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Confianza en Dios
 
CAPÍTULO IV
Confianza en Dios
Pequeño, débil y desprovisto de todo, el niño, ya vimos que por sí nada puede; pero si tiene cerca la ternura de un padre para proveer, esta incapacidad misma va a ser para el un principio de fuerza. Se adivina cómo.
Este pequeñín quisiera caminar, pero imposible: sus pies, demasiado débiles, se niegan a llevarle, o, si un peligro le amenaza, trata de defenderse; pero ¿qué puede su impotente brazo? Felizmente allí está su padre. Pronto, una mirada al padre, y éste ha comprendido; se ha inclinado, ha tomado al niño. Lo estrecha entre sus brazos, lo pone sobre su corazón. ¡Con qué alegría lo lleva: con qué amor lo defiende! Y he ahí que este pequeñuelo se siente ahora fuerte con la fuerza de su padre.
¡Feliz privilegio de la infancia que debe a su impotencia ser tan pronta y eficazmente socorrida! ¡Poder irresistible de una simple mirada de niño al cual no resiste aquí abajo ningún corazón de padre! ¿Cómo resistirla Dios, Él que ha creado todos los corazones de padres según el modelo del suyo?
Esta mirada de amorosa confianza espera también Él de su niñito para acudir en su  ayuda.
Es verdad que como es tan Bueno, muchas veces sin ser llamado se apresura a socorrerle; sin embargo, viene con más solicitud aún hacia quien le llama; mas casi siempre proporciona su ternura a la confianza que descubre en la mirada que le implora; pues, para el alma, mirar a Dios, tener confianza y pedir, todo es uno. Y ¿no dijo Jesús: “Todo cuanto pidiereis a mi Padre en mi nombre, os lo concederá?” En el mismo sentido decía también Santa Teresita del Niño Jesús: “Se obtiene de Dios todo cuanto de Él se espera.” (Historia de un Alma, c. XII)
Importa soberanamente al alma que camina por el caminito de infancia, animarse a una inmensa confianza en Dios. Desde el punto de vista de su perfeccionamiento, es para ella una cuestión capitalísima, pues ya dijimos que haciéndose niñito, se obliga a esperarlo todo de Dios.
Así, es preciso que desde el principio se establezca sólidamente en la confianza y que con muy frecuente ejercicio de esta virtud se aplique a aumentarla de día en día.
También debe pedir que se le conceda ese don. Pues una confianza grande como la de la Santa es un don insigne de Dios y el efecto de su liberalidad divina. Sin embargo, si no puede adquirirla por su industria personal, puede al menos disponerse a ella por una gran fidelidad a la gracia y por el ardor de sus deseos.
Ante todo es preciso dar a su confianza fundamentos sólidos. Empecemos por establecerlos.
 
I. – Fundamentos de la confianza
No debemos buscarlos en nosotros mismos, sino en Dios solo, en su Amor, en su Misericordia y hasta en su divina Justicia.
En efecto: el primer resultado de la humildad de que antes hablamos, debió ser el desembarazarnos de toda confianza en nosotros mismos. Una vez iniciada el alma en esta vía de verdadera pequefiez y pobreza espiritual, no ve nada en sí que le sea propio, fuera de su nada, de su miseria y fragilidad. ¿Cómo sobre una visión tan clara y penetrante de la nada que es, podría edificar la menor confianza en si misma? Y he aquí la gracia insigne e inapreciable ventaja que confiere la vía de infancia. Obliga al alma a salir de si para buscar el socorro que le falta. Mas, ¿a quién irá, si no a su Padre celestial? ¿Hacia quién mirará, si no hacia el infinitamente Bueno y Misericordioso, hacia Aquel que es todo Amor?
 
Primer fundamento de la confianza
EL AMOR DE DIOS PARA CON NOSOTROS
Dios es caridad: tal es la hermosa definición que San Juan nos ha dado de Dios, habiéndolo aprendido el mismo en la noche dela Cena del mismo corazón de Jesús. Ahora  bien: todo cuanto es Dios, lo es infinitamente. Es, pues, Caridad Infinita. Luego, Dios me ama con amor tan grande, que sobrepuja a cuanto se puede decir. Me ama, y hay en su amor todo cuanto es mas capaz de aumentar mi confianza: una ternura, una bondad, una generosidad, un deseo de hacerme bien que son inmensos.
¡Dios me ama! ¿Y como no amarme, siendo como soy obra de sus manos? Soy más y mejor aún; soy su hijo. Me comunicó su vida al comunicarme su naturaleza. Es mi Padre, mi buen Padre, siempre inclinado hacia mí para velar y proveer a todas mis necesidades. Mas ¿por qué digo que está inclinado hacia mí, siendo así que mora en mí mismo y en lo más íntimo de mi ser? Ahí, con más solicitud y perseverancia que pudiera hacerlo yo, piensa en mí, se ocupa de mí. Su amor, que es de todos los instantes, se hace por sí mismo mi dulce Providencia. Y, al servicio de esta Providencia siempre solícita, esta la Omnipotencia dispuesta siempre a intervenir para secundarla en sus designios de amor.
¡Dios me ama! Y para impedir que yo dude, ha escrito su amor hacia mí por todas partes, en todo lugar, en todas las cosas: en la estrella que brilla para embelesarme, en el rayo de sol que me da calor y luz, en el azul del cielo y en la nube que pasa, en la nor que perfuma y en cada bocado de pan que como, en mi vestido y en cada piedra de mi casa; por todas partes. Lo ha escrito mejor aún, con lágrimas, con sudores y con sangre, en Belén, en Nazaret, en el Gólgota. Y Él mismo se ha quedado en persona, por el más conmovedor e inconcebible prodigio, en todos los Sagrarios del mundo, para repetirme sin cesar, de día, de noche, de cerca, de lejos, desde todas partes: “¡Te amo! Pero ¡no ves, pues, cuanto te amo!”
En vista de todas estas maravillas de amor, Santa Teresita exclamaba: “Déjame decirte, oh Jesús, que tu amor llega hasta la locura. ¿Cómo quieres que ante esta locura mi corazón no se lance hacia ti? ¿Cómo podría tener límites mi confianza?” (Historia de un Alma, c. XI)
Y puesto que todo este amor es también para nosotros, ¿por qué habríamos de poner limites a nuestra confianza?
Dilátense plenamente nuestros corazones. No dejemos que el temor los oprima; y repitamos osadamente con la Santa: “Jamás se tiene demasiada confianza en Dios, tan potente y misericordioso.” (Historia de un Alma, c. XII)
 
Segundo fundamento de la confianza
LA INFINITA MISERICORDIA
Sí, es verdad, dirá alguno, la bondad de Dios es inmensa y se comprende que los santos tengan en Él una confianza sin límites porque son santos. Pero yo, que soy tan pobre de virtudes y de méritos, tan  lleno de imperfecciones, no podré jamás compartir su confianza; soy demasiado miserable.
¡Demasiado miserable! Pero tú olvidas entonces que el amor de Dios para con nosotros es ante todo un Amor misericordioso y que la Misericordia no es otra cosa sino ese conmovedor y misterioso atractivo que, llenando un corazón de compasión a la vista de toda miseria, le inclina a socorrerla como le lleva hacia todo cuanto es debilidad, a levantarle y a ayudarle: ya sea herida que curar o injuria que perdonar. Un corazón misericordioso va instintivamente hacia la miseria y cuanto mayor es la miseria, mas pone de solicitud y de amor.
Pues así como el corazón del ambicioso no late jamás con más violencia que cuando ve más honores que conquistar, así el corazón misericordioso cuando tiene ante sí mayores miserias que socorrer.
Ahora bien: tal es el Corazón de Dios y tal se nos aparece en el Evangelio. Deberíase tomar este hermoso libro y hojearle despacio, página por página. ¡Oh! ¡Cuántas cosas emocionantes se aprehenderían allí sobre el Amor Misericordioso del Corazón de Jesús! Se vería con qué ternura se ha inclinado hacia todas las miserias, hacia la pobreza y la enfermedad, hacia la misma muerte y aun hacia el pecado, sobre todo hacia el pecado, que es el peor de los infortunios. Veríase que cuanto más lamentable era la miseria, más tierna se hacía siempre la misericordia.
Santa Teresita lo había comprendido bien, ella que día y noche llevaba el Evangelio sobre su pecho, meditándolo sin cesar. Una poderosa gracia la había dispuesto a ello desde su mas tierna infancia; pues tuvo desde muy temprano un conocimiento especial' de la Misericordia divina y puede decirse que fue la gran luz de su vida y como la gracia propia de su misión. Nadie mejor que ella parece haber sido atraído hacia esta infinita Misericordia; nadie mejor penetro más adentro en los inefables secretos; nadie comprendió mejor la inmensidad de los auxilios que de ella puede sacar la humana flaqueza.
La Misericordia de Dios fue el sol iluminador de su alma, el que aclaraba a sus ojos todo el misterio de Dios en sus relaciones con el hombre.
Con esta luz “y a través de este espejo inefable”contemplaba ella los demás atributos divinos, y, “vistos bajo este aspecto, todos le aparecían radiantes de Amor.” (Historia de un Alma, c. VIII)De aquí vino el pensamiento inspirador de su espiritualidad. De aquí nació toda su pequeña doctrina”.Ya sabemos en qué consiste: en presencia del gigante divino del Amor y de la Misericordia, expone la inmensa debilidad y la total impotencia de un niño pequeñito, y en un arranque de irresistible confianza, arroja a éste en los brazos de la Misericordia para entregarle por mediación de ésta a todo el Amor, a toda la Bondad, a toda la Sabiduría y a todo el Poder de Dios.
Se puede juzgar, según esto, del papel de la Misericordia divina en el “Caminito”, la idea que conviene hacerse y la confianza que debemos tener en ella.
La Vida de un “alma pequeñita” en el cielo y en la tierra no se comprende sino como un himno continuo de amor en alabanza de la Misericordia. Más que otra ninguna, está hecha para cantar eternamente las misericordias del Señor.
 
Tercer fundamento de la confianza
LA JUSTICIA DIVINA
Pero, dirán algunos, en Dios no sólo hay Misericordia; hay otros atributos y algunos temibles: hay la Justicia.
La objeción ciertamente será a grave si la justicia no sirviera mas que para castigar. Pero cae por si misma la objeción, si se considera que lo propio de la justicia es dar a cada uno lo que se le debe y, por consiguiente, recompensar el bien lo mismo que castigar el mal. Además, la justicia, para ser equitativa, debe tener en cuenta las buenas intenciones y también las circunstancias que atenúan la responsabilidad no menos que aquellas que la agravan.
Esto supuesto, hay en el hombre tanta debilidad natural y el pecado original añadió tanta corrupción, que antes de castigarlo en sus extravíos, Dios Nuestro Señor, por un sentimiento de justicia, empieza siempre por considerar el lado de su inmensa miseria. Mas no puede mirarla sin que se mueva su compasión, y así sucede que su misma justicia excita su Misericordia. Esto explica la manera tan distinta con que trató a los Ángeles y a los hombres culpables y cómo la misma justicia que en presencia del pecado de los Ángeles cavó en seguida los abismos del infierno, en presencia del pecado de Adán empezó por abrir los abismos de amor de la redención. Así, “precisamente porqué es justo, es compasivo y benigno y tardo en airarse y de gran demencia. Porque conoce muy bien la fragilidad de nuestro ser, tiene muy presente que somos polvo.” (Carta 6 a Misioneros)
Además, desde que al rescatarnos, hizo Jesucristo superabundar la gracia allí donde abundó el pecado, tenemos, por Él, derecho incontestable a la divina Compasión. Desde que pagó, y muy sobradamente, todas nuestras deudas, no sólo por misericordia, sino por justicia otórganos Dios su perdón.
Tales eran los pensamientos familiares a nuestra Santa. Así es cómo la justicia de Dios le aparecía lo mismo que los demás atributos divinos, “toda radiante de amor”. No esperaba de ella menos que de la Misericordia, y así “esa justicia que atemoriza a tantas almas era motivo de su alegría y de su confianza.”
Por encima de todo, en Dios veía un padre. Pero de la justicia soberanamente equitativa de un padre infinitamente bueno, ¿qué puede esperar un hijo a quien sin duda le sucede a veces tener olvidos, pero que sin embargo trata de amar todo cuanto puede y se siente tierna y poderosamente amado? ¿Rigores o ternuras? No es posible la duda. ¡Ah! si este padre fuese un tantico injusto, el niño tendría motivo de temer.
De un padre perfectamente justo, puede al contrario esperarlo todo, y cuando este padre es Dios en quien la justicia es infinita, la confianza debe ser, como ella, sin medida.
Tales son las verdaderas fuentes de la esperanza sobrenatural. ¿Cómo, después de esto, podríamos empequeñecer nuestra confianza hasta la medida de una confianza puramente humana? ¿Cómo podríamos ponerle límites?
 
II. – Consecuencias Prácticas
De los anteriores principios se desprenden varias verdades prácticas que, reducidas como en axiomas por nuestra Santa, deben ser familiares a toda alma que pretenda seguirla en el “Caminito”. He aquí algunas:
“Jamás se tiene demasiada confianza en Dios, tan potente y misericordioso.” (Historia de un Alma, c. XII)
“Se obtiene de Dios todo cuanto de Él se espera. Lo que ofende a Jesús, lo que hiere su Corazón, es la falta de confianza.” (Carta 1 a María Guerín)
“La confianza, y nada más que la confianza, es la que debe conducirnos al Amor.” (Carta 6 a Sor María del Sagrado Corazón)
Detengámonos un instante a meditar estas máximas. No será esto retardar nuestra marcha: al contrario, nuestra alma encontrara alas poderosas para volar hasta Dios.
“Jamás se tiene demasiada confianza en Dios, tan potente y misericordioso.”
La razón de esto es que Dios es infinito; infinito en riqueza, en grandeza, en poder como en amor.
Puede dar, y dar más y más, dar siempre ysiempre a manos llenas y hacer esto durante siglos, y después de esto no le faltará de qué seguir dando; pues al esparcir sus dones y sus gracias a torrentes no ha perdido la más mínima partícula de sus infinitas perfecciones. Queda después igual que antes: el Infinito. Su gloria consiste en dar sin tasa ni medida, y su gozo dar en realidad cuanto sus criaturas pueden o quieren recibir de sus dones. Cuanto más le piden éstas, más le gusta dar a Él. Pero si en una de estas criaturas regeneradas por el bautismo Dios ve un cristiano, un hijo suyo, si en este cristiano ve a un alma que nada pretende sobre la tierra sino agradarle y amarle, ¿qué limites va Él a poner a su generosidad?
El Corazón del Divino Maestro sólo desea abrirse para derramar el raudal de sus beneficios. Y la llave que lo abre es la Confianza, y, sobre todo, la confianza ingenua y atrevida del niño.
No sucede con Dios como con nosotros. Pronto nos cansamos de dar: Él, jamás. Quien nos asedia con peticiones, pronto nos llega a ser importuno. Cuanto más se pide a Dios, tanto mas se le agrada. Hay también gracias que apenas osamos pedir porque nos parecen demasiado grandes. Pero lo mayor con respecto a nosotros, es siempre muy pequeño respecto a Dios. Así que le honraríamos grandemente en medir nuestras peticiones con su grandeza en vez de proporcionarlas a nuestra nada, y en todas nuestras oraciones inspirarnos en lo que ÉI es, mucho más que en lo que nosotros somos.
Así hacía Santa Teresita... Ella pensaba: “Dios no da jamás deseos irrealizables. Lo que Él me inspira pedirle, es, pues, señal que me lo quiere conceder.” También se decía que los niños pequeñitos tienen derecho a todas las audacias para con sus amados padres. “Mi disculpa – escribía ella – es mi titulo de niña. Los niños no se dan cuenta del alcance de sus palabras. Sin embargo, si su padre o su madre suben al trono y poseen inmensos tesoros, no vacilan en contentar los deseos de las criaturitas que aman más que a sí mismos. Para complacerles, hacen locuras, llegan hasta la debilidad.” (Historia de un Alma, c. XI)
Animada de estos sentimientos, no teme pedir para si misma la perfección del Amor puro; formula, además, “inmensos deseos, vastos como el Universo”, cuya realización se extenderá a través de los siglos por toda la eternidad. Y una vez hecho esto, se atreve a exclamar en la sencillez de su confianza “que el Señor hará por ella maravillas que excederán a sus inmensos deseos.” Los acontecimientos han confirmado esta su confianza.
Su misión, confirmada por tantos prodigios, da fe de ello. Y no es ésta la prueba mas contundente de la veracidad de su palabra: “Jamás se tiene demasiada confianza en Dios, tan misericordioso.”
En verdad, una observación se impone aquí, y esta palabra exige una explicación. Porque se puede pecar de excesiva confianza o presunción; y pecaría de presunción el que deseando continuar viviendo en el pecado en la tibieza, se considerase, sin embargo, seguro de conseguir su salvación o de llegar a la perfección, con tal de suplir por el exceso de su confianza a su mala conducta. Obrar así sería caer en una herejía práctica abominable. Y esto no es, ciertamente, lo que queremos decir.
Al contrario, suponemos que la buena voluntad esté ya establecida, y se trata de una de esas almas como hay tantas, las cuales, alejadas todavía de la perfección, unen a sinceros deseos de ser totalmente de Dios, muchas imperfecciones y flaquezas. Sucede que faltan a sus resoluciones y déjanse llevar de sus defectos. Tienen caídas. Pero en el fondo persevera su voluntad de santificarse y siempre están dispuestas a trabajar seriamente en ello. De éstas es de quienes decimos que pueden dar libre curso a su confianza. También les decimos que no se contenten con débiles deseos, sino que proporcionen éstos a sus necesidades, que son extremadas, y a la liberalidad divina, que es infinita.
Si se obtiene tan poco de Dios, es porque se le pide demasiado poco. Nuestro Señor hacía este afectuoso reproche a sus discípulos: “Todavía no habéis pedido nada en mi nombre. Pedid y recibiréis y vuestro gozo será completo. Todo cuanto pidiereis a mi Padre en mi nombre, os lo concederá.”
Pero es preciso pedir. Para pedir, es preciso desear: hay que esperar, tener confianza que se ha de conseguir. Nuestra falta de confianza es lo que impide al Corazón de Dios abrirse liberalmente, como en los habitantes de Nazaret impedía esta falta de confianza que Jesús derramara sobre ellos sus prodigios de amor y sus gracias tanto como Él hubiera deseado.
Todos los milagros del Evangelio son debidos a la confianza de los suplicantes. Donde aquélla abunda, crecen los milagros; cuando baja, disminuyen; cuando se eclipsa, desaparecen.
Así cuando la Santa nos dice: “Se obtiene de Dios todo cuanto de Él se espera”, no es una novedad lo que ella profesa. Su palabra es el eco mismo del Evangelio y de veinte siglos de fe.
“Se obtiene de Dios todo cuanto de Él se espera.” ¿No iba Jesús también repitiendo: “Tened fe, tened confianza en Dios. Todo es posible a aquel que cree en Mí; todo lo que yo hago lo hará, y mayores cosas aún?”
No es extraño que después de esto haya podido decir Santa Teresita: “Lo que ofende a Jesús, lo que le hiere en el Corazón, es la falta de confianza.”
 
III. – Aplicaciones particulares
Pero tiempo es ya de volver a emprender nuestro camino para tender a la cima de la montaña del amor.
La misma confianza que nos dio la seguridad de llegar allí un día, debe conducirnos a través de todos los obstáculos: “La confianza, y nada más que la confianza, debe conducirnos al amor.” (Carta 6 a Sor María del Sagrado Corazón)
Aquí Santa Teresita opone la confianza al temor servil, y no quiere decir que esta confianza nos dispense ni mucho menos del esfuerzo personal y de la generosidad en el sacrificio, sino que debe ser bastante poderosa para hacernos sobrellevar todas las tentaciones de desaliento, bastante filial para dar al alma todas las santas audacias, bastante firme para no aflojar jamás, pase lo que pase.
Digamos brevemente en que ocasiones sobre todo importa practicar la confianza para con su Padre celestial a un alma internada en el “Caminito”.
1. Relativamente a los pecados de la vida pasada, por grandes y numerosos que hayan podido ser. – Una vez hecho todo lo posible para hacérnoslos perdonar, su recuerdo no debe ni turbar la paz del alma ni cortar su impulso hacia Dios.
Escuchemos a la Santa en una de las páginas mas sublimes que la confianza haya hecho brotar de su corazón:
“No porque haya sido preservada de la mancha del pecado mortal, me elevo a Dios por la confianza y el amor. ¡Ah! yo siento que aun cuando tuviera oprimida la conciencia por todos los crímenes imaginables, no disminuiría un ápice mi confianza. Con el corazón destrozado de arrepentimiento, me echaría en brazos de mi Salvador. Sé que ama al hijo pródigo; he oído sus palabras a Santa Magdalena, a la mujer adultera, a la Samaritana. No; nadie podría asustarme, pues sé a qué atenerme respecto a su amor y su misericordia. Sé que toda aquella multitud de ofensas se abismaría en un abrir y cerrar de ojos cual gota de agua echada en ardiente hoguera.” (Historia de un Alma, c. X)
2. En ocasión de las faltas cotidianas. Hay que imitar al niño que, después de una desobediencia, en lugar de huir de su padre, apenas cometida su falta, va a echarse en sus brazos para hacerse perdonar. Cuando así se procede con Él, “Jesús – asegura Santa Teresita – se estremece de gozo y dice a sus Ángeles lo que el padre del hijo prodigo decía a sus criados: Ponedle un anillo en el dedo y alegrémonos”, e inmediatamente perdona. En cuanto a la falta “que así se arrojo con filial confianza en la hoguera del amor, queda inmediatamente consumida sin retorno.”(Carta 7 a los Misioneros) Ya no quedan huellas en el alma; queda solamente en el corazón de Dios una alegría más, aquella que dijo Jesús ser mayor por un pecador que vuelve que por noventa y nueve justos que no necesitan perdón.
Lo que enseñaba la Santa, ella misma lo practicaba con ingenuidad encantadora. Le gustaba “confiarse a Jesús, contarle en detalle lo que ella nombra sus infidelidades, con la esperanza – decía – de adquirir así más imperio en su Corazón y atraerse más plenamente el amor de Aquel que no vino a llamar los justos, sino los pecadores.” (Notas inéditas)
¿Quién no ve cuánta confianza exige semejante manera de proceder, cuánta sencillez y amor filial? Pero también, ¡cuánto conocimiento profundo y delicado supone del Corazón de Dios!
Sólo un corazón de hijo es capaz de comprender hasta ese punto las ternuras divinas. Y aquí es el caso de repetir, una vez mas, la palabra de Nuestro Señor: “Padre mío, te doy gracias por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes del siglo para revelarlas tan sólo a los pequeñitos.” (Mc. XI, 25)
3. En los fracasos, cuando, en particular, parece que, a pesar de todos sus esfuerzos y buena voluntad, no se adelanta nada, se permanece siempre tan débil y siempre tan pobre en virtud.
Entonces es el momento oportuno de reduplicar la confianza y mirar con más amor que nunca hacia Jesús. Cuando este dulcísimo Salvador vio que sus apóstoles habían trabajado toda la noche sin pescar nada, tuvo compasión y realizó en su favor el gran prodigio de la pesca milagrosa. Tal vez si san Pedro hubiera pescado algunos pececillos, el divino Maestro no hubiera hecho ningún milagro. La advertencia es de la Santa. Pero el apóstol no había cogido nada. “Al punto se conmueve el Corazón de Jesús, y en un instante llenó las redes del pescador.” (Carta 17 a su hermana Celina)
Así hace a menudo con las almas de buena voluntad que han trabajado mucho tiempo en santificarse sin apariencia de éxito. Sucede que de una sola vez les hace hacer más progresoque no hablan realizado en muchos años. Tan sólo les pide ser humildes y confiadas: pues, dice la Santa, “tal es el carácter de Nuestro Señor: da como Dios que es, pero quiere la humildad de corazón.”
4. En las desolaciones y sequedades, cuando el alma se siente como desamparada de Dios. Pues la vía de la confianza tiene sus pruebas y sus tentaciones, y la confianza que en el primer momento parecía tan suave de practicar, es a veces de práctica difícil. Como todas las demás virtudes, tiene su heroísmo y a ciertas horas su ejercicio es de lo más meritorio.
Debe uno entonces recordar que si Dios se oculta así, no es sino por un juego de su amor. Quiere hacerse desear y buscar: quiere también aumentar nuestros méritos obligándonos a vivir de pura fe.
En semejante caso, es preciso unir la paciencia a la confianza; una paciencia a toda prueba a una confianza ciega basada toda en el amor. Y siempre se acaba por triunfar de Jesús cuando se puede decir con la Santa: “Más tardará Él en hacerse esperar que yo de esperarle.” (Carta 7 a la Madre Inés)
Interrogada sobre el modo de comportarse en esas horas de gran desamparo, de tinieblas y de tentaciones contra la fe, que fueron casi continuas al final de su vida, contestó: “Me vuelvo hacia Dios y hacia todos los Santos y les doy gracias a pesar de todo. Creo que se proponen ver hasta dónde llega mi esperanza. Mas no en vano han penetrado en mi alma las palabras de Job: «Aunque Dios me quitare la vida, en Él esperaré.»” (Historia de un Alma, c. XII)
5. En los temores relativos al porvenir. – Numerosas son las almas que se inquietan y se atormentan pensando en lo que les sucederá y hasta en lo que no sucederá jamás, y a menudo están como abrumadas bajo el peso de las penas que inventa su imaginación. Más prudente y sabia, Santa Teresita se refugiaba simplemente en la confianza en Dios y nada conseguía turbar la serenidad de su alma. Pues la paz inalterable es uno de los frutos más dulces de la confianza. Por eso el Salmista dice que “nada podrá conmover al que confía en la misericordia del Altísimo.” (Ps. XX,
Hablando de los sufrimientos posibles de la enfermedad y de los últimos combates de la agonía, nuestra Santa confesaba que no le inspiraban el menor temor: “Dios siempre me socorrió, me ayudó y me llevó de la mano desde mi más tierna infancia... Confío en Él. Podrá el dolor llegar a lo sumo; pero estoy cierta de que Él no me abandonará.” (Historia de un Alma, c. XII)
6. Finalmente, relativo a los deseos de santidad que la gracia inspira, por muy grandes que sean. Pues ella pensaba muy acertadamente que Dios no los inspiraría si no quisiera colmarlos.
Y esto, cualquiera que haya sido el pasado de la vida, a condición que al presente tenga la buena voluntad necesaria. Su confianza le mostraba la infinita bondad de Nuestro Señor “dando asilo en su divino Corazón al alma virginal y al pobre pecador.” (Poesía “Jesús de Betania”)
Aun a pesar de la imperfección actual. AI verse ella misma tan imperfecta después de tantos años pasados en religión, no le quitaba nada de la confianza audaz que tenía de llegar a ser una gran santa. Es que no contaba con sus propios méritos, “sino con la santidad de Aquel que siendo la misma Virtud y Santidad, no haría más que cogerla en sus brazos para elevadla hasta Sí, y revestirla de sus méritos infinitos para hacerla santa.” (Historia de un Alma, c. IV)
Según lo que antecede, puede uno juzgar ahora del papel y sitio que ocupa la confianza en el “Caminito”. Y no nos cuesta trabajo creer a la Santa cuando nos dice: “Mi camino es todo de Amor y de confianza, y no comprendo las almas que tienen miedo de tan tierno Amigo.” (Carta 6 a los Misioneros)
No quería gozar sola como una egoísta de aquella admirable confianza en Dios que el Señor le inspiraba, sino que deseaba ardientemente hacerla compartir a todas las almas llamadas a caminar por la vía de infancia espiritual. Comunicársela, animarlas de su espíritu, le parecía como su especial misión, la que debería desempeñar desde el cielo hasta el fin del mundo, pues estaba persuadida de que “si las almas débiles e imperfectas como la suya – citamos sus propias palabras – sintieran lo que sentía ella misma, ninguna desesperaría de llegar a la cima de la montaña del amor.” (Historia de un Alma, c. XII) Y por eso la historia de su vida termina por este llamamiento conmovedor:
“¡Oh Jesús, si pudiera yo publicar tu inefable condescendencia con todas las almas pequeñitas! Creo que si, por un imposible, encontraras una más débil que la mía, te complacerías en colmarla de mayores gracias aún, con tal que se confiara por entero en tu infinita misericordia.”
Semillitas al Señor  
  "Así como el sol alumbra a los cedros y al mismo tiempo a cada florecilla en particular, como si sola ella existiese en la tierra, del mismo modo se ocupa nuestro Señor particularmente de cada alma, como si no hubiera otras. (Manuscrito A, 3 r°)
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Vos obráis como Dios, que nunca se cansa de escucharme cuando le cuento con toda sencillez mis penas y mis alegrías, como si él no las conociese... (Manuscrito C, 32)
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Puedes, por lo tanto, como nosotras, ocuparte de "la única cosa necesaria", es decir, que aun entregándote con entusiasmo a las obras exteriores, tengas por único fin complacer a Jesús, unirte más íntimamente a él. (Carta 228)
 
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El Señor y los corazones...  
  ¡Ah, qué verdad es que sólo Dios conoce el fondo de los corazones!... ¡Qué cortos son los pensamientos de las criaturas!... (Manuscrito C, 19 v°)
 
El Señor Es ternura...  
  Al entregarse a Dios, el corazón no pierde su ternura natural; antes bien, esta ternura crece haciéndose más pura y más divina. (Manuscrito C, 9 r°)
 
El Señor esta siempre con nosotros...  
  cielo que le es infinitamente más querido que el primero: ¡el cielo de nuestra alma, hecha a su imagen, templo vivo de la adorable Trinidad!... (Manuscrito A, 48)
 
Santo Rosario  
   
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