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Filial abandono
XXIV. ¿NO SABÍAIS QUE YO DEBO EMPLEARME EN LAS COSAS QUE MIRAN AL SERVICIO DE MI PADRE?
(San Lucas, II, 41-51.)
San Lucas ha escuchado de boca misma de la Virgen la narración del misterioso episodio que marcó los doce años de Jesús.
En Nazaret la vida transcurría laboriosa y apacible, bajo la mirada del cielo. Ni el menor incidente, ni el más pequeño destello empañaban su serenidad. En este voluntario eclipse de la gloria divina, surge el primer fulgor. El niño ha llegado a hijo de la Ley: tiene que amoldarse a sus prescripciones. A Jerusalén es a donde los judíos varones residentes en Judea tienen que ir a hacer el sacrificio pascual, en memoria de la salida de Egipto. Esta vez el Salvador se unirá a la peregrinación, juntamente con José. María les acompañará por devoción.
Por espacio de tres días, confundidos con los millares de galileos que suben hacia Sión, caminan envueltos en el blanco polvo de los caminos, acampan en los lugares tradicionales, cantan en los lugares prescritos los salmos acostumbrados. En Jerusalén reina el barullo. Allí se ha dado cita todo el mundo judío. La Sagrada Familia, perdida en ese tumulto, eleva hacia el Padre su “adoración en espíritu y en verdad.”
En el lugar de reunión donde para el regreso se vuelve a formar la caravana, la confusión llega al punto máximo. Entre las palabrotas de los carreteros, los chirridos de los ejes y la agitación de los animales, le cuesta mucho a cada familia reunir y agrupar a todos sus miembros. Se emprende la marcha en revueltas pandillas. Cuando a la noche se haga el primer alto será más fácil que se junten los dispersos. Si Jesús no va con los suyos será sin duda por haberse entretenido en el templo. Irá más atrás con unos amigos. Lo encontrarán luego.
Mas se llega al punto de parada, se deshacen los grupos, se reparten todos por las tiendas, y el niño no aparece por ninguna parte. A cuantos ven o se encuentran, dirigen María y José la misma ansiosa pregunta: “¿No habéis visto a Jesús?” Y de todos los labios escuchan la misma negativa respuesta. El corazón de la Madre se oprime hasta el estertor. Los caminos no son seguros. Sadoc y Judas el galónita están levantados en armas contra Roma. Con frecuencia hay escaramuzas con muerto y heridos. ¿Ha llegado ya la Redención y le han arrebatado a su Hijo?
Apresuradamente vuelven a la ciudad de David. Buscan febrilmente. Agotadora tarea en media de esta marea humana. Transcurren tres jornadas en agonía indecible. ¡Qué bien había dicho el viejo Simeón! El puñal que profetizara se hundía en viva carne. Y sordamente un cruel reproche torturaba el alma maternal. “Por tu negligencia has perdido el Tesoro que se te confió.”
Al fin rendidos de fatiga y perdida casi toda esperanza, al penetrar José y María en el templo para concentrarse en una suprema plegaria, he aquí que Le encuentran en uno de los pórticos, en medio de los Doctores que comentaban para los fieles la ley judaica. Estaba allí, no como maestro que imperase sobre un círculo de rabinos, según el arte, que todo lo dramatiza, había de representarlo más adelante, sino dócilmente sentado en su sitio, como discípulo, haciendo igual que los demás preguntas y observaciones, pero de tal lucidez, de tal profundidad que los. escribas estaban maravillados.
A impulsos de su ternura, María se precipita hacia Él. “Hijo, ¿por qué te has portado así con nosotros? Mira cómo tu padre y yo, llenos de aflicción te hemos andado buscando.” ¿Hemos de ver en estas palabras una sombra de reproche y como una falta de fe? De ninguna manera. Es la madre la que habla entre sollozos y la que busca una explicación consoladora al drama que acaba de vivir.
Jesús responde con dulzura. “¿Cómo es que me buscabais? ¿No sabíais que yo debo emplearme en las cosas que miran al servicio de mi Padre?” Cuando se medita a esta distancia, la frase se nos muestra magnífica en boca de un niño de doce años. Es la primera palabra de Cristo a los hombres y que según testimonio de San Pablo, se enlaza a la palabra anterior que dirigió al Padre, al venir a este mundo: “Aquí me tienes. Vengo, oh Dios mío, a cumplir tu voluntad.”
En aquellos momentos su sentido era enigmático. El Evangelio atestigua que sus padres “no comprendieron”. Le llevaron a Nazaret donde reanudó su existencia sumisa y recatada. Repasando todas estas cosas en su corazón será como María percibirá más tarde el carácter omnímodo del espíritu de abandono en el alma de Jesús, la humilde docilidad del niño sometido a José en la intimidad del hogar y la total independencia de la carne y de la sangre que reivindica para el Cumplimiento de la misión redentora de que su Padre lo ha investido.
* * *
Emplearme en las cosas que miran al servicio de mi Padre: esa debe ser mi única vocación. Se expresa con dos palabras: filial abandono.
El orgullo, la suficiencia, la desconfianza son los enemigos máximos del reino de Dios. Pervierten todo lo que tocan. Me incitan a seguir una táctica egoísta en la que mi misma insignificancia se crece, se consume y se desvanece. ¿Cuántas veces no habré sido víctima de tales engaños? Obrar sólo para mí mismo es caer en un lazo. No hay más que una actitud sensata: buscar, estudiar, adorar, cumplir la voluntad divina; adoptar su plan y ponerlo en práctica, minuto por minuto, con el máximo de confianza y de amor.
No siempre comprendo las cosas. María y José tampoco, como acabo de ver. Mas no importa. Debo, igual que ellos, inclinarme con fe, respetar el secreto en que se envuelve la Providencia y aguardar en paz la revelación del misterio de mi destino. La actitud de Dios para conmigo es siempre amorosa. Esto me tenía que bastar. Es muy fácil someterse cuando todo se ve claro. El mérito crece más, la obediencia se vuelve más sencilla, más recta y más pura cuanto menos alcanzamos las razones profundas del orden divino. Allá arriba todo eso se nos manifestará a plena luz. Tengamos un poco de paciencia.
– Padre, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo, así en la noche como bajo el más claro sol.
* * *
“La prueba por la que pase (la infructuosa visita a León XIII) fue muy grande; mas, como yo había hecho absolutamente todo lo que de mí dependía para responder al llamamiento de Dios, tengo que confesar que, a pesar de mis lágrimas, experimentaba en el fondo del corazón una gran paz. Esta paz, sin embargo, estaba en lo íntimo, y la amargura llenaba mi alma hasta los bordes... Y Jesús callaba... Parecía ausente. Nada me recordaba su presencia.
“Hacía tiempo que me había ofrecido al Niño Jesús como su juguetito. Le había dicho que no me usara como un juguete caro que los niños se contentan con mirar, sin atreverse a tocarlo, sino como una pelotita sin valor a la que podía tirar al suelo, empujar con el pie, romper, tirar a un rincón, o bien si así lo deseaba oprimir contra su corazón. En una palabra, quería distraer a Jesús niño y abandonarme por entero a sus divinos caprichos.
“¡Mis ruegos habían sido escuchados! En Roma, Jesús rompió su pelotita... quería ver sin duda lo que tenía dentro… y luego contento con su descubrimiento dejó caer la pelotita y se durmió. ¿Qué pasó durante su dulce sueño y qué fue de la pelota abandonada? Jesús soñó que se entretenía aún, que tan pronto la cogía como la dejaba; que la echaba a rodar muy lejos y que por último la estrechaba contra su corazón, sin dejar que nunca se alejara de su manecita.” (“Historia de un Alma”, Cap. VI.)
 
XXV. PADRE, NO SE HAGA MI VOLUNTAD, SINO LA TUYA
(San Mateo, XXVI, 36-45; San Marcos, XIV, 32-42; San Lucas, XXII, 39-46.)
Bajo una radiante claridad lunar, que impregna de azul el paisaje, Jesús ha salido al campo por la puerta de Ofel, ha bajado la escalera de piedra que conduce al valle, ha atravesado por rústico puente el reseco torrente Cedrón, ha pasado a lo largo de las sepulturas y llegado, por fin, a Getsemaní. Este huerto, situado al pie del Monte de los Olivos, a cien metros del atrio del Templo, es un recinto de árboles milenarios en el que existía sin duda una almazara. El Maestro ama este lugar. Le gusta pasar allá la noche en oración, bajo la sombra tutelar de la enramada, en tanto que sus apóstoles dormitan en alguna granja.
¿Qué drama, sin embargo, sucede aquí hoy? ¿Es la hora del poder de las tinieblas? La faz de Jesús está, como descompuesta. Le cuesta mucho trabajo separarse de los suyos y encaminarse a su sitio de oración. Quiere tener a su lado a Pedro, a Santiago y a Juan. La pena, el miedosa, la aversión le invaden. Por primera vez en su vida se apiada de sí mismo. “Mi alma siente angustias de muerte. Quedaos aquí, velad y orad.”
Aquellos tres amigos íntimos le ven alejarse a distancia de un tiro de piedra y abismarse en una honda postración. Hasta ellos llega un grito, siempre el mismo, una desgarradora súplica, murmurada hasta lo infinito, lo mismo que los enfermos repiten sus monótonas quejas: “¡Padre, Padre mío! Todas las cosas te son posibles: ¡aleja de mí este cáliz! Mas no se haga mi voluntad, sino la tuya.”
Luego, todo se confunde en la cabeza de los apóstoles. La fatiga los rinde y sus párpados se cierran. Cuando se despiertan, Cristo está ante ellos, deshecho atrozmente mendigándoles un poco de consuelo: “¿Es posible que no hayáis podido velar una hora conmigo?”
Se marcha de nuevo y cae otra vez de rodillas. Su plegaria se torna si cabe, más insistente, más resignada, más filial: “Padre mío, si no puede pasar este cáliz sin que yo beba, hágase tu voluntad.”
Por segunda vez, Jesús se dirige a donde los apóstoles se hallan. La agitación y el movimiento son engañosos lenitivos del dolor. Además, ¡se siente tan desamparado! Su corazón necesita el calor de la amistad. Mas ¡ ay!: están dormidos.
Se acerca el episodio decisivo. Un ángel llega con la respuesta del Padre. No le quita el cáliz, totalmente lleno de nuestras iniquidades y ofrecido ya en el Cenáculo, en un gesto de sacrificio. Reconforta las energías humanas del Salvador para el momento supremo. Jesús cae en agonía. Su oración se hace más intensa. La baña en sudor como de sangre que brota de todos sus miembros, como cuando un choque patológico trastorna y deprime todo el sistema nervioso. Por espacio de tres horas el Maestro yace así derribado bajo tan horrendo peso. Todo concluye después en un movimiento de total abandono. Sereno el rostro, Jesús hace frente a sus verdugos. Judas puede ya avanzar al fulgor de las antorchas.
* * *
El ánimo se para suspenso en el umbral de este misterio. ¿Cómo sondar hasta lo más profundo el dolor de Cristo? ¿Cuál es el invisible torcedor que le aniquila hasta hacer manar su sangre? ¿Es acaso la perspectiva en masa de todos los padecimientos que le acechan, el entrevisto espectáculo de la ingratitud de los suyos, la mano de Dios que parece abandonar su Humanidad y privarla de las dulzuras inherentes a la visión beatífica? ¿Es tal vez el infierno que ronda en su torno y le obsesiona, como antaño en el monte de la tentación? ¿Es la película monstruosa del pecado del mundo que pasa entera ante sus ojos, con su trágico desenlace, la condenación de las almas rebeldes al amor?
Renunciemos a explorar un abismo que causa vértigo aun a los más serenos teólogos. Bástenos saber que como Jesús se erigió en expiador universal y el pecado tiene su origen en el fondo del alma, así es también en lo interior donde la Pasión tenía que comenzar. La primera sangre vertida brotó espontáneamente de la opresión del corazón.
Adoremos, sobre todo, en semejante extremo la filial obediencia que inclina a Jesús bajo la mano paternal. Él se queja, pero a Dios. La carne tiembla y pide que se aleje de ella aquel cáliz, mas la voluntad se recobra pronto para conformarse por entero con los providenciales designios. Nunca las palabras “Abba” “Padre” fueron más patéticas ni más impregnadas de tristeza que en los labios del Divino Agonizante. Jamás el grito “Fiat”, que expresaba la más radical actitud de Cristo desde la hora de la Encarnación, pudo resonar más grávido de méritos ni más pacificador.
Aquí reside para mí la lección de este Misterio de Jesús. Aun sin recurrir a la actitud estoica, inficionada toda de orgullo, el infinitamente Fuerte pudo afrontar los suplicios con la sobrenatural serenidad de los mártires. Pero no quiso.
Prefirió pasar todos los trances del combate, conocer el espanto de la naturaleza ante la muerte, implorar suplicante con una humilde deferencia que nos enseña a la vez confianza, y sumisión. Así es más humano, más lacerante y más consolador. Cristo en Getsemaní está más cerca de nosotros que Esteban el extático o Lorenzo bromeando sobre las parrillas en que se asa.
Cuando estoy afligido, es una cita que Él me da en el Huerto de los Olivos. Me enseña a formular la invocación de “Padre” sin contrariedad ni rebelión, como un niño que se sabe amado y comprendido y que no hace sino el relato de sus penas. ¡Es tan hermoso confiarse a alguien!
Jesús me enseña a pedir; como Él, la conclusión de la prueba. Tengo derecho a ello y me servirá de mucho con tal de hallarme siempre dispuesto a dejar la última palabra al Eterno Amor, que sabe más que mis humanas luces.
Me enseña, en fin, a penetrar en la voluntad del Padre, a sumirme en ella progresivamente, mejor aún, a adherirme a ella con todo mi ser y a hallar en esta aceptación el reposo de “la alegría perfecta”.
No hay otra explicación para el enigma de aquel dolor que desde hace tantos siglos ocupa el pensamiento de los filósofos y provoca el sarcasmo de los impíos.
– ¡Oh, Corazón Agonizante de Jesús! Arrástrame para que pueda silabear, a lo largo de toda mi vida, estas dos palabras, solas capaces de pacificar mi miseria: Pater, Fiat.
* * *
“Nuestro Señor no nos pide nunca ningún sacrificio que esté más allá de nuestras fuerzas. A veces, es verdad, ese divino Salvador nos hace experimentar toda la amargura del cáliz que ofrece a nuestra alma. Cuando pide el sacrificio de todo lo que al mundo le es más caro, es imposible, sin una gracia enteramente particular, no exclamar como Él en el Huerto de la Agonía Padre mío, aleja de mí este cáliz. Mas apresurémonos a decir también Hágase tu voluntad y no la mía. Es muy consolador pensar que Jesús, el divino Fuerte, ha sentido todas nuestras debilidades y ha temblado a la vista del amargo cáliz, ese mismo cáliz que antes había tan ardientemente deseado.” (“Carta I, de 26 de diciembre de 1895 a un hermano espiritual.”).
 
XXVI. PADRE, EN TUS MANOS ENCOMIENDO MI ESPÍRITU
(San Mateo, XXVII, 45-50; San Lucas, XXIII, 44-46; San Juan, XIX, 28-30.)
La plenitud del abandono es la inmolación de la vida. Su culminación está en el Calvario.
Jesús, sin aliento, llega con la cruz al lugar del suplicio. Sin miramiento alguno, se le arrancan las vestiduras. Resuenan breves y tajantes conminaciones. “Extiéndote sobre el leño... Trae acá las manos... Estira las piernas”. Dócilmente, dominando su dolor, la Víctima se extiende y se acomoda a los maderos; secos martillazos rubrican cada intimación. Se alza el patíbulo en medio de un horroroso crujir de huesos... y ya está. Los sol: dados pueden ya ponerse a jugar a los dados. El desenlace no se hará esperar.
Sujeto al tormento que pronto llegará a su paroxismo, Cristo se abandona por completo a los planes divinos. Después de despedirse de los hombres, de sus verdugos, de su madre, se sume en el silencio. Medita mentalmente el salmo XXI en el que su antepasado el rey David, con siglos de anticipación, había trazado y seguido paso a paso los cuadros de la Pasión. No falta ni el menor detalle. Se ha convertido ciertamente en “gusano de la tierra oprobio de los hombres, desecho de la plebe”. La jauría está aquí, ladrando y rugiendo. Han agujereado sus manos y sus pies, se pueden contar todos sus huesos, se reparten sus vestiduras. Los que pasan menean la cabeza y se burlan de Él.
Mas en las tinieblas en que se sumerge el Golgota, hay otra agonía más íntima, más profunda que atenaza el corazón del Maestro, una sensación de espantoso vacío, que es la impresión que entre su Padre y Él, que se ha convertido en pecado del mundo, existe como un abismo. Otra vez un versículo del salmo será el que traduzca tan atroz duelo. “Eli, Eli, lamma sabactani. Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?” ¿Quién osará analizar este grito de soledad del Hombre-Dios? Bossuet lo ha intentado con una famosa imagen. Lo mismo que a veces se ve en la montaña las laderas azotadas por la tormenta, mientras la cumbre sigue bañada en serenidad, así el alma de Cristo disfrutando en su cima de la visión beatífica, experimenta en sus zonas más bajas un sentimiento de desolación infinita frente a la cólera del Juez. Este pavoroso misterio; se prolonga por espacio de tres horas.
Henchido de tristeza, Jesús no se despoja nunca de su confiado abandono. Con la sorprendente lucidez de los moribundos, ojea toda su vida de una sola mirada. Graciosos paisajes de Nazaret, riberas floridas del lago, acogedora casita de Betania, pueblos y aldeas humildes en donde sembró sus milagros, atrios del Templo que oyeron sus discusiones con los fariseos; ¡todo cruza ante Él como un relámpago! Todo lo contempla de nuevo. Sobre todo ello distingue a la señal del agrado divino que fue su única ley. Se persuade deque ha obedecido hasta el fin: “Todo está consumado”.
Puede, pues, con entera confianza echarse en los brazos de su Padre. Su existencia terrenal fue un largo ofertorio. He aquí la consagración final. Con voz potente que hace temblar al centurión y que demuestra hasta la evidencia que su vida la rinde con toda libertad, Jesús lanza en las tinieblas, con sublime acento sacerdotal, el supremo grito de abandono: “Padre mío, en tus, manos encomiendo mi espíritu.”
* * *
Ante este espectáculo, oigo a San Pablo que dice: “Despósate con los sentimientos de Cristo Jesús, que se ha humillado, que se ha empequeñecido, que ha querido ser obediente hasta morir en la cruz”.
Para vivir con Cristo, tengo que morir con Él. La muerte para mí es el abandono a su voluntad. Fuera de Él no hay santificación, no hay expandimiento, no hay salvación.
Cuando esta verdad me espante, cuando el amor propio como potro indómito se encabrite y cocee, no habrá argumentos que valgan. Será la hora de invocar las razones del corazón. Una mirada al crucifijo me enseñará el deber.
– Penas y gimes... Yo he pasado por más duros trances que tú... y Yo era inocente y expiaba por ti.
Te niegas a llevar mi cruz y la del buen ladrón. Corres el peligro de que te claven en la otra, en aquella de la cual sólo surgen las imprecaciones de la desesperación.
De tu soledad te espantas ¿y qué es ella comparada con mi agonía?
¿Por qué empañarte contra lo ineluctable?
Te arrojas en brazos de los hombres y no recibes de ellos sino decepción tras decepción. Confíate por entero al amor paternal. Y tu existencia, unida a la mía, se transformará en augusto Sacrificio de conmovedora fecundidad.
– ¡Ah, Señor! ¡Qué grandiosa visión! Sí, yo quiero hacer de mi vida una misa continua, de cada uno de mis actos un episodio de la Eterna Oblación. Sí; quiero tener sin cesar en mi boca la canción de vuestra obediencia “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Y cuando a la hora por Vos marcada y que de antemano acepto y bendigo, se presente “la hermana muerte”, quiero; como Vos, recibirla con agrado y dormirme en el seno del Padre, en un último impulso de amor.
Quiero... pero conozco bien mi debilidad. Ayúdame Tú, oh mi Jesús.
* * *
“Nuestro Señor ha muerto en la cruz tras penosa agonía y he aquí sin embargo la más hermosa muerte de amor que nunca se haya visto. Morir de amor no es morir entre sus transportes... Os lo confieso francamente, me parece que esto es lo que yo siento,” (Novíssima Verba.)
“No me dan el menor miedo los últimos combates, ni los padecimientos de la enfermedad por grandes que sean. Dios me ha asistido siempre y me ha ayudado y conducido de la mano desde mi más tierna infancia… Con El cuento, pues. Podrá el sufrimiento llegar a sus límites extremos, pero yo estoy segura de que Él no me abandonará jamás.” (“Historia de un Alma”, Cap. XII.)
 
XXVII. QUIEN HAGA LA VOLUNTAD DE MI PADRE ESE ES MI HERMANO Y MI HERMANA Y MI MADRE
(San Mateo, XII, 46-50; San Marcos, III, 31-35; San Lucas, VIII, 19-21).
En los umbrales de su segundo año de vida pública Jesús conoce las servidumbres de la popularidad. La casa de la cual ha hecho en Cafarnaum su cuartel general, está literalmente tomado por asalto por la multitud. En el más estricto sentido de la palabra, no le dejan tiempo ni para comer.
Sus parientes se intranquilizan. Dejemos fuera a María que comulga con toda su alma en la predicación del Reino de Dios. Los demás, aquellos a los que se llama en conjunto sus hermanos y sus hermanas, se sienten irritados por tal aventura que gira hacia lo puramente espiritual y corre el peligro de acabar mal. ¡Todavía si Él se impusiera a los poderosos! ¡Si adulase a los Sanedrines! ¡Si utilizara su prestigio de taumaturgo para rescatar del fango el despreciado nombre de Nazaret! En cambio todo son sermones misteriosos, promiscuidades vergonzosas con la hez de los pecadores, algaradas con los fariseos… Todo esto no puede traer nada bueno. Perderá su salud y eso será cuanto saque de ello. ¿Y si fuéramos a buscarlo y nos lo trajéramos por la fuerza a su tierra?.
Convencen a María para que vaya con ellos. ¡Tiene Ella tanto ascendiente sobre Jesús! No le niega nunca nada... La Virgen acepta, aunque presiente su fracaso. De todos modos bien está que vaya para calmar su resentimiento y abogar por la independencia de su Hijo.
Se dirigen a Cafarnaum. Imposible entrar en la morada. Llamarán al Maestro. Reunidos aparte podrán explicarse sin testigos y sin escándalo. El incidente quedará pronto zanjado.
Pronto llega el rumor a oídos de Cristo. “Tu madre y tus hermanos están ahí fuera; te buscan y te quieren ver.” Jesús comprende en seguida. Su corazón humano vibra con todos los afectos familiares. Ama a estas buenas gentes con las cuales le unen los lazos de la sangre. Ha jugado con ellos de pequeño; se ha sentado a su mesa, ha compartido sus trabajos y sus preocupaciones. Mas ahora está en juego su vocación: se trata del Reino de Dios, de los intereses dejas almas. Ninguna presión humana podrá desviarle de la voluntad paterna. Una escenificación sugestiva, a estilo oriental, se lo demostrará al auditorio.
Allí está el mensajero que la delegación de parientes ha enviado, esperando la contestación. Jesús le interroga a quemarropa: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?” Aquel hombre se queda sorprendido. El amor de Jesús hacia los suyos no ofrece duda. ¿Qué significa, pues, esta pregunta que parece una broma?
Cristo señala a sus discípulos y dirigiendo sus miradas a cuantos le rodean: “Estos son – dice – mi madre y mis hermanos. Porque cualquiera que hiciere la voluntad de mi Padre que está en los cielos ese es mi hermano y mi hermana y mi madre.” Y sin entretenerse más, reanuda su ministerio para con los humildes, en tanto que los nazarenos se alejan rezongando y María, repitiendo la fórmula de su corazón, se une más aún a su Hijo, por la fusión total del alma de ella en la de Él.
* * *
Bajo una aparente rudeza, la palabra de Jesús está toda bañada de ternura. No rompe los lazos de la carne: los diviniza. Santiago y Judas eran primos suyos. Los convirtió en sus apóstoles y el afecto se hizo más íntimo y más elevado.
María es su madre por haberle dado a luz. Lo es más todavía cuando asociada a su misión lo hace nacer en los corazones en fuerza de caridad.
La familia natural de Cristo es un puñado de personas destinado a desaparecer en dos o tres generaciones. Él se crea una inmensa familia espiritual que atravesará los siglos y abarcará todo el universo.
¿Cómo formar parte de ella? Acaba Él mismo de precisarlo en palabras fulgurantes: “El que hace la voluntad de mi Padre, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre.”
No necesito saber más. La vida sobrenatural no es una cuestión de gusto, de sentimiento, de consuelos sensibles. Es cuestión de voluntad.
Puedo conseguir mis blasones: Soy de la raza de Dios, hijo del Padre y miembro de Cristo cuando mi voluntad se calca sobre la suya. Si me busco a mí mismo sólo conseguiré una falsa maniobra y una bancarrota fraudulenta.
Desde luego, la vida es cosa sencilla. ¿Programa diario? La voluntad divina. ¿Razón última de rodas mis decisiones? La voluntad divina. ¿Única preocupación a tener? La voluntad divina. Me guste o me disguste, me dé alegría o tristeza, compréndalo o no el secreto de mi felicidad está en hacer lo que Dios disponga.
– Maestro soy muy cobarde. Graba bien en el fondo de mi alma la oración medieval en que Montalembert se placía: “Señor yo quiero todo lo que Tú quieras; lo quiero porque Tú lo quieres y lo quiero en fin por el tiempo que Tú lo quieras”.
* * *
“Un día Leonia pareciéndole sin duda que era ya mayorcita para jugar a las muñecas vino a buscarnos a nosotras dos con un cesto lleno de vestidos de lindos trozos de tela y otros adornos y galas y acostando sobre ellos a su muñeca, nos dijo: ‘Andad, hermanitas, escoged.’ Celina miró y eligió unos alamares. Tras un instante de reflexión, yo extendí la mano a mi vez y dije ‘Yo me quedo con todo’, y me llevé cesto y muñeca y cuanto había sin  más miramientos.
“Esta anécdota de mi infancia viene a ser un resumen de mi vida entera. Más tarde, cuando la perfección se me ha mostrado, he comprendido que para ser santo hay que sufrir mucho, buscar siempre lo más perfecto y olvidarse de sí mismo. He comprendido que dentro de la santidad hay grados numerosos que cada alma es libre de responder a las solicitaciones de Nuestro Señor, de hacer poco o de hacer mucho por su amor; en una palabra de elegir los que prefiera entre los sacrificios que Él le pide. Y entonces como en los días mi infancia, he exclamado: ‘¡Dios mío, me quedo con todo! No quiero ser santa a medias. No me asusta padecer por Vos. Sólo temo a una cosa: el apego a mi voluntad. Tomadla, pues yo escojo solamente lo que Vos queréis’.” (“Historia de un Alma”, Cap. I.)
 
XXVIII. SI ALGUNO QUIERE VENIR EN POS DE Mí, NIEGÚESE A Sí MISMO, Y CARGUE CON SU CRUZ, Y SÍGAME.
(San Mateo, XVI, 21-27.)
Cesárea de Filipo, encerrada en su bello cuadro de montañas, de verdor y de cantarinas fuentes, despertaba el alma al optimismo. Y allí es, sin embargo, en donde Jesús descubre por primera vez la sombría perspectiva de su Pasión. Acaba de conferir a Pedro la primacía. En precisos términos ha profetizado la perennidad de su Iglesia. Ya los doce levantan proyectos gloriosos. Y he aquí ahora, brutal y sin réplica, a seis meses de plazo, la evocación que les aterra: “Es menester que el Hijo del Hombre vaya a Jerusalén y que allí padezca mucho de parte de los ancianos y de los escribas y de los príncipes de los sacerdotes, y que sea muerto y resucite al tercer día”.
Los apóstoles se espantan. ¡El Maestro desvaría! Ayer hablaba de reinar; hoy, de perecer. Está deprimido, tal vez.. los nervios fatigados... Se ha agotado demasiado y todo lo ve negro. Hay que reanimarlo. Interviene Pedro. Llama aparte, por discreción, a Cristo y le dice simplemente: “No lo permita Dios, Señor; no te ocurrirá tal cosa”. La respuesta brota inmediata, pública, fulminante. Jesús está por entero bajo la voluntad del Padre. No consiente que se trate de apartarlo de ella. Presiente que aquella es una tentación del demonio. Ya otra vez lo rechazó a él y a sus infames proposiciones. Ahora nota que vuelve a la carga por medio de persona interpuesta. Sin miramiento alguno le hace retroceder. “Marcha de aquí. Satanás. Me estás escandalizando. No tienes el menor sentido de las cosas de Dios y sólo piensas en las cosas humanas.”
¡Pobre Simón Pedro!, ayer exaltado por haber servido de instrumento a la revelación del Padre, y presa hoy de la carne y de la sangre y hasta juguete del diablo! Compungido y pesaroso, se reúne de nuevo con el grupo, mientras Cristo, estremecido aún de indignación, remacha todavía más la lección. ¡Ah! Soñáis con tronos y con imperios. ¡Como si fuera de esto de lo que se trata! El discípulo no ha de estar por encima del Maestro. Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.”
La fórmula es tan rotunda que no queda escapatoria. Para proferirla había que ser un Dios o un loco. Lo exige del hombre absolutamente todo. Hemos llegado con ella al punto crucial del Evangelio. Los ‘casi’, los ‘poco más o menos’ son una añagaza. Las medias tintas no se admiten, en el reino de los cielos. La ley consiste en el radicalismo del abandono. Pesemos bien sus palabras; vale la pena de hacerlo. Unas a otras se atraen, se sostienen entre sí y se encadenan todas ellas como un conjunto indivisible.
“Si alguno: quiere venir en pos de mí...” A nadie se le fuerza. Jesús solicita la libre adhesión del corazón humano.
“Niéguese a sí mismo...” Aquí categóricamente, se ponen las cosas en su punto. El compromiso hay que contraerlo bien a sabiendas. Hay que volverle la espalda al egoísmo, proscribir el propio juicio, eliminar progresivamente el viejo ‘yo’ gangrenado y tullido de malicias.
“Tome su cruz...” Para llegar al desasimiento hace falta una cura, una higiene, una disciplina, que cuestan lo suyo. Hay momentos en que es cuestión de cirugía. En caliente o en frío, con o sin anestesia... eso no importa. La prueba purificadora, exterior o interior es la que arranca al hombre de su turbio fondo para echarlo en brazos de Dios.
“Y sígame.” Palabra final. La rosa tras las espinas; la suavidad coronando el austero esfuerzo. Esta cuesta áspera y sangrante sólo es posible subirla tras los pasos de Jesús y viviendo con su vida. Sólo en Él la ascensión se justifica, se lenifica y florece.
¿Miraron los apóstoles sólo con espanto tal horizonte? ¿Adivinó Jesús en sus espíritus alguna vacilación? Es probable, pues acaba sus frases, por así decirlo, como el mercader que os hace elegir entre llevar o dejar: “Quien quisiere salvar su vida la perderá mas quien la perdiese por mí y por el Evangelio, ese logrará salvarla. Porque ¿de qué le sirve al hombre ganar el universo entero si pierde su alma?” Para unos temperamentos positivos como los suyos, la razón era de verdadero peso.
* * *
– Señor, a mí también me hace falta escuchar tan áspero lenguaje. En el secreto de la oración, me siento transido de total abandono, me doy a Vos sin pediros nada. Mas al primer sinsabor del camino, me revuelvo y me irrito.
Una vez ha sido una palabra hiriente que no podía soportar. Otra vez, un fracaso que me ha escocido, sublevando mi sensibilidad. Otra, la mala salud que no me deja dedicarme a mis tareas. Además, las reprensiones de los superiores, los desengaños de los amigos, la monotonía de los deberes de mi estado, las separaciones, las desgracias familiares, los desvíos en que en ocasiones me sumís.
Si yo hablara con otros sabría decirles sin dudar que reconocieran en tales sucesos la terapéutica providencial del sacrificio, les invitaría a bendecir la mano divina que sólo hiere para sanar. Mas por una extraña inconsecuencia, no sé yo hablarme así a mí mismo y convencerme cuando de mí propio se trata.
Jesús, sed mi Maestro en el abandono. Con toda sinceridad aspiro a seguiros. Lo que me hace vacilar es sólo el precio. El amor a la cruz no se aprende solo. Cuando las penas y las desgracias llamen a mi puerta enseñadme a descubrir en ellas el acento de vuestra voz.
¡Oh, Padre mío! Haced para Vos de mí un hijo pequeño, que siempre, lo mismo en las tristezas que en las alegrías, no sepa sino deciros que sí a todo.
* * *
“En mis relaciones con Jesús, nada: ¡Aridez! ¡Sueño! Si mi Amado quiere dormir, sea; no se lo estorbaré. Me hace demasiado feliz el ver que no me trata como a una extraña, que no se preocupa por mí. Acribilla su pelotita con alfilerazos muy dolorosos. Cuando es este dulce Amigo el que agujerea Él mismo la pelota, el sufrimiento no es sino dulzura, pues ¡es tan dulce su mano! ¡Qué diferencia con la de las criaturas!
“¡Sin embargo, soy feliz, sí, muy feliz de padecer! Y si no es Jesús directamente el que agujerea su pelotita; es desde luego el que guía la mano que la hiere! ¡Oh, Madre mía, si supierais hasta qué punto quiero permanecer indiferente a las cosas terrenales! ¿Qué me importan a mi todas las bellezas creadas? ¡Qué desgraciada sería si las poseyera! ¡Ah, qué grande me parece mi corazón cuando lo comparo con los bienes de este mundo, pues todos ellos juntos no lo podría contentar! Mas cuando lo comparo con Jesús ¡qué pequeño me parece!
“¡Cuan bueno es para mí el que pronto será mi Desposado! ¡Qué divinamente amoroso es al no permitir que me deje cautivar por cosa alguna de aquí abajo! Sabe perfectamente que si me enviara siquiera una sombra de dicha, me apegaría a ella con toda la energía, con toda la fuerza de mi corazón; ¡y hasta esta sombra me la niega!... Prefiere dejarme en las tinieblas a darme un falso fulgor que no sea Él.
“No quiero que las criaturas tengan ni un sólo átomo de mi amor; quiero dárselo todo a Jesús, pues Él me hace comprender. que Él sólo constituye la felicidad perfecta. ¡Todo será para Él, absolutamente todo! E incluso cuando no tenga nada que ofrecerle, como esta noche, le daré ¡esta nada!...” (“Carta II a la Madre Inés de Jesús”, enero de 1889, durante el retiro de toma de Hábito dé Santa Teresita.”)
 
XXIX. VIMOS EN ORIENTE SU ESTRELLA, Y HEMOS VENIDO A ADORARLE
(San Mateo. II, 1-2.)
La tradición mesiánica permanecía viva en Babilonia desde el cautiverio de los judíos. Era corriente repetir que un rey nacería de Judea. Los hombres sensatos y juiciosos consideraban la profecía de Balaam: “Una estrella surgirá de Jacob, un cetro se alzará de Israel”. Cuando los magos, habituados a escrutar el mundo sideral, advirtieron un insólito meteoro, su ciencia, asistida sin duda de una iluminación interior, los orientó hacia Jerusalén.
Dejan las comodidades, la popularidad, la ciencia.... Setenta días de viaje a través del desierto los conducen a la ciudad santa. Pensaban encontrarse un pueblo en ebullición en torno a su Salvador. Todo, sin embargo, se halla en una completa calma: Roma, Herodes, los doctos y la multitud. La única sensación desacostumbrada es la que despierta su exótico atuendo, y la extraña pregunta que dirigen a cuantos ven: “¿ Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Pues vimos en Oriente su estrella y hemos venido a adorarle.” ¡Cómo se burlarían de su simpleza! ¿Qué significaba toda esta caminata hacia lo desconocido, por mandamiento de un astro? Fantasías de iluminados, nada más. Ellos mismos, tal vez, viendo lo que ocurría, debieron arrepentirse de tan temeraria aventura, que temían ya acabada allí mismo. Su fe, sin, embargo, se ase desesperadamente a sus convicciones. Hay intérpretes oficiales de los Libros inspirados: los consultarán. Herodes requerido se vuelve hacia los escribas. La respuesta es concreta. Está firmada por Miqueas data de siete siglos: “Y tú, oh pequeña Belén Efrata, no eres la menor entre las poblaciones de Judá, porque de ti saldrá el dominador de mi pueblo.”
El tirano, sin tardanza, informa a los viajeros y les invita a volver a verle a fin de poder, una vez bien informado, ir a presentar sus homenajes al Niño.
Unos espíritus superiores habrían dudado. ¡Belén! ¡Un rincón perdido, de sórdidas casuchas! ¿Es acaso ésta la cuna digna de mi Príncipe? ¿No se habrán reído, tal vez, de su ingenuidad? Mas ellos no atienden a razones, y sin desviarse del camino se dirigen con presura al pueblecito de David. Su fe halla recompensa. El astro rutilante palpita de nuevo en el cielo. La marcha se hace más alegre. La claridad que dulcemente vierte sobre la blanca techumbre marca la casa del Gran Rey con una señal prestigiosa. Allí es.
Entran con respeto, dispuestos a ver maravillas, y no encuentran sino un recién nacido apenas envuelto en pañales, con María, su Madre. ¡Parva decoración para semejante fortuna! ¿No serán víctimas de un fraude? No. Los sacerdotes de Oriente, monoteístas de costumbres puras, tienen el alma lo bastante cándida para no medir por el fausto terrenal la profundidad de los designios de la Providencia. Los magos, pues, se prosternan, se sumen en la adoración, abren las ricas arquetas y ofrecen sin tasa al Rey, al Pontífice, a la Víctima, el oro, el incienso y la mirra.
Mañana, dóciles de nuevo a las gracias de lo alto que frustran los tenebrosos designios de Herodes, la caravana volverá, mas por otras rutas, a los caminos de Caldea, llevando en el corazón, dedicados a la gentilidad, las primicias del don divino.
* * *
Esta marcha hacia la estrella simboliza la vida de entrega a la fe.
Un buen día nos evadimos de la mediocridad. Solicitados por Dios, pedimos con empeño la dulzura de su intimidad. Los comienzos son gratos: consuelos, fervor, facilidad. Luego el astro se eclipsa. Volvemos a sumirnos en la noche. El alma duda y anda a tientas. El fantasma del pasado resurge, la tentación la hace volver atrás. ¿Va, tal vez, a sucumbir? He aquí el drama de toda conciencia, la sirte de muchas perfecciones.
¿Remedio? Mantenerse en el puesto y mirar a la estrella. La de fuera riela con fugitivo brillo: vibración sensible, gustos interiores, euforia espiritual... desconfiemos. Su interpretación está llena de cepos.
La estrella de dentro es la fe, que nos enseña ciegamente el camino de la voluntad divina. Esta sí que guía con seguridad.
¿Vacila acaso nuestra fe acerca del camino a seguir? Hagamos como los magos. Acudamos a la autoridad, corramos a buscar a quien represente a Dios. La Iglesia nos ofrece sus enseñanzas, sus consejos, su sublime ponderación. El director espiritual tiene la gracia de su estado para hacer luz en los casos de cada uno. No hay sino franquearse con sencillez e inclinarse con rectitud.
Bajo esta tutela, interroguemos a las Sagradas Escrituras, El Evangelio vierte en nuestras tinieblas la calma de la certidumbre. Meditémosle en la oración. Pongamos a él oídos del corazón como si se tratara de un mensaje personal que dirigido a nosotros solos hubiera sido grabado y difundido.
Si escuchamos estas voces no hay peligro de extraviarse. El que obedece no se equivoca nunca de camino; la fe no engaña jamás. Y llegaremos sin tropiezos a Belén y a la pequeña casita donde suenas los vagidos del Dios Niño.
– ¡Oh, Jesús para poder caminar con Vos por los senderos del total abandono, encended esta estrella en el firmamento de mi vida. Dadme un alma
Semillitas al Señor  
  "Así como el sol alumbra a los cedros y al mismo tiempo a cada florecilla en particular, como si sola ella existiese en la tierra, del mismo modo se ocupa nuestro Señor particularmente de cada alma, como si no hubiera otras. (Manuscrito A, 3 r°)
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Vos obráis como Dios, que nunca se cansa de escucharme cuando le cuento con toda sencillez mis penas y mis alegrías, como si él no las conociese... (Manuscrito C, 32)
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Puedes, por lo tanto, como nosotras, ocuparte de "la única cosa necesaria", es decir, que aun entregándote con entusiasmo a las obras exteriores, tengas por único fin complacer a Jesús, unirte más íntimamente a él. (Carta 228)
 
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El Señor y los corazones...  
  ¡Ah, qué verdad es que sólo Dios conoce el fondo de los corazones!... ¡Qué cortos son los pensamientos de las criaturas!... (Manuscrito C, 19 v°)
 
El Señor Es ternura...  
  Al entregarse a Dios, el corazón no pierde su ternura natural; antes bien, esta ternura crece haciéndose más pura y más divina. (Manuscrito C, 9 r°)
 
El Señor esta siempre con nosotros...  
  cielo que le es infinitamente más querido que el primero: ¡el cielo de nuestra alma, hecha a su imagen, templo vivo de la adorable Trinidad!... (Manuscrito A, 48)
 
Santo Rosario  
   
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