santo, de tal modo que podemos decir que por anámnesis entiende la presencia de nuestro Señor Jesucristo en la celebración litúrgica obrada por la intercesión del Espíritu Santo. Junto a la anámnesis, la epíclesis es el centro de toda celebración sacramental. La epíclesis (“invocación sobre”) es la intercesión mediante la cual el sacerdote suplica al Padre que envíe el Espíritu santificador para hacer presente y actualizar la obra salvífica de Cristo por su poder transformador.
Al lado de la comprensión de la liturgia como actualización de la obra de la salvación realizada por Cristo, se puede hablar de la liturgia como el culto de la Iglesia unida a Cristo Sacerdote. Dice la Enc. Mediator Dei, de Pío XII, que el fundamento de la liturgia es el sacerdocio de Cristo[348], de modo que se puede definir a la liturgia como “el culto público que nuestro Redentor tributa al Padre como Cabeza de la Iglesia, y el que la sociedad de los fieles tributa a su Fundador, y por medio de El, al eterno Padre: es decir, el completo culto del Cuerpo Místico de Jesucristo; es decir, de la Cabeza y sus miembros”[349]. La Enc. sitúa a Cristo en el centro de la adoración y del culto de la Iglesia y afirma la presencia de Cristo en toda la acción litúrgica[350]. “Con razón, entonces, se considera la liturgia como el ejercicio del Sacerdocio de Jesucristo. En ella los signos sensibles significan, y cada uno a su manera, realizan la santificación del hombre y así el Cuerpo Místico de Jesucristo, es decir, la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto público íntegro. En consecuencia, toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo Sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia”[351]. Con todo, no todos los miembros del Cuerpo participan del mismo modo del único Sacerdocio de Cristo, sino que cabe distinguir un doble sacerdocio: el sacerdocio ministerial, y el común. Del primero son competentes solamente los sellados con el sacramente del Orden, que con los gestos, las palabras y las intenciones prescritas y exigidas por la Iglesia, actúan in persona Christi et in nomine Ecclesiae. Al resto del Pueblo corresponde el sacerdocio común, el cual mediante sus trabajos, oración, obras de caridad, se presenta a Dios como “hostia viva, santa, agradable a Dios”[352], y añade S. Pablo, sólo ése es el culto razonable de los cristianos.
 
La liturgia, fuente y cumbre de la vida de la Iglesia
“La liturgia no agota toda la acción de la Iglesia, pues antes de que los hombres puedan acceder a la liturgia es necesario que sean llamados a la fe y a la conversión”[353], de ahí que la Iglesia anuncie el mensaje de salvación a los no creyentes para que se conviertan y puedan participar de la liturgia y gozar de los dones sobrenaturales que la liturgia lleva consigo. En cuanto a los creyentes la Iglesia tiene también mucho que hacer: predicarles la fe y la penitencia, prepararles para los sacramentos, enseñarles a guardar los mandatos de Cristo, y animarlos a toda clase de obras de caridad, piedad y apostolado[354].
“Sin embargo, la liturgia es la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia, y al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza. Pues los trabajos apostólicos se ordenan a que todos, hechos hijos de Dios por la fe y el bautismo, se reúnan, alaben a Dios en medio de la Iglesia, participen en el sacrificio y coman la cena del Señor”[355].
“A su vez, la misma liturgia impulsa a los fieles a que, saciados con los sacramentos pascuales, sean concordes en la piedad; ruega a Dios que conserven en su vida lo que recibieron en la fe. La renovación de la alianza del Señor con los hombres en la Eucaristía enciende y arrastra a los fieles al urgente amor de Cristo. Por consiguiente, de la liturgia, sobre todo de la Eucaristía, mana hacia nosotros como de una fuente la gracia, y con la máxima eficacia se obtiene la santificación de los hombres en Cristo y la glorificación de Dios, a la que tienden todas las demás obras de la Iglesia como a su fin”[356].
 
Dimensión simbólica de la liturgia
Después de tratar del aspecto teológico y eclesial de la liturgia, nos ocupamos ahora de la dimensión simbólica de la liturgia. Esta dimensión se relaciona con la liturgia entendida como liturgia en acción, o lo que es igual, celebración litúrgica. Lo propio de la celebración litúrgica es estar compuesta por signos y por signos que tienen la realidad significada, es decir, por símbolos. A dicha realidad significada hay que añadir una dimensión nueva: el significado último del símbolo litúrgico no nace de la estructura significativa propia del signo, sino de la intención con que Cristo y la Iglesia lo han instituido. Por ello, el código de lectura de los símbolos litúrgicos es el código de la fe, a nivel manifestativo y operativo a la vez. Así por ejemplo, el compartir el pan, desde el punto de vista humano es símbolo de fraternidad, pero el banquete eucarístico, sin eliminar este significado, lo enriquece de un modo cualitativo al cual éste no podría llegar. Esto es cuanto al significado. Con respecto a la estructura del símbolo litúrgico, dicha estructura se deriva de su constitución cristológica. Así como Cristo es uno, pero que en El podemos distinguir la naturaleza humana y la naturaleza divina, del mismo modo el símbolo litúrgico, que remite a una realidad sobrenatural, está constituido de gesto y palabra: palabra que proclama y explica el significado del gesto, y gesto que manifiesta y confirma la realidad que la palabra significa. Palabra y gesto constituyen el símbolo litúrgico; no pueden ni deben desvincularse una de otro. Ambos contribuyen a significar y realizar, según el modo propio de cada símbolo, la santificación del hombre[357].
De esta manera, podemos observar en todo símbolo litúrgico cuatro dimensiones diversas: 1) es conmemorativo de los hechos y las palabras de Cristo; y más en concreto, de su misterio pascual; 2) es demostrativo de la comunión con Dios, que en él acontece; 3) es prefigurativo –o profético- de la gloria y de la llamada Jerusalén celestial; es decir, de la vida eterna; 4) es performativo, porque transforma en realidad cuanto ha celebrado, por ejemplo: el pan, después de las palabras consecratorias, se convierte en Cuerpo de Cristo; o el bautismo, junto a la invocación trinitaria, limpia el pecado y produce la regeneración del sujeto, etc.
 
 La vida cristiana como culto a Dios
Como queda expuesto ya en el apartado 28.2, “la liturgia es la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia, y al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza”[358]. La vida cristiana, que se desarrolla en el seno de la Iglesia y por tanto es como ella, también tiene su fundamento y raíz en la liturgia. Es en la liturgia donde el fiel se cristifica y espiritualiza, puesto que es en ella donde se configura con el misterio de Cristo –misterio presente y actualizado en la liturgia- , y donde es ungido por el Espíritu de Cristo, que transforma lo celebrado en realidad. En efecto, toda vida cristiana es un despliegue de la vocación bautismal, toda vida cristiana es una vida eucarística, y toda espiritual cristiana es una espiritualidad eucarística. No se puede llevar, pues, una intensa vida cristiana y espiritual sin una referencia explícita a las acciones litúrgico-sacramentales.
“Pero la vida espiritual no se agota sólo con la participar en la sagrada liturgia. En efecto, el cristiano, llamado a orar en común, debe, no obstante, entrar también en su interior para orar al padre en lo escondido”[359].
En definitiva, la liturgia y los actos de piedad se distinguen realmente: la liturgia es el culto que pertenece al entero cuerpo de la Iglesia, mientras los actos de piedad son formas de piedad privada. Sin embargo, entre ambos no existe ruptura. Más bien, ambos son formas legítimas de culto en la Iglesia, ambos caminos que llevan a los cristianos a dar culto a Dios, siendo el primero fundamento del segundo, como venimos citando: “(...) toda celebración litúrgica (...) es acción sagrada por excelencia (...)”[360], o “la liturgia es la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia (...)”[361].
 
RESUMEN
Para entender la liturgia, hay que encuadrarla en el marco de la historia de la salvación. Dicha historia llegó a su cumbre en el acontecimiento pascual de Jesucristo, del cual nace la salvación humana. De tal modo quiso nuestro Señor Jesucristo que hombres de todas las generaciones participaran realmente de ese misterio singular, que mandó a los apóstoles –y con ellos, sus sucesores- no sólo a anunciar, sino además a realizar esa obra redentora. Es en la liturgia donde se da esta realización o actualización, y se da mediante dos acciones: la anámnesis y la epíclesis. La liturgia es, por otra parte, el culto de la Iglesia unida a Cristo Sacerdote, ya que es el culto que Cristo tributa al Padre como Cabeza de la Iglesia, y el que la Iglesia tributa a Cristo, y por medio de El, al Padre. En consecuencia, es el completo culto de la Cabeza y sus miembros, que es la Iglesia. El fundamento de la liturgia es, pues, el Sacerdocio de Cristo.
La liturgia es la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia, ya que los trabajos apostólicos se ordenan a que todos los cristianos se reúnan, alaben a Dios en la Iglesia, participen el sacrificio y coman la cena del Señor. A la vez, la liturgia es la fuente de donde mana toda su fuerza –sobre todo de la Eucaristía- porque es en ella donde los fieles son dotados de la gracia necesaria para después vivir de acuerdo con la fe y con su condición cristiana.
La liturgia en cuanto acción –o sea, la celebración litúrgica- está compuesta de símbolos. El significado último del símbolo litúrgico nace de la intención con que Cristo y la Iglesia lo han instituido. La estructura del mismo se deriva de su constitución cristológica. Y sus cuatro dimensiones son: dimensión conmemorativa, dimensión demostrativa, dimensión prefigurativa y dimensión performativa.
En la Iglesia han existido siempre la liturgia y los actos de piedad como dos formas legítimas de culto de los cristianos. Ambos se distinguen: la liturgia es el culto que pertenece al entero cuerpo de la Iglesia; los actos de piedad son formas de piedad privada. Al mismo tiempo, ambos se relacionan, constituyendo dos caminos que llevan a los cristianos a dar culto al único Dios, siendo el primero fundamento del segundo.
 
BIBLIOGRAFÍA
Conc.Vat. II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia (SC).
Catecismo de la Iglesia Católica, Nº 1076-1134.
 





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