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Infantil confianza
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XVIII. NO OS ACONGOJÉIS
(San Mateo, VI, 25-34.)
Habla Jesús sobre uno de aquellos montículos que en torno al mar de Tiberíades, forman como un, anfiteatro. Hacia la mitad de la loma, un rellano se ofrece ante las multitudes a guisa de tribuna al aire libre. Bajo la caricia del sol, en la tranquila limpidez de la atmósfera, el paraje es realmente encantador. Divisase allá abajo el lago que cabrillea engastado como un diamante en el cerco de colinas. Acá y acullá apuntan entre el verdor, lo mismo que las amapolas que pululan en nuestras llanuras flamencas, las anémonas y los lirios escarlata. Bandadas de cuervos pasan croando.
Familiar y colorista, sacando de aquel mismo cuadro pintorescas imágenes, la voz del Maestro, describe a todas aquellas pobres gentes, las esplendores del reino de Dios. Cuidado con equivocarse. Cuidado con dejarse engañar por los fariseos. Ese reino es su Amor Misericordioso que invade las almas hasta absorberlas por entero. La condición esencial es abrir el corazón, esponjarse en su interior, depositar una confianza absoluta en su bondad.
Insiste en ello sin cesar porque instintivamente aquellos espíritus empequeñecen el regalo divino. El judío es calculador por naturaleza, ahorrativo, avariento. Para asegurarse el mañana sólo se fía de su habilidad mercantil. Hay que verlo entrojar una cosecha, guardar en un arca los vestidos ricos, encerrar bajo llave los lingotes de oro. De esto a introducir el regateo en sus relaciones con Jehová no hay más. que un paso. Los escribas lo dan alegremente. Bajo las rúbricas del debe y el haber colocan sus plegarias y sus oraciones. Se hacen un Dios a su corte, que pesa, que mide, que cuenta.
Toda esta odiosa aritmética horroriza a Jesús. Él lo que pide es el aletazo del amor, el acto de fe absoluta en su ternura de Creador. Pone a la naturaleza por testigo.
“No os acongojéis por el cuidado de hallar que comer para sustentar vuestra vida, o de dónde sacaréis vestidos para cubrir vuestro cuerpo... Mirad las aves del cielo, cómo no siembran, ni siegan, ni tienen graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿Pues no valéis vosotros mucho más, sin comparación que ellas?... Contemplad los lirios del campo, cómo crecen; no labran, ni hilan. Sin embargo, yo os digo que ni Salomón en medio de toda su gloria se vistió como uno de ellos. Pues si una hierba del campo, que hoy es, y mañana se echa en el horno, Dios así la viste ¿cuánto más a vosotros, hombres de poca fe? Así que no vayáis acongojados... que bien sabe vuestro Padre la necesidad que tenéis.”
Los Doctores se encogían de hombros ante tal perspectiva de una existencia tan enteramente descuidada, fiada sólo a los buenos oficios de la Providencia. Los pobres, en cambio, se dejaban seducir. Vivir al día era su sino, por necesidad; ahora columbraban que aquello era como un trampolín que les permitiría lanzarse con más seguridad hacia Dios en un impulso de confianza. En la economía de la salvación ¡qué revolucionamiento! El ídolo de Mammon estaba derribado. La ley del miedo se borraba ante el horizonte luminoso de la ley del amor.
* * *
“Hay una ciencia que Dios no conoce – decía santa Teresita – que es el cálculo.” El amor es una cuestión de entrega total. ¿No lo he olvidado yo esto demasiado a menudo?
Sé que Dios me ama, que se ocupa de mí, que me sostiene en cada instante de la existencia. Desde la eternidad, Él ha dispuesto el plan de mi vida, jalonado mi camino de una profusión de gracias, previsto y prevenido hasta mis menores tropiezos. Lo sé, lo creo y sin embargo ¡cuán frecuentemente obro como si lo hubiera olvidado!
Tengo, eso sí, que trabajar, afanarme, componérmelas.... Las aves del cielo tienen que ir a grano de mijo y la brizna de hierba. Mas ¿por qué esta punzante preocupación, cuando me afligen las inquietudes temporales? ¿Por qué estas ansiosas ojeadas al porvenir? ¿Por qué, al menor tropiezo, estos sentimientos de decepción, que llegan hasta el desaliento?
Él, que con gesto infalible, guía los astros en su carrera, Él que se inclina solícito aún hacia las infinitamente pequeñas bestezuelas de los bosques ¿cómo iba a olvidarme, a mí a quien creó a su imagen y semejanza? Estoy en su mano, ante sus ojos, dentro de su corazón.
Padre que estás en los cielos, ¡ah!, remueve tú mismo el peso de duda que me abruma. Ensancha mi fe a la medida de tu amor. Dilata mi esperanza Infunde en mí una confianza a toda prueba, una infantil confianza, para que me eche, con total abandono, en el seno de tu Providencia.
* * *
“En los tiempos de la ley del temor, antes de la venida de Nuestro Señor, el profeta Isaías decía ya, hablando en nombre del Rey de los cielos: ‘¿Puede la mujer olvidarse de su niño sin que tenga compasión del hijo de sus entrañas? Pero aún cuando ella pudiese olvidarle, yo nunca podré olvidarme de ti.’ ¡Qué maravillosa promesa.'' ¡Ah! Nosotros que vivimos en los tiempos de la ley del amor ¿cómo no aprovecharnos de las amorosas pruebas que nos da nuestro Esposo?” (“Carta III”, de 12 de junio 1896, a Leonia”.)
“Ser niño es reconocer que no es uno nada, esperarlo todo de Dios, lo mismo que un párvulo lo espera todo de su padre. Es no preocuparse por nada, no correr el menor albur de la suerte. Incluso entre los pobres, cuando el niño es pequeño, se le da todo cuanto es necesario, pero así que ha crecido, su padre ya no quiere mantenerlo y le dice: Ahora trabaja que ya te bastas tú solo. Pues bien, por no oír nunca esto es por lo que yo no he querido crecer, sintiéndome incapaz de ganarme la vida, la vida eterna del cielo.” (“Consejos y Recuerdos”.)
 
XIX. CUANDO OS PONGÁIS A ORAR, HABÉIS DE DECIR: PADRE NUESTRO...
(San Mateo, VI 5-13; San Lucas, XI, 1-4.)
No era un espectáculo vulgar el de ver rezar a un fariseo. En las horas de más tránsito, se plantaba en una esquina y se volvía ostentosamente hacia Oriente para exhibir sus devociones. Inclinaba la cabeza, extendía los brazos, se arrodillaba, besaba el suelo, lanzaba muchos suspiros. “¡Qué gran devoción!”, exclamaban a su paso las gentes humildes. Aquel elogio le cosquilleaba alegremente los oídos, y prolongaba a ritmo de campeonato la marea de sus oraciones y el ardor de sus muestras visibles. Todas las fórmulas de las filacterias se atropellaban en su boca. Aquello era lujo y refinamiento. Nuestro hombre desempeñaba el papel de especialista de la perfección.
La gente modesta admiraba a distancia. Imposible competir con él. Santos de esta estatura no van a menudo por la calle. Ellos sólo podían hacer, y ya estaba bien, el mínimo prescrito por la ley; reproducir algunas entonaciones; imitar algunos gestos; y se resignaban a que se les tuviera por unos fieles de segunda fila.
Cuando veía a los doce empeñados en falsificar así a los doctos, Jesús se entristecía. ¿Eran precisas, acaso, tantas comedias para hablar con Dios? ¿A santo de qué tantas contorsiones, tal encadenamiento de ritos, y todo aquel aparato ostentoso y puramente externo? ¿Es que tomaban a Jehová por un tirano maniático al que había que aplacar a fuerza de muecas? ¡Y si aun en todo aquello sé pusiera el corazón! Más, debajo de semejante aluvión de frases hechas ¿qué es lo que había? Palabras, palabras y palabras. ¡Cuánto más valor no tendría un sencillo grito del alma! “Orad, pero orad de verdad, hijos míos. Se diría que no sabéis orar.”
Molesto por el reproche, o deseoso de hacerlo bien, un discípulo, aprovechó la ocasión. “Pues bien, Señor: enséñanos Tú a orar!” Momento de indecible emoción para el Maestro. Lo que así se le pide, lo que Él va a descubrir al mundo, es su más íntimo decreto, su más oculto misterio, el movimiento mismo dé su alma hacia el Padre. Se concentra un instante y luego, con gravedad que impresiona a los apóstoles: “No habéis de orar – dice – para ser vistos de los hombres; entrad en vuestro interior; orad en secreto a vuestro Padre y vuestro Padre que ve lo secreto, os premiará. No afectéis hablar mucho, como hacen los gentiles, que se imaginan haber de ser oídos a fuerza de palabras... que bien sabe vuestro Padre lo que habéis menester antes de pedírselo. He aquí corno habéis de orar: Padre nuestra que estás en los cielos…” Y sobre ; el monte de los olivos, frente al templo rutilante de oros, los discípulos apiñados en torno, para no perder ni una sola de sus palabras, oyeron por primera vez de sus labios la divina fórmula en que se expresaba su Corazón.
¡Magnifica remada hacia la mar libre! ¡No más encierros egoístas entre mezquinos horizontes terrenales! ¡Se acabaron el formalismo y la superstición! Ahora el tono afectuoso, confiado, lleno de desembarazo del hijo que habla con su Padre, que se enlaza con su gloria, su voluntad y su causa, y descansa en él con toda sencillez de sus propios cuidados. ¡Qué hermoso, ciertamente, este primer Padrenuestro, en el silencio de la montaña!
* * *
Es a mí a quien habla Jesús. “Hijo mío: no sabes rezar. Ensartas palabras y palabras, pero tu corazón está vacío de Mi. Muy a menudo te veo distraído en la Iglesia, esperando sólo que termine la Misa, pasando tu rosario sin atención, o rumiando en tu cabeza mil ideas que en nada, se relacionan con el lugar y la ocasión. No te compliques la vida, hijo mío. No te rompas la cabeza. Rezar es mucho más fácil de lo que te piensas. Vamos a probar..entre los dos. ¿Quieres?
“Sólo hay una plegaria que valga: la mía. Tienes que concentrarte en Mí y unir tu alma a mi alma. Puedes, hacerlo en cualquier parte: en el taller, de viaje, en casa, en la iglesia... porque en todas partes estoy Yo.”
“Hijo eterno de Dios, le digo como hijo seguro de sus complacencias. Penetra en mis sentimientos. Tú eres también hijo por adopción. Eres mi hermano. Digamos juntos Padre nuestro. Dejemos que nuestros espíritus suban juntos hasta el cielo. Pensemos en Aquel qué nos ama, en su Nombre tres veces santo, en su Ley toda amor, en su reinado universal. Entonces exhibiré tus demandas, tus necesidades materiales; tus luchas, tus lacras y tus caídas. Y el Padre, que me atiende siempre no verá más que un gesto, el de mis brazos en cruz, no oirá más que una voz, la de mi intercesión. Dentro de Mí, tú desaparecerás, te perderás, te fundirás. Dentro de Mí, te acogerá y te bendecirá como a hijo predilecto. ¿Comprendes ya ahora lo que es orar?” – Señor: En Ti confío.
* * *
“Un día al entrar una novicia en la celda de la Santa, se detuvo de improviso, sorprendida por la expresión enteramente celestial de su faz. Estaba cosiendo con ahínco y sin embargo, parecía perdida en una profunda contemplación. – ¿En qué estáis pensando? – le preguntó la novicia. – Estoy meditando el Padrenuestro, repuso ella. ¡Es tan dulce llamar a Dios nuestro Padre...! Y las lágrimas brillaban en sus ojos.” (“Historia de un Alma”, Capítulo XII).
“A mi juicio, la plegaria es un impulso del corazón, una simple mirada dirigida al cielo, un grito de reconocimiento y de amor lo mismo en mitad de la más dura prueba que en el seno de la mayor alegría. En una palabra, la oración es algo que ensancha el alma y la une con Dios. A veces, cuando mi espíritu atraviesa un período de tan grande sequedad que no puedo hacer brotar ni un solo buen pensamientos, pronuncio lentamente un Padrenuestro o un Avemaría; sólo estas oraciones me encantan, alimentan divinamente mi alma y le bastan.” (“Historia de un Alma”, Cap. X).
 
XX. PEDID Y RECIBIRÉIS
(San Mateo, VII, 7-11; San Lucas, XI, 5-3.)
La religión es una cuestión de confianza. El creyente abre su pecho, se entrega, se expande: y esta es la vida de amor. Si desconfía, se reserva, cierra su alma, es el naufragio. ¿Cómo hacer comprender esto a los judíos, testarudos y negociantes? Jesús procede por parábolas.
Figuraos una vivienda tan reducida que un pobre hombre ha de dormir en el suelo con todos los suyos. Baúles, cacharros, herramientas se amontonan por todas partes en aquella única habitación. Al llegar la noche, se procura arrimarlo todo a las paredes, y se echan jergones de paja sobre el mismo suelo; cada uno se acomoda como puede, se envuelve en una mala manta… Y la familia se entrega al sueño.
A media noche, llaman violentamente a la puerta. El padre se incorpora sobresaltado. Se trata de un vecino: un amigo suyo se ha presentado de improviso y no tiene nada de comer que darle. En tierras de oriente no hay que extrañarse de nada; la hospitalidad no tiene límites. “Préstame tres panes; hazme el favor. No he hecho hornada esta semana, y mi despensa está vacía.” Medio dormido aún, el interpelado duda un momento. Aquel vecino realmente no es muy considerado. Para descorrer el cerrojo él ha tenido que saltar por encima de toda su gente. Los pequeños van a quedarse intranquilos y no se podrán volver a dormir. “Idos a paseo, tú y tu trasnochador amigo. ¿Cómo se os ocurre venir a molestar a la gente a estas horas?” El otro, sin embargo, insiste; sacude el picaporte, trata de impedir que su vecino acabe de cerrar la puerta. Chirría el cerrojo. La mujer se despierta. Los niños se remueven. ¡Vaya, por Dios! Más vale acabar pronto y poner fin a este estrépito. “¡Toma! ¡Ahí tienes el pan y lárgate pronto!”
Al escuchar este cuento, no carente de colorido, el auditorio, menea la cabeza y sonríe con aire comprensivo. Mas ¿a dónde quiere ir Jesús? “Es muy sencillo. Si a fuerza de importunidades se puede vencer la resistencia de un hombre ¿cuánto más no cederá vuestro Padre celestial a vuestras plegarias, por poco que insistáis? Pedir y recibiréis, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá.”
Una mueca de escepticismo se pinta en algún qué otro rostro. “Todo eso se dice muy pronto; nosotros, no obstante, hemos hecho novena tras novena, ofrenda tras ofrenda y aun esperamos ser atendidos.” Jesús sale al paso de la objeción. “Habéis visto vosotros mismos en medio de los caminos esas víboras aplastadas que parecen anguilas descansando o esos guijarros tan redondos, y tan lisos que se diría que eran unos panes, o esos escorpiones ovillados al sol que pueden confundirse con un huevo. Si un hijo vuestro, engañado, por las apariencias os los pide ¿se los daréis vosotros? ¿Verdad que no? Sabiendo bien la verdad de aquél falso pez, de aquel falso pan, de aquel falso huevo, el padre le negará lo que pueda perjudicarle y le concederá en cambio cosas útiles y valores auténticos... ¡Cuánto más, pues, vuestro Padre que está en los cielos dará el espíritu bueno a los que se le piden!”
Y los ribereños de Tiberíades, al volverse en grupos a sus casucas, iban comentando aquellas historietas tan a su alcance, e iniciándose en la noción de la infinita bondad de Dios.
* * *
Me hacía falta esta lección. ¿De qué sirve que diga y repita sin cesar ‘Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío’ si de estas palabras a la realidad media una gran distancia? Francamente, yo no trato a Dios como a un Padre. Si me parece que tarda en atenderme, abandono en seguida la partida. Falto de un poco de perseverancia, pierdo el último cuarto de hora, el decisivo. La oración, así, se me vuelve una pesada carga. Me canso, y el ánimo me abandona.
Y si, por haber sin discernimiento pedido lo malo o lo mediano, me veo desatendido y las cosas me salen en contra, de mis deseos, todavía es peor. Me faltaría muy poco para volverle la espalda a la Providencia que me niega mis caprichos.
Mas Jesús me dice suavemente: “Pide y recibirás. Insiste, repite tus ruegos. En la prueba, tu fe se fortalece. Dios es un Padre, acuérdate... Si te parece que te olvida, es que quiere que aporrees la puerta con más ímpetu. Si no te concede el objeto concreto de tus deseos, es porque te da más o mejor. Él sabe tu inexperiencia y tu falta de claridad de juicio. No quiere que te pinches con las puntiagudas aristas de esos juguetes de que te has encaprichado. Escoge por tí. Déjalo hacer...”
– Señor, a Vos me abandono. Me conocéis mejor que yo mismo. Sabéis lo que necesito. A vuestro Corazón compasivo filialmente me confío. Dadme vuestro amor y haced Vos todo lo demás.
* * *
“Nunca se deposita bastante confianza en Dios, tan poderoso y misericorde! Siempre se obtiene de Él todo lo que se espera...”
“Sí, lo repito y lo repetiré siempre. Él me ha dado todo cuanto he deseado, o mejor dicho, me ha hecho desear todo cuanto quería darme.” (“Historia de un Alma”, diversos lugares.)
“Mi Esposo Bienamado, en los días de su vida mortal, nos ha dicho: Cuanto pidáis a mi Padre en mi nombre os será concedido. Estoy, pues, bien segura de que colmaréis mis deseos. ¡Ciertísima estoy oh Dios mío! Cuanto más queréis darme más me hacéis desear. En mi corazón siento, deseos inmensos, y con plena confianza vengo a pediros que os posesionéis de mi alma…” (“Acto de ofrecimiento al Amor Misericorde”.)
“¡Ah! Lo confieso desde ahora... Sí, todas mis esperanzas serán colmadas… Sí, el Señor obrará para mí maravillas tales que rebasarán infinitamente mis inmensos deseos.” (“Carta VIII, del 28 de mayo 1897”.)
 
XXI. HOMBRE DE POCA FE, ¿POR QUÉ HAS DUDADO?
(San Mateo, XIV, 22-33.)
Jesús ha rechazado el cetro real que terminada la multiplicación de los panes quería hacerle empuñar el pueblo. Al atardecer desaparece. Sus apóstoles volverán a Cafarnaum en la barca, Él se retira al monte a orar.
Abril, como se sabe, es un niño caprichoso que alterna chaparrones y sonrisas. El lago Tiberíades experimenta en esta época bruscos cambios de humor. En un momento, a impulso de los grandes vendavales que se precipitan desde el Hermón por el pasillo del Jordán, la mar de aceite se levanta desencadenada en olas. La travesía de los doce se convierte en catástrofe. Se agotan maniobrando para no adelantar en varias horas sino de veinticinco a treinta estadios: unos cinco kilómetros aproximadamente.
Hacia las tres de la madrugada, Jesús se compadece de ellos. Abandona su retiro solitario, donde conversaba con el Padre. Deslizándose rápidamente sobre las olas, llega hasta la barca zozobrante y hace como que pasa de largo. “¡Estamos perdidos! ¡Un fantasma!”, exclaman estos marineros supersticiosos que creen en los presagios nefastos. ¿Pero es posible que haciendo ya un año que vive con ellos, no le conozcan aún? Cristo los tranquiliza con una palabra: “Sosegaos, soy Yo. Nada temáis.”
– “¡Él! ¡El Maestro!” Entonces, están a salvo. Pedro no cabe en sí de gozo. “Señor: Si eres Tú, mándame ir a Ti sobre las aguas.” “Ven”, le dice Jesús que presiente la aventura y la lección que de ella ha de sacar. Y ya tenemos a Simón saltando de la barca, que se bambolea como cáscara de nuez y caminando también sobre las aguas. Mas ¡ay! El pobre apóstol había confiado demasiado en sus propias fuerzas. El viento ruge. La mar está enfurecida. Aparta su mirada del Maestro, mira a sus pies, se da cuenta de improviso de todo cuanto hay de anormal en su situación, y zozobrando su confianza, empieza a hundirse. ¡ Señor, sálvame!
Jesús, indulgente, tiende su mano y lo coge, lo alza, y le dirige con una sonrisa este afectuoso reproche: “Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?”
Se acercan a la barca. El huracán amaina. La quilla recupera el equilibrio. Unas pocas remadas y atracan en la orilla. Estupefactos, los apóstoles callan. Acaban de rozar lo divino. Sólo cuando pisan la arena, vuelven de su pasmo, para caer de rodillas en un solo impulso. “Maestro: Verdaderamente tú eres el hijo de Dios.”
* * *
Maravillosa escena, en verdad, en cuya narración respira realmente el testigo ocular. Se palpa aquí sin velos la incomparable sencillez del Evangelio. Para llegar a la cima de lo sublime de un modo tan natural y tan vivaz, hace falta una pluma inspirada. ¿No hay de esta página ninguna lección que recoger?
Hay horas en mi vida en las que Dios no es para mí sino un fantasma que me espanta. Está aquí, cerca de mí, dentro de mí, voluntariamente envuelto en cendales que excitan mi fe. Privado de su dulzura sensible, olvido que Él es el Gran Ser Vivo; a poca costa creería que me abandona y dudaría de su Amor.
Lo más corriente es que me conduzca con aturdimiento, como San Pedro. Soy todo fuego, todo llama. “Señor, mándame ir a ti”. La duda no me asalta, franqueo los obstáculos sin reflexionar. La esperanza me lleva. Y luego lo miro y esto sostiene mi valor. Mas pronto caigo de nuevo en mis viejos usos. Empiezo a razonar, a analizarme, a vacilar. Repaso una por una todas las dificultades, considero mi debilidad. Ya no me sostiene la fascinación de Jesús: Entonces me desplomo sobre sí mismo. Me vuelvo a hallar impotente y nulo: dudo, me tambaleo y sucumbo hasta que el instinto de conservación me reanima y me conduce hacia el Único Salvador. “¡Socorro, Señor! Mírame que perezco.”
Esta es la explicación de todas mis crisis, pasadas. ¿Cómo es que aquel fracaso, aquella falta, aquella dura prueba han estado a punto de volverse trágicos y hacer hundirse mi vocación de militante? Porque me he replegado a mi miserable interior y he querido encontrar sólo en mí mismo la explicación o el remedio. Es decir, que he desempeñado un drama inútil y pronto rodé por los suelos. Era fatal.
Conclusión práctica. Nada de inquietas introspecciones ni de complacientes ojeadas a mí mismo: De verdad que no lo valgo. Fe absoluta en Jesús: he aquí el timón, la brújula y el puerto.
Estoy seguro de Él, pase por lo que pase. Él es mi descanso y mi paz. ¡Confianza! ¡Confianza! No hace falta más.
* * *
“Lo que me atrae a la Patria de los Cielos, es la llamada del Señor, la esperanza de poder amarlo al fin tanto como lo he deseado y la idea de que podré hacerlo amar de una multitud de almas que lo bendecirán eternamente.
“Nunca he pedido a Dios morir joven: parecería me cobardía. Mas Él, desde mi infancia, se ha dignado otorgarme la íntima persuasión de que mi carrera aquí abajo sería corta.
“Estoy persuadida; hemos de ir al Cielo por el mismo camino: el sufrimiento unido al amor, Cuando haya llegado a puerto, os enseñaré cómo habéis de navegar por la mar procelosa del mundo; con el abandono y el amor de un niño que sabe cuánto le quiere su padre y que sería incapaz de dejarle solo en la hora del peligro.
“¡Oh! ¡Cómo querría yo haceros comprender toda la ternura del Corazón de Jesús y todo lo que de vos espera! Vuestra última carta ha hecho estremecerse dulcemente a mi corazón. He comprendido hasta qué punto es vuestra alma hermana de la mía, pues está llamada a elevarse hasta Dios en el ascensor del amor, y no subiendo la torva escalera del miedo. No me extraña que la familiaridad con Jesús os parezca difícil: no se puede llegar de un salto. Mas, creedme, os ayudaré mucho más a caminar por esta deliciosa vía cuando esté liberada de mi envoltura mortal, y pronto, así, podréis decir con San Agustín: ‘El amor es el peso que me arrastra’.” (“Carta de Santa Teresita a un Misionero, hermano suyo espiritual, en 1897.”)
 
XXII. GRANDE ES TÚ FE: HÁGASE CONFORME TÚ LO DESEAS
(San Mateo, XV, 21-28; San Marcos, VII, 24-30.)
Durante el tercer año de su vida pública, Jesús penetra en los territorios de Tiro y de Sidón. Es la tierra pagana aborrecida de Israel, a donde se dirigió en su destierro Canaán el réprobo. Los judíos de la dispersión apenas si constituyen allí escasos islotes. ¿Es a estos aislados a los que el Cristo va a llevar la Buena Nueva? ¿Es acaso un rincón de silencio lo que El viene a buscar aquí, para formar a sus apóstoles lejos de las asechanzas farisaicas y de las intrigas de Herodes Antipas?
Voluntariamente permanece oculto. Pero la distancia no es tan grande que la efervescencia galilea no pueda salvarla pasando las fronteras. Advertida por el rumor de sus milagros e informada de su paso, una cananea acecha la casa a la que Jesús se ha retirado. Pide gracia para su hija posesa de un espíritu malo: caso frecuente en aquella zona pagana en la que reinaba el Diablo. Tal vez viene desde Cafarnaum, porque esta pagana balbucea sin comprenderlas mucho, las palabras que allí se repiten: “Hijo de David, ten piedad de mí; mi hija está cruelmente atormentada por el demonio.” Aquí tenéis bien patente el amor maternal: su hija es la que sufre; ella es la que pide compasión.
Jesús se conmoverá, sin duda. Mas, no. Permanece frío como el hielo. La mujer grita aún más. Los apóstoles, inquietos, se deciden a intervenir. Hay que poner fin a esta escena y a este agolpamiento de gentes. Después de todo, el Maestro ha sanado a otros muchos. EL prolonga, sin embargo, su divina táctica. “Yo sólo he sido enviado para las ovejas perdidas de la casa de Israel”, responde misteriosamente. La Galilea, la Judea, pocas veces la Samaria y la Decápolis, los judíos de Palestina, y, en los territorios limítrofes, los de la Diáspora: tal era el campo de su apostolado personal. Será a su Iglesia a la que corresponda enfrentarse con la gentilidad.
“¡Señor, socórreme!” prosigue sin descanso la infeliz, cuya fe aumenta con la prueba. “Deja primero saciarse a los niños de la casa. No es bueno echar a los cachorros de la perra el pan de los hijos.” Palabras proverbiales, sin duda, pero ofensivas a lo que ahora nos podría parecer a esta distancia, y que el tono, el gesto y la expresión del rostro dulcificaban.
“Cachorros de la perra” había dicho Cristo. Junto a las hordas de perros aullantes que vivían casi en estado salvaje, alimentándose de las basuras, había incluso en oriente esos perros caseros admitidos a la intimidad del hogar y a los que se reservan con interés las sobras de la mesa. Percatada de la diferencia y asiendo bien la oportunidad, la cananea le coge la palabra al Salvador que en realidad confiaba tiernamente en este ardid para otorgar en fin la tan esperada gracia. “A los cachorros se les deja coger las migas que caen de la mesa del amo.”
¿Verdad que es ya imposible testimoniar más humildad y más confianza? Jesús es presa de la mayor admiración. Esta pagana da ejemplo al mismo pueblo escogido. “Mujer, grande es tu fe; hágase como tú lo deseas. Vete, pues, que ya el demonio salió de tu hija.”
Levantase ella triunfante y se precipita a su morada. ¡Oh, dicha! En lugar de aquella furia desencadenada, encuentra a su hija descansando apaciblemente.
* * *
Este vivo cuadro pone de manifiesto todo el poder de la oración. Dios ansia atendernos. Su amor sólo pide comunicarse, invadirnos, colmarnos. Y es nuestra confianza la que le franquea el paso. La medida de sus dones es la misma medida de nuestra fe.
Sus reticencias sólo son aparentes: medios providenciales de purificar nuestros deseos y fortalecer nuestra esperanza. Nuestra únicamente, de nuestras vacilantes convicciones es la responsabilidad de los aplazamientos, de las difericiones, de los fracasos de que tantas veces tenemos la osadía de quejarnos.
La cananea no iba en su asunto perdida y sin rumbo. Sabía bien lo que quería. Con toda su femenina intuición adivinaba la inmensa bondad de Cristo. No retrocedería ni un paso sin haber sido totalmente atendida. Ya se vería quien se cansaba primero. Y fue Él. Era fatal. Él no puede negar cuando se le ataca por el Corazón. Está vencido de antemano. Se ha atado Él mismo. Él mismo ha entregado la llave de sus tesoros. “Todo lo que pidáis en mi nombre os será concedido.” Si Él tarda, es que nosotros vacilamos. Si niega, es que nos hemos desanimado. Tengamos confianza, y dejemos las riendas a nuestras ansias de santidad. ¿Por qué poner límites donde Él ha señalado el infinito?
Creo, Señor, mas venid en auxilio de mi incredulidad. Permitidme que yo también pueda escuchar algún día de vuestros labios, la palabra de bienaventuranza: “Hijo, grande es tu fe; hágase como tú deseas.”
* * *
“Hermana querida, comprendedme bien, os lo suplico. Comprended que para amar a Jesús, para ser víctima de su amor, cuanto más débil y miserable se es, más propicio se está para ser objeto de ese amor consuntivo y transformador... Basta el solo deseo de querer ser víctima, mas hay que conformarse con ser siempre pobre y sin ánimos, y esto es lo difícil, porque ‘¿dónde encontrar a los verdaderos pobres de espíritu?, ¡habría que ir tan lejos a buscarlos!’, como dice el autor de la Imitación… No dice que se les haya de buscar entre las almas grandes, sino muy lejos, es decir en lo más bajo, en la nada... ¡Ah! Quedémonos nosotras ‘tan lejos’ que lo estemos de todo lo que brilla, gustemos de nuestra pequeñez, gustemos de no sentir nada; entonces seremos pobres de espíritu y Jesús nos vendrá a buscar por lejos que estemos, y nos transformará en llamas de amor... ¡Oh! ¡Cómo querría yo haceros comprender lo que siento! La confianza y sólo la confianza es la que nos ha de conducir al Amor. ¿No conduce el temor a la justicia severa, tal como se representa a los ojos de los pecadores? Mas no será ciertamente esta Justicia la que aplique Dios a los que le aman.
“No os daría Él este deseo de ser poseída por su Amor misericordioso si no os reservara tal favor; o mejor dicho, os lo ha concedido ya, puesto que estáis toda entregada a Él, ya que deseáis ser consumida por Él, y nunca da Dios deseos para no satisfacerlos.” (“Carta VI, de 17 de septiembre de 1896, a Sor María del Sagrado Corazón.”)
 
XXIII. VENID A Mí LOS AGOBIADOS... QUE YO OS ALIVIARÉ
(San Mateo, XI, 25-30; San Lucas, X, 17-24.)
En torno a Cristo se hace el vacío. En Galilea las escuelas rabínicas han minado su autoridad. En Codozoaín, Betsaida, Cafarnaum que lo abandonan, deja como despedida la queja lastimera de sus maldiciones. En Judea, los jefes del Sanedrín están ya reuniendo las pruebas para el proceso deicida. El cuadro de los adictos se estrecha: doce apóstoles, sesenta discípulos, algunas mujeres. Intenta entonces una suprema ofensiva. Lanza este puñado de fieles, de dos en dos al campo de las almas, corderos a la caza de lobos.
El poder taumatúrgico de que les dota les hace conseguir éxitos resonantes. De ello se jactan ingenuamente a su regreso. “Hasta los demonios mismos se nos someten por la virtud de tu nombre.” Pero la mirada de Jesús ve de más arriba y más lejos y no le engañan estos superficiales resultados: ve el duelo grandioso entre Él y Satanás, cuyo punto culminante será el drama del Calvario; ve los dos grandes campos en que se dividirá el mundo, de un lado los soberbios, los poderosos, los bien comidos, agrupados bajo el cetro diabólico; de otro, los humildes, los débiles, los hambrientos, reunidos en el surco del Evangelio. Esta perspectiva lo exalta. El Espíritu Santo le hace estremecerse. Lo mismo que María, en el gozo de la Visitación, exhaló el cántico de su alma, Él también entona su Magnificat. “Yo te amo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has encubierto estas cosas a los sabios y engreídos y descubiértolas a los humildes y pequeños. Así es, ¡oh Padre!, porque así fue tu beneplácito.”
¿Se percata Jesús de la sombra de estupor que cruza sobre las frentes de sus discípulos? Vuelto entonces hacia ellos les dice con gravedad: “Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis. Pues os aseguro que muchos profetas y reyes desearon ver lo que vosotros y no lo vieron, y oír las cosas que vosotros oís y no las oyeron.”
Toda la espera mesiánica la abarca aquí su visión, desde Adán caído, y David su antepasado con sus inspirados salmos, hasta Daniel “varón de deseos”. En la confianza de la promesa, cuatro milenios han vivido por Él: durmiéronse sin  ver el alba. Esta dicha estaba reservada para aquellos pocos seres sencillos que ahora le rodean. Pobre cortejo en verdad; buenas gentes pero incultas, sin don de palabra, sin medios, que se entusiasman por una gloria pasajera y mañana se ajustaran a la más pequeña amenaza. ¡He aquí a  sus colaboradores... de mala traza, harapientos, ilusos!
El Corazón de Cristo se conmueve. Los ve ya pábulo de sospechas, de persecuciones; de duros reveses, lanzados de Israel, expulsados por los gentiles, amenazados del potro, de la rueda, de la pira. Detrás de sus diezmadas filas, es toda la Iglesia militante lo que divisa, padeciendo hasta el fin de los tiempos los tormentos todos de la Pasión. Experimenta entontes la necesidad de consolar a los suyos. De su pecho se alza un lamento de ternura que es tal vez lo más bello que existe en un Libro en que todo es divino. “Venid a Mí todos los que andáis agobiados con trabajos y cargas, que yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón: y hallaréis el reposo para vuestras almas. Porque suave es mi yugo y ligero el peso mío.”
¿Captaron inmediatamente los discípulos el lacerado tono de semejante invitación? Nadaban en aquel momento en la euforia de una misión aparentemente lograda. Hasta mucho más tarde no comprenderán el misterio de un Dios que calma todo dolor.
* * *
Yo soy esta alma abrumada, aplastada, grávida de fatiga y de angustia. Hay momento en que esta carga me pesa de verdad sobre los hombros. Envío a los que marchan llevándolo alegremente. Yo, no hace falta decirlo, me siento aniquilado. En torno mío en ese lenguaje de moda, se pronuncian palabras de aburrimiento y de fastidio. ¿Por qué negarlo? También yo he pasado por ello. Tal vez aún lo estoy.
Es una crisis de confiaba. Empieza por muy poca cosa, casi siempre. Un pequeño fracaso, una decepción, una lastimadura del amor propio; otras veces es un golpe brutal que nos alcanza de lleno. Habría que reaccionar, enderezarse, orar. Cuánta más facilidad, mayor satisfacción. La corriente tuerce hacia el negro pesimismo, hacia el derrotismo, hacia la cobardía. Entonces cada vez nos hundimos más. Pronto estamos totalmente sumergidos. Es lo que le ocurre al que se enfanga en el pantano.
Y el Maestro que lo tiene todo previsto, porque conoce la miseria humana, me tiende la pértiga en las tinieblas.
– No permanezcas en ese aislamiento morboso, replegado en tus secretas heridas. Ven a mí. Yo no he cambiado. Te amo más cuanto más sufres.
Estás abrumado: seré tu Cirineo. Lloras: seré tu consolador. Estás exhausto: yo soy el Pan de Vida. Buscas tu apoyo en los hombres: ellos sólo pueden prodigarte pobres palabras engañosas. Yo reedificaré tu interior y te volveré a crear en el más completo sentido del vocablo. Soy tu Dios.
– Maestro, esta carga es superior a mis fuerzas. No tengo suficientes bríos. Tengo miedo. Soy un niño grande acorralado.
– Verdad es lo que dices, hijo mío, porque tú quieres levantar tu carga tú solo. Te sugestionas ante lo que se te presenta. Quieres convertirlo en una exhibición. No has sabido descubrir en la prueba la señal de la cruz, ni encima de la cruz mi Humanidad que te llama para compartir contigo la carga. Echa sobre ti mi yugo y no el tuyo. El tuyo es demasiado pesado para ti. El mío, si lo recibes de mi bondad, entre los dos saldremos airosos. Comprobarás su suavidad y su blandura.
Y por último, hazte muy humilde, a imagen mía. Los grandes se vienen abajo de una vez y se rompen en mil pedazos. Los pequeños resbalan poco a poco, caen sin hacerse daño y se vuelven a poner de pie pronto apoyándose en Mí.
No te obstines, pues. Tenme confianza y marchamos juntos.
– En tus manos, Señor, pongo mi debilidad. Aquí te entrego mi corazón herido.
* * *
“Cuando un jardinero rodea de cuidados un fruto que quiere hacer sazonar antes de tiempo, no es nunca para dejarlo prendido en la rama, sino para, poder presentarlo en alguna mesa ricamente servida. Con idéntico designio prodigaba Jesús sus gracias a su pequeña florecita. Quería hacer brillar en mí su misericordia, Él que en un transporte de gozo, durante su vida mortal había exclamado ‘Bendígote, Padre mío, porque has tenido encubiertas estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños.’ Por ser yo pequeña y débil, se inclinaba hacia mí y me instruía en voz baja en los secretos de su amor. Como decía San Juan de la Cruz en su Cántico del alma:
Sin otra luz ni guía
sino la que en el corazón ardía.
Aquesta me guiaba
más cierto que la luz de mediodía,
adonde me esperaba
quien yo bien me sabía
en parte donde nadie parecía.
(“Historia de un Alma”, Cap. V.)
“No te desole tu importancia. Cuando al levantarnos por la mañana nos sentimos sin ningún valor, sin fuerzas ninguna para practicar la virtud, esto es una gracia, porque es el momento de aplicar ‘la segur a la raíz del árbol’ (San Mateo, III, 10), fiando sólo en Jesús. Si caemos, todo se arregla con un acto de amor. ¡Y Jesús sonríe! Nos ayuda sin que lo parezca; y las lágrimas que le hacen derramar los malos son enjugadas por nuestro pobre y débil amor. El amor lo puede todo: las cosas más imposibles le parecen fáciles y ligeras. Sabes tú muy bien que a Nuestro Señor no le importa tanto la grandeza de las acciones, ni siquiera su dificultad, como el amor con que las ejecutamos.”
(“Carta II, del 20 de octubre de 1888 a su hermana Celina.”)
Semillitas al Señor  
  "Así como el sol alumbra a los cedros y al mismo tiempo a cada florecilla en particular, como si sola ella existiese en la tierra, del mismo modo se ocupa nuestro Señor particularmente de cada alma, como si no hubiera otras. (Manuscrito A, 3 r°)
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Vos obráis como Dios, que nunca se cansa de escucharme cuando le cuento con toda sencillez mis penas y mis alegrías, como si él no las conociese... (Manuscrito C, 32)
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Puedes, por lo tanto, como nosotras, ocuparte de "la única cosa necesaria", es decir, que aun entregándote con entusiasmo a las obras exteriores, tengas por único fin complacer a Jesús, unirte más íntimamente a él. (Carta 228)
 
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El Señor y los corazones...  
  ¡Ah, qué verdad es que sólo Dios conoce el fondo de los corazones!... ¡Qué cortos son los pensamientos de las criaturas!... (Manuscrito C, 19 v°)
 
El Señor Es ternura...  
  Al entregarse a Dios, el corazón no pierde su ternura natural; antes bien, esta ternura crece haciéndose más pura y más divina. (Manuscrito C, 9 r°)
 
El Señor esta siempre con nosotros...  
  cielo que le es infinitamente más querido que el primero: ¡el cielo de nuestra alma, hecha a su imagen, templo vivo de la adorable Trinidad!... (Manuscrito A, 48)
 
Santo Rosario  
   
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